Lepidópteras seropositivo o Loco afán. Crónicas de sidario de Pedro Lemebel

Seropositive butterflies or Crazy desire. Crónicas de sidario by Pedro Lemebel1

Autor: Patricio Torres2
Filiación: Universidad de Concepción, Concepción, Chile.
Email: patrictorres@udec.cl

 

RESUMEN
Epidemia, travestismo y muerte son sólo algunas de las oscuras zonas que Lemebel ilumina con la agudeza de su pluma en Loco afán. Crónicas de sidario, colección de crónicas en el que se realiza un develamiento de lo abyecto al ingresar, en el espacio textual, la vida del mundo travesti contagiado por el VIH durante y después del régimen militar. De esta manera, estás crónicas se convierten en relatos de deseo y muerte, al textualizar el loco afán de vivir sin límites versus la irrupción del contagio.
Palabras claves: Sida, travestismo, muerte, deseo, homosexualidad.

ABSTRACT
Epidemic, transvestism and death are just some of the dark areas that Lemebel illuminates with the acuity of his pen in Crazy desire. Chronicles of sidario. Collection of chronicles in which an unveiling of the abject is done by entering in the textual space, the life of the transvestite world infected with HIV during and after the military regime. Thus, these chronicles become in stories of desire and death, to contextualize the mad desire of living without any limits versus the emergence of contagion.
Keywords: AIDS- transvestism- death- desire- homosexualism.

 

En Loco afán. Crónicas de sidario se textualizan acciones ejecutadas por personajes homosexuales y travestis, ingresando de esta manera la vida de personajes minoritarios en el discurso literario. Sujetos infames3, en términos de Foucault, hombres sin gloria, destinados a no pasar a la posteridad y cuyas acciones no son generalmente dignas de ser narradas. La presencia de puntos como el SIDA, travestismo, Dictadura y neoliberalismo ha permitido que una parte de la crítica aborde el libro de crónicas como una obra en la que se presenta un lado oculto de la capital chilena, mostrando una ciudad no cartografiada hasta ese entonces por la literatura nacional. Otras perspectivas críticas han abordado esta colección de crónicas a partir de la vinculación del SIDA con la Dictadura y con el neoliberalismo. Se presentan así estas tres dimensiones como una entidad inmutable, ya que el neoliberalismo impuesto en Dictadura permitió la importación de la normalización de los cuerpos a través de lo gay y su producto estrella, el SIDA. Elementos que frenaron la naturaleza abyecta de las “locas” y configuraron la posición anticolonialista adoptada por el chileno.

El panorama de la narrativa homosexual en Latinoamérica no es muy amplio, debido a lo que el tema ha significado y significa para una sociedad de corte patriarcal y conservadora. Sin embargo, y pese a los prejuicios, paulatinamente han salido a la luz novelas que tocan el tema o lo abordan en su totalidad, escritas por autores heterosexuales como por autores abiertamente homosexuales. La literatura homosexual es la plataforma en la que se ha revelado lo innominado y ha sido el espacio de la textualización de ese amor que no se atreve a decir su nombre, transgrediendo y alterando todos los límites al plasmar en sus páginas ese amor incomprendido. En este sentido, cualquier obra que se atreva a decir lo que no se dice es transgresiva, ya que revelaría lo que muchos reprimen o no mencionan por miedo a ser juzgados por la sociedad. La literatura que ha abordado la homosexualidad ha contado con escritores fundamentales de la literatura universal y siempre ha estado presente a lo largo de la tradición literaria, pero sólo de forma paralela a ésta. Sin embargo, la literatura homosexual forma parte del discurso oficial en la actualidad. Es más, los textos que abordan el tema son publicados por las grandes editoriales; es decir, la homosexualidad configura un campo discursivo que es utilizado para la producción de discursos literarios oficiales. Lemebel, en gran parte de sus obras, hace uso de los recursos expresivos o enunciados relativamente estables del campo discursivo homosexual y los ingresa a la esfera de acción de la literatura.

Loco Afán. Crónicas de Sidario4 de Pedro Lemebel se presenta como un mariposario5 que transparenta, principalmente, el impacto que provocó la llegada del SIDA en los travestis que habitaban los márgenes de Santiago durante la dictadura. El libro de crónicas narra el arribo del SIDA6, el que llegó “como una nueva forma de colonización por el contagio. Reemplazó nuestras plumas por jeringas, y el sol por la gota congelada de la luna en el sidario” (Lemebel 11). Jean Baudrillard señala que el SIDA “es la emanación de la transparencia homicida del sexo a escala de grupos enteros” (46). El SIDA para Lemebel es una moda o producto más de importación del sistema neoliberal. Así, de una de las “locas” contagiada, dice:

Ella se compró la epidemia en New York, fue la primera que la trajo en exclusiva, la más auténtica, la recién estrenada moda gay para morir. La última moda fúnebre que la adelgazó como ninguna dieta lo había conseguido. La dejó tan flaca y pálida como una modelo de Vogue, tan estirada y chic como un suspiro de orquídea. El sida le estrujó el cuerpo y murió tan apretada, tan fruncida, tan estilizada y bella en la economía aristócrata de su mezquina muerte (Lemebel 23).

Se puede afirmar que para Lemebel el SIDA es considerado como un producto del sistema neoliberal que fue utilizado como método de “recolonización a través de los fluidos corporales” (Lemebel 32) para sincretizarse con los vestigios identitarios del travesti u homosexual latinoamericano, ya que “América Latina [ha sido] travestida de traspasos, reconquistas y parches culturales –que por superposición de injertos sepulta la luna morena de su identidad” (Lemebel 167). La presión que ejerció la moda norteamericana junto con la llegada del VIH destinó al olvido a la cultura mariposa7 latinoamericana, provocando una muerte en dos niveles en el mundo travesti. El primero de ellos se refiere a la inexorable condena de muerte que significaba estar contagiado de VIH, mientras que el segundo patentiza el olvido al quedar relegados quienes portaban el virus, lo que también puede ser entendido como una forma de muerte.

El SIDA configura, además, a Santiago, la capital de Chile, como la ciudad apestada en la que el contagio es una figuración del desorden que demanda una higienización y un control. Los interdictos son los encargados de controlar los espacios de libertad o lugares oscuros donde acaece el deseo en las sociedades disciplinarias, las que desarrollan una serie de operaciones para dividir en zonas, dominar, dirigir a los sujetos y convertirlos al unísono en individuos dóciles y útiles por medio del sometimiento del cuerpo. Los militares estaban a cargo de resguardar el orden en el país durante la dictadura. Sin embargo, éstos se mezclan y contagian con los personajes apestados: “Las partes del uniforme, las camisas y pantalones de camuflaje confundidos con los tacones altos y pantys, el fusil coronado por una peluca rucia. Despertaban limpiando los cascos de guerra ocupados como ceniceros. Aquí y allá y hasta en la ventana flameaban los calzoncillos de tosco algodón que les proporcionaba la patria” (Lemebel 43). De esta manera los sujetos inútiles e indóciles8 de las crónicas del Lemebel constituyen una resistencia al entramado del poder disciplinario, transgrediendo el interdicto y materializando la dialéctica ley/transgresión.

Loco Afán. Crónicas de Sidario es una obra que gira en torno al contagio, en donde los interdictos desaparecen, las reglas se anulan, los sujetos se mezclan, abandonan su condición identitaria y, aunque se intente evitar el virus, la utopía de la sociedad libre de contagio está condenada al fracaso, ya que aunque ésta diseñe diferentes dispositivos de control para mantener al margen o exterminar a los sujetos contagiados, inevitablemente todos se dejan llevar por ese Loco Afán, aceptan las mezclas y una silenciosa condena de muerte. Los militares entraban sanos en el palacio de “Aluminios El Mono” y “salían tocados levemente por el pabellón enlutado del sida” (Lemebel 37) que, en ese entonces, los dirigía inexorablemente hacia la muerte. Lemebel transgrede los límites de dos mundos absolutamente disímiles al fusionar a los militares con los travestis, pero a partir de esta mezcla escandalosa se puede inferir que dichos límites son sólo superficiales y que es posible el arribo del otro entre los integrantes de estos dos ambientes. Los cuerpos de las locas serían una superficie en la que los militares proyectarían sus deseos y fantasías. Cuerpos que por medio de la sexualidad subvertirían toda relación de poder, desestabilizando y erotizando el régimen militar.

La transgresión de las leyes que coartan los impulsos y la desaparición de los interdictos, permite la aparición de la vida carnavalesca que se opone a la muerte. Sin embargo, el “loco afán” de vivir intensamente en libertad es efímero, porque “a la peste responde el orden; tiene por función desenredar todas las confusiones: la de la enfermedad que se trasmite cuando los cuerpos se mezclan; la del mal que se multiplica cuando el miedo y la muerte borran las prohibiciones” (Foucault, Vigilar y Castigar 229). El orden en las crónicas del chileno es impuesto por el modelo importado desde Norteamérica, imposición que se materializa con la utilización del término inglés gay para nominar a los homosexuales. Respecto de esto Lemebel señala que:

Lo gay se suma al poder, no lo confronta, no lo transgrede. Propone la categoría homosexual como regresión al género. Lo gay acuña su emancipación a la sombra del capitalismo victorioso. Apenas respira en la horca de su corbata pero asiente y acomoda su trasero lacio en los espacios coquetos que le acomoda el sistema. (166-167)

En otros términos, crea una homonormatividad que ronda el entramado de poder patriarcal y, al unísono, una “filosofía de camuflaje viril que va uniformando, a través de la moda, la diversidad de las homosexualidades locales” (Lemebel 74). En contraste con las mariposas o “folclor mariposón que decora la vida homo” (Ibid.) que resiste y traviste la heteronormatividad. En este sentido, y a partir de lo planteado anteriormente por el cronista chileno, se puede inferir que la producción discursiva respecto de la homosexualidad no sería transgresiva, debido a que configuraría una esfera cercana al poder que se opondría al travestismo prostibular develado en sus crónicas10.

Lo gay, entonces, siguiendo lo planteado por el cronista, sería un intento de uniformar y nominar a los homosexuales latinoamericanos, a partir de la profilaxis ejercida por la imagen del homosexual importada desde Norteamérica. Sin embargo, la cultura mariposa o las subjetividades homosexuales latinoamericanas debido a sus características escapan o no encajan con la definición de términos importados como queer. Es en este intento de nominar al travesti latinoamericano en el que Lemebel establece la figura de “la loca” como categoría que resiste el encasillamiento o nominación de términos importados, fundando así una manera propia de nominar una de las identidades homosexuales latinoamericanas y evitando de paso una nueva forma de colonización o normalización de su naturaleza abyecta. Entonces, “la loca” es un intento de generar una subjetividad regionalista próxima al travestismo y radicalmente opuesta a la figura del gay; en otros términos, “la loca” es una identidad propia de Latinoamérica que se rebela contra la hetero y homormatividad y subvierte con su sexualidad todas las relaciones de poder. Figuras revolucionarias que seducen hasta los encargados de mantener el orden y que escapan a cualquier intento de definición, evitando conformar una subjetividad más del mundo gay y dificultando aún más todo intento de fijar identidades homosexuales.

Las locas de Lemebel son habitantes de las orillas. Son individuos de bajo estrato económico, homosexuales, practicantes del comercio sexual, travestis, sujetos contagiados de VIH… personajes que siempre están al límite de todo. Es tanta su marginación que incluso no son aceptados en el mundo gay, el que separa:

En estratificaciones de clase a las locas, maricas y travestis de los acomodados gays en su pequeño arribismo traidor.
Doble marginación para un deseo común como si fueran pocas las patadas del sistema, los arañazos de la burla cotidiana o la indiferencia absoluta de los partidos políticos y de las reivindicaciones del poder homosexual que vimos empequeñecido por la lejanía (Lemebel 165).

Y es, precisamente, esa marginalidad la que permite la proliferación de nuevos discursos que ponen en jaque las reglas y jerarquización del entramado social que integra en su sistema la figura del gay. Desde ese lugar estratégico Lemebel escribe por su propia diferencia y por la de una individualidad colectiva que todos han olvidado o que, en realidad, nunca le importó a nadie. El cronista chileno devela una cara desconocida del régimen militar, ya que escribe respecto de una dictadura que afectó a una minoría y condenó a muchos de sus integrantes a la muerte. Lemebel escribe respecto de los estragos que causó el SIDA contextualizados en un régimen de soberanía autoritario que aquejó a todo un país. Se puede afirmar, entonces, que las crónicas del chileno son una empresa clínica de salud que transfigura la muerte e ilumina la vida de dichos personajes, dándoles espacio y voz a víctimas de dos masacres simultaneas. La escritura de Lemebel, además, reingresa el mundo travesti al espacio literario chileno. Dicha reincorporación de personajes travestis en la literatura complementaría el enigmático final de El lugar sin límites de José Donoso, ya que las locas de Lemebel concretarían el regreso de manera transfigurada de la Manuela. Se puede afirmar, entonces, que la Regine, la Palma, la Pilola Alessandri, la Chumilou, la Loba Lámar, entre otras, son herederas directas de Manuel González Astica, más conocido como la Manuela. Además, es el prostíbulo, espacio en el que se desenvuelven estos sujetos, el que refleja parte de la idiosincrasia latinoamericana; lugar que ejerce presión con su fuerza simbólica sobre la escritura de Lemebel, permitiendo el reingreso de la casa de huifa atendida por travestis en la literatura. Rodrigo Cánovas en su texto Sexualidad y cultura en la novela hispanoamericana. La alegoría del prostíbulo plantea que el burdel que construye la literatura refuerza el potencial transgresivo de dicho espacio marginal, fundándolo como un espacio desarticulador de la cultura, una puesta en escena de errores de todo tipo cuyas consecuencias nunca son positivas; contexto de máscaras en el que los individuos y espacios disímiles no corresponden a su significado. El burdel como un espacio amorfo, parecido al mundo onírico o carnavalesco, en el que se exponen los reveses de los objetos y las palabras. El prostíbulo como centro de una narración permite la “apertura de un boquete que nos permite visualizar e imaginar las reglas de nuestra modernidad, los actos fallidos de la cultura latinoamericana y la escritura que los diagrama en arabesco” (13). En este sentido, siguiendo lo expuesto por el académico chileno, los prostíbulos son espacios en los que se yuxtaponen dimensiones diferentes e incompatibles. Espacios en los que se pueden reunir transgresiones, deseos, experiencias y evocaciones en un solo lugar; es decir, los prostíbulos son un espacio heterotópico en los que existe una anulación de las nociones de espacio y tiempo: “Y es que, en general, la heterotopía tiene por regla yuxtaponer en un lugar real varios espacios que, normalmente, serían, deberían ser incompatibles” (Foucault, El cuerpo 25). La literatura es el espacio en el que se “reinventa el burdel convirtiéndolo tanto en un espacio de sumisión, habitado por seres grotescos que actúan una erótica letal; como en un lugar de rebeldía, dramático o farsesco, donde se juega a cambiar el orden de las cosas” (Cánovas 5). El cronista chileno, al igual que algunos escritores hispanoamericanos que textualizaron el burdel, selecciona el espacio del prostíbulo como un lugar para “reflexionar sobre la marginalidad y en especial, sobre los órdenes culturales que la sustentan. Es la pregunta por la modernidad, que es descompuesta desde la pregunta por las reglas sexuales, que es exhibida en una escritura alegórica […], cuya traducción resulta enigmática o paradójica” (Ibid.). Es en el palacio de la Regine, iluminado “al rojo vivo por el neón de Aluminios El Mono” (Lemebel 35), el lugar en el que se pueden apreciar los estragos provocados por el VIH y cómo tambalea la masculinidad de los militares ante la Regine y el resto de los travestis que ejercían el comercio sexual en su palacio:

El teniente a cargo de la patrulla mandaba a un pelao donde la Regine a preguntarle si los podía recibir, si podían pasar un rato a descansar los chiquillos, que traían una botella de pisco y que ella no se preocupara de nada. Pero la Regine igual se preocupaba. Y de la nada inventaba una sopa, un levantamuertos, como le decía a los caldos calientes que le preparaba a los milicos. Con harta cebolla y ajo, para que se les pare el carajo. Después, todos desfilaban por las piezas de las locas (Lemebel 38).

Los personajes de Loco afán. Crónicas de sidario son máquinas de seducción, cuya apariencia erótica oculta el género sexual, lo que los convierte en verdaderos fugitivos del sexo. Respecto de esto Deleuze y Guattari señalan que los travestis [des]encadenan y conectan devenires , porque “la sexualidad pone en juego devenires conjugados demasiado diversos que son como n sexos, toda una máquina de guerra por la que el amor pasa […] La sexualidad es una producción de mil sexos, que son otros tantos devenires incontrolables” (280). Se puede afirmar, entonces, que los travestis generan máquinas de guerra y seducción que abren paso a múltiples líneas de fuga. Lo que les gusta a los travestis es la indeterminación sexual, aboliendo y seduciendo los signos. “En ellos todo es maquillaje, teatro, seducción […] y si su vida parece más imbuida en el sexo que la nuestra, es porque hacen del sexo un juego total, gestual, sensual, ritual, una invocación exaltada, pero irónica” (Baudrillard, De la seducción 19). Máquinas de guerras y seducción que permiten la proliferación del encuentro con el otro. Los travestis en las crónicas de Lemebel devienen mujer, debido a que el flujo de partículas que éstos producen se aproxima al género femenino. No buscan imitar ni transformarse en mujer, “sino emitir partículas que entran en relación de movimiento y de reposo, o en la zona de entorno de una micro-feminidad” (Deleuze y Guattari 277).

Lemebel deviene mujer o coleóptera en sus narraciones, puesto que “escribir es trazar líneas de fuga que no son imaginarias, y que uno debe forzosamente seguir porque la escritura nos compromete con ellas, en realidad nos embarca. Escribir es devenir, pero no devenir escritor, sino devenir otra cosa” (Deleuze y Parnet 52). Este escritor latinoamericano abandona su identidad molar y establece una alianza con un reino minoritario. El cronista escribe siempre desde los márgenes, iluminando sitios que hasta el momento estaban en la oscuridad o que nadie se atrevía a develar. La loca, el cola, coliza, marica, maricón o mariposón con su inventario compuesto por plumas, tacos aguja, lápiz labial, lentejuelas, pelucas, visones, etc. travisten la heteronormatividad y transgreden la homonormatividad:

Desde un imaginario ligoso expulso estos materiales excedentes para maquillar el deseo político en opresión. Devengo coleóptero que teje su miel negra, devengo mujer como cualquier minoría. Me complicito en su matriz de ultraje, hago alianzas con la madre indolatina y aprendo la lengua patriarcal para maldecirla. (Lemebel 163)

Loco afán. Crónicas de sidario, como se mencionó anteriormente, es una obra en la que las leyes se suprimen, los cuerpos se mezclan frenéticamente, los sujetos abandonan sus identidades y se entregan libremente al deseo. Las locas lemebelianas abandonan su condición identitaria, ocultando su rostro y asumiendo una máscara, lo que permite que todos puedan “comportarse como los personajes animalescos de la comedia. Podemos cometer cualquier pecado y permanecer inocentes” (Eco 11), pecados que sólo son posibles en el mundo carnavalesco, ya que los seres tras las máscaras se toman el poder y “el mundo al revés se convierte en la norma. El carnaval es la revolución [o la revolución es el carnaval]” (ibid.). Una “gran transgresión sexual: es [la] homosexual[idad]” (Foucault, Los anormales 99), la que se presenta a lo largo de toda la obra del chileno. El carnaval configura la coronación de una libertad provisoria que transgrede e invierte “las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes” (Bajtin 15), aboliendo la reglamentación que controlaba al entramado social y mezclando a todos sin importar el origen, posición social, género o edad de cada individuo. Las separaciones se anulan, todos son iguales, lo que permite el contacto libre entre los individuos; en otros términos, se puede encontrar la posibilidad de escapar provisionalmente de la vida oficial. El contacto que se genera en el contexto festivo que se vive en las crónicas de Lemebel es inadmisible en la cotidianeidad porque las mezclas entre heterogéneos resultan escandalosas.

El travestismo es una forma de adoptar un estilo de vida carnavalesco, una estrategia para abandonar la identidad molar. Las mariposas de Loco Afán. Crónicas de Sidario y “todo el zoológico gay pareciera[n] fugarse continuamente de la identidad” (Lemebel 83), ya que establecen una alianza con un reino minoritario y transgreden los límites del entramado social al nominarse “a sí misma[s] en el juego teatralizado y neo-barroso de Lemebel. En este contexto encontramos a la loca multiplicada en poses de guerra, en estrategias de fuga y en la acción performativa de descargar la homofobia” (Sutherland 24). Las locas de Lemebel abandonan su verdadera identidad, ocultando el nombre de la identidad civil , lo que configura una estrategia de fuga para los travestis o locas que permitiría travestir la posición molar del hombre en la sociedad patriarcal. Juan Pablo Sutherland, en su texto Nación marica, plantea que los personajes de las crónicas del chileno se nombran hasta morir, acto que prolifera y se hiperboliza con el arribo del VIH, expurgando, al unísono, la marginación producida por ser individuos apestados. Además señala que el virus es la marca que permite mostrar la “hiper-identidad popular, pobre, carnavalesca, oscura, irónica y festiva, batallante y descarada. En este sentido, la política de los sobrenombres, de las plumas sobre la marca homofóbica, borra las sombras del castigo para afirmar un sí marica, afirmación que se fuga de la estabilidad identitaria” (25). De esta manera, Lemebel, al ingresar personajes travestis a sus obras, configura “la voz [de] un discurso propio y fragmentado, cuyo nivel más desprotegido por su falta de retórica y orfandad política [es] el travestismo homosexual que se acumula lumpen en los pliegues más oscuros de las capitales latinoamericanas” (Lemebel 167); es decir, existe la identificación con un otro travesti, produciendo a partir de esta filiación, subjetividades, estrategias y su propia política que configuran su singular escritura.

Las locas de las crónicas de Lemebel, como ya se mencionó, son sujetos fronterizos por antonomasia, porque habitan la periferia, son travestis y además ejercen el comercio sexual. Son individuos completamente marginados en los que la idea de pertenecer a algo se da por el hecho de estar contagiados, formando de esta manera verdaderas colonias como las lepidópteras. El SIDA, el misterio, la sombra o la plaga en el mariposario del chileno se presenta como figuración de la muerte o como un primer abrazo de ésta y como un adelanto del “tufo mortuorio de la dictadura” (Lemebel 22). Las bandas, manadas o colonias humanas y animales proliferan con la peste, los contagios y el SIDA. La transmisión viral no está asociada con la filiación, sino que con el contagio… con las mezclas heterogéneas o bodas contra natura, las que “siempre son contra natura. Las bodas es lo contrario de una pareja” (Deleuze y Parnet 6), ya que la epidemia pone en jaque términos absolutamente diferentes, como señalan Deleuze y Guattari: “Hay tantos sexos como términos en simbiosis, tantas diferencias como elementos intervienen en un proceso de contagio […] El Universo no funciona por filiación. Así pues, nosotros sólo decimos que los animales son manadas, y que las manadas se forman, se desarrollan y se transforman por contagio” (247-248). Las mixtificaciones más predominantes de la carga metafórica del SIDA son SIDA/muerte, relación que tiene su origen en la no existencia de una cura, y la relación SIDA/homosexualidad, lo que se debe a que en un comienzo gran parte de los portadores del VIH eran hombres homosexuales. De ahí el prejuicio que el virus es una infección que sólo afecta a personas con prácticas u orientación sexual diferente, pensamiento que tiene su origen en una supuesta “incestuosidad de los grupos que funcionan en circuito cerrado” (Baudrillard, La transparencia 72)14 o en colonias como las que conforman los homosexuales y drogadictos. Entonces, ser portador del VIH significa “ponerse en evidencia como miembro de algún ‘grupo de riesgo’, de una comunidad de parias. La enfermedad hace brotar una identidad que podría haber permanecido oculta para los vecinos, los compañeros de trabajo, la familia, los amigos” (Sontag 129)15; sin embargo, es más coherente la idea de que el VIH afectó principalmente a la población homosexual porque ésta no utilizaba preservativos como el condón, ya que éstos estaban pensados como métodos anticonceptivos, que asociarlo a una aparente promiscuidad de los guetos. El SIDA es una enfermedad que en sí misma materializa un condena, ya que para la sociedad es consecuencia de un exceso y perversión sexual, sufriendo todos los portadores del virus la marginación social, sin importar la causa y las vías a través de las que se contagiaron el VIH, asociando la producción del virus a conductas como “la indulgencia, la delincuencia, adicciones a sustancias ilegales o a lo que se juzga como una desviación sexual” (Sontag 130).

Eros y Thanatos impulsan la escritura de Loco Afán. Crónicas de Sidario. Las páginas de esta obra están plagadas de deseos que perturban todo intento de orden. “Una escritura vivencial del cuerpo deseante, que en su oleaje temperado palpa, roza y esquiva los gestos sedentarios en los ríos de la urbe que no va a ningún mar” (Lemebel 116). El escritor chileno transgrede la individuación a través de sus relatos, los que son narraciones de amor porque “sólo se escribe por amor, toda escritura es una carta de amor: la Real-literatur. Sólo se debería morir por amor, y no de una muerte trágica. Sólo se debería escribir por esa muerte, o dejar de escribir por ese amor, o continuar escribiendo por ambas cosas a la vez” (Deleuze y Parnet 60). Entonces, las crónicas de Loco afán son narraciones en las que el amor da vida y, a la vez, mata. Relatos que son “crónica[s] de una muerte anunciada” en las que pese a que “el sida, como el cáncer, no deja lugar a romantización ni sentimentalización algunas, quizá porque está demasiado fuertemente asociado con la muerte” (Sontag 126-127), Lemebel construye un espacio en el que la idea genérica de la muerte abre ventanas utópicas a la esperanza. La búsqueda del amor es el motor que impulsaría el salto hacia el otro, el que se puede concebir como un fluido perpetuo. Es ese loco afán el que condena a los sujetos a esa precipitada búsqueda del amor que es un deseo de plenitud, un vacío que se busca llenar, en el que la muerte, en este sentido, perpetuaría la continuidad del ser. George Bataille, en su texto El erotismo, plantea que esa plenitud es comprendida como una forma de continuidad, existiendo en la experiencia amorosa una progresión al amar a alguien y, a la vez, una regresión a lo maternal. Una búsqueda de continuidad dentro de nuestra naturaleza discontinua, porque somos sujetos que poseemos un cuerpo que ocupa un lugar en un tiempo y espacio determinado, tenemos una personalidad y una forma de pensar, aspectos que nos hacen diferentes del otro. Somos una pieza única e irrepetible de un gran rompecabezas o continuum de espacio y tiempo del que participamos de forma aislada, ya que “entre un ser y otro ser hay un abismo, hay una discontinuidad” (17).

El acto verdaderamente transgresivo en la escritura de Lemebel es el amor. En la escritura del chileno, el amor está dirigido hacia el travesti, contagiado de VIH, que ejerce la prostitución, identificación que permite la producción discursiva de un segmento doblemente golpeado durante el régimen militar. El tufo mortorio exhalado por el SIDA y la dictadura se contradice con la vitalidad de los sujetos apestados para los que morir de SIDA es morir de amor, presentando una forma diferente de nominar “ese amor que no se atreve a decir su nombre”. Sin embargo, en el libro de crónicas el encuentro del amor siempre se transforma en un amor solitario que deambula inevitablemente hacia la muerte.

Bibliografía

Bajtin, Mijail.  La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: El contexto de François Rabelais. Madrid: Alianza Editorial, S. A.,1998. Impreso.

Bataille, Georges. El erotismo. Buenos Aires: Tusquets Editores, S.A., 2010. Impreso.

Baudrillard, Jean. De la seducción. Madrid: Ediciones Cátedra, S.A., 1981. Impreso.

—. La transparencia del mal. Barcelona: Anagrama, 1997. Impreso.

Cánovas, Rodrigo. Sexualidad y cultura en la novela hispanoamericana. La alegoría del prostíbulo. Santiago: LOM Ediciones, 2003. Impreso.

Deleuze, G. y Parnet, C. Diálogos. Valencia: Pre-textos, 1980. Impreso.

Deleuze,G. y Guattari, F. Mil mesetas. Valencia: Pre-textos, 2006. Impreso.

Eco, Umberto. “Los marcos de la ‘libertad’ cómica”. ¡Carnaval! México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1989. Impreso.

Foucault, Michel . El cuerpo utópico. Las heterotopías. Buenos Aires: Nueva Visión, 2010. Impreso.

—. Los anormales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica de Argentina, S.A., 2000. Impreso.

—. Vigilar y castigar. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2008. Impreso.

Lemebel, Pedro. Loco Afán. Crónicas de Sidario. Barcelona: Seix Barral, 2009. Impreso.

Sontag, Susan. La enfermedad y sus metáforas/ El sida y sus metáforas. Bueno Aires: Debolsillo, 2012. Impreso.

Sutherland, Juan Pablo.   Nación marica. Prácticas culturales y crítica activista. Santiago: Ripio Ediciones, 2009. Impreso.

Fecha de recepción: 06/10/14
Fecha de aceptación: 05/01/15

[1]Eje de un trabajo de investigación para optar al grado de Magíster en Literaturas Hispánicas, financiado por la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT) y realizado dentro del marco del Proyecto de Iniciación en Investigación N°11130365 del Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico: “Literatura, violencia y muerte en la  escritura de Fernando Vallejo” (investigadora responsable: María Luisa Martínez Muñoz).
[2] Patricio Torres es Magíster en Literaturas Hispánicas, Profesor de Español y Licenciado en Educación por la Universidad de Concepción. Sus principales investigaciones han abordado el estudio de los textos poéticos de Egor Mardones, así como la narrativa de Fernando Vallejo y Pedro Lemebel. Actualmente, es becario CONICYT-PCHA/ Doctorado Nacional/ 2015-21151512 y estudiante del programa de Doctorado en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Concepción.
[3] Hombres cuya oscura vida es iluminada para ser ingresada al espacio textual, aflorando de esta manera lo que debía permanecer oculto, lo más escabroso y permanente de la realidad. El arribo de estos individuos sin lustre, fama o reputación alguna a la esfera de acción literaria posterga las grandes hazañas y la vida de hombres ilustres. Michael Foucault, en su texto La vida de los hombres infames, plantea que este imperativo “ya no tendrá por objeto manifestar de forma sensible el fulgor demasiado visible de la fuerza, de la gracia, del heroísmo, del poder, sino ir a buscar lo que es más difícil de captar, lo más oculto, lo que cuesta más trabajo decir y mostrar, en último término lo más prohibido y lo más escandaloso. Una especie de exhortación, destinada a hacer salir la parte más nocturna y la más cotidiana de la existencia” (Foucault, La vida de 89). En este sentido, Loco afán. Crónicas de sidario textualiza el mundo oculto de homosexuales y travestis, captando el lado más recóndito, lo que generalmente no se devela ni dice, lo más escabroso y prohibido de los sujetos que habitan los espacios en el que se contextualizan las crónicas.
[4] La primera edición (1996) está compuesta por veintinueve crónicas, las que aumentaron a treinta y cinco en la edición publicada por la editorial Seix Barral (2009). Los títulos de los nuevos relatos son: “Siga participando”, “Crónicas de New York”, “Homoeróticas Urbanas”, “Loco Afán”, “Rock Hudson” y “El fugado de la Habana”.
[5] Término metafórico utilizado para dar cuenta cómo se presenta la vida de los travestis contagiados de VIH en el libro de crónicas de Lemebel, el que sería análogo a un insectario de mariposas infectadas.
[6] Lina Meruane en su texto Viajes virales aborda la problemática del SIDA en la literatura latinoamericana, nominando las obras que utiliza como objeto de estudio como “corpus seropositivo”  o “escritura seropositiva”. Las obras que forman parte de este trabajo de investigación establecen entre ellas puntos de fuga y encuentro: “es un corpus posible, siempre incompleto y mutante [se ha multiplicado hasta volverse inabarcable] que nombra el miedo y la muerte pero que también habla de la desaforada sobrevivencia y de goce” (Meruane 13).
[7] Término metafórico utilizado por el autor para referirse a los homosexuales y travestis. Al igual que: loca, cola, coliza, marica, maricón, mariposón, etc.
[8] El cuerpo es una unidad llena de relaciones de poder y subyugación, como entidad productiva. Mientras que su formación como fuerza de trabajo sólo es viable si éste se encuentra bajo control. El cuerpo únicamente es productivo cuando es disciplinado, utilizando para esto un sistema constituido en torno al conocimiento del cuerpo y un control de las fuerzas de éste; es decir, no existen relaciones de poder si no hay un conocimiento de por medio y viceversa. Foucault denomina a esto “tecnología política del cuerpo” (Vigilar y Castigar 35).
[9] Según Julia Kristeva en Sentido y sinsentido de la rebeldía, una de las tres figuraciones de la rebeldía a partir de la experiencia freudiana es “la rebeldía como transgresión del interdicto” (36).
[10] Sin embargo, uno de los puntos anteriormente expuesto en este artículo, plantea que toda obra que exponga lo que no se dice (el amor homosexual) es en cierta medida transgresiva, postura que se opondría a este pensamiento de Lemebel.
[11] Devenir es establecer una alianza con un reino minoritario, lo que lo transforma siempre es un pacto transgresivo. “No es una correspondencia de relaciones. Pero tampoco es una semejanza, una imitación y, en última instancia, una identificación. […] Y, sobre todo devenir no se produce en la imaginación incluso cuando ésta alcanza el nivel cósmico o dinámico” (Deleuze y Guattari 244). Los devenires, entonces, no son procesos “de imitación ni de asimilación, son fenómenos de doble captura, de evolución no paralela, de bodas entre dos reinos” (Deleuze y Parnet 6). El devenir se encuentra contenido en una idea, “a partir de las formas que se tiene, del sujeto que se es, de los órganos que se posee o de las funciones que se desempeña, extraer partículas, entre las que se instauran relaciones de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, la más próximas a lo que se está deviniendo, y gracias a las cuales se deviene. En este sentido, el devenir es el proceso del deseo.” (Deleuze y Guattari 275), que refleja los estados del escritor.
[12] El principio en el que se basa el carnaval es en la risa, forma básica de todos los ritos carnavalescos de la Edad Media y patrimonio del pueblo, porque “todos ríen, la risa es ‘general’; en segundo lugar, es universal, contiene todas las cosas y la gente […] esta risa es ambivalente: alegre y llena de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y sarcástica, niega y afirma, amortaja y resucita a la vez” (Bajtin 17). En este sentido, la risa sería un principio básico de concepción del mundo que permitiría la sanación y un renacimiento. El ser humano es el único ser viviente que puede reír, por lo que es “considerada como un privilegio espiritual supremo del hombre, inaccesible a las demás criaturas” (67). La actitud del Renacimiento respecto de la risa, siguiendo lo postulado por Bajtin, puede definirse de esta forma: “La risa posee un profundo valor de concepción del mundo, es una de las formas fundamentales a través de las cuales se expresa el mundo, la historia y el hombre; es un punto de vista particular y universal sobre el mundo, que percibe a éste en forma diferente, pero no menos importante [tal vez más] que el punto de vista serio: sólo la risa, en efecto, puede captar ciertos aspectos excepcionales del mundo” (65).
[13] Cabe destacar que Lemebel es el apellido materno del cronista chileno, suprimiendo el paterno no por odio a su padre, sino que por el gran amor hacia su madre: “Aquello ‘fue un gesto de alianza con lo femenino, inscribir un apellido materno, reconocer a mi madre huacha desde la ilegalidad homosexual y travesti’, ha declarado Lemebel” (Echevarría 18).
[14] Respecto de esto Jaime Parada postula que “la existencia del gueto generó una falsa idea de desenfreno y promiscuidad que nos quieren achacar como población. Que un espacio gay es prácticamente Sodoma y Gomorra. Para algunos todos caben en ese saco, lo cual es generalizar de manera absurda. No hay más sexo en el mundo gay que entre heterosexuales, ni más infidelidad. Eso lo firmo” (90-91). Entonces, atribuir el impacto que generó el SIDA en la población homosexual a la promiscuidad de los círculos generados por éstos, es más un prejuicio que un argumento, puesto que el VIH afecta de forma indiscriminada.
[15] Al igual que Sontag, Óscar Contardo en Raro. Una historia gay de Chile, texto en el que se realiza una revisión histórica en torno a la homosexualidad en el país, plantea que el SIDA devela lo oculto “a la fuerza de un virus que le arrancaba a los cuerpos todo rastro de vida de una manera despiadada y revelaba para los otros una intimidad que antes era mantenida en resguardo” (20).