Ensayo y exploración: Sobre la influencia del ensayo en “Exploradores del abismo” de Enrique Vila-Matas

ESSAY AND EXPLORATION: ABOUT ESSAY`S INFLUENCE IN “EXPLORADORES DEL ABISMO” BY ENRIQUE VILA – MATAS

Autor: Emilio Gordillo1
Filiación: Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F., México.
Email: emigordillo@gmail.com

RESUMEN
La escritura de Enrique Vila – Matas se suele leer, la mayor parte de las veces, desde las categorías que refieren a metaliteratura. En el siguiente trabajo se analizará la estructura de Exploradores del abismo en función de comprender un proceso de viraje en su proyecto escritural en el que, además de la metaliteratura, se expone al sujeto de la escritura como estrategia de desaparición. Para ello se han utilizado ciertas categorías del concepto de ensayo como género híbrido, móvil y proteico, el cual opera como eje del proceso de reconfiguración de la obra de Enrique Vila – Matas a partir de Exploradores de abismo.
Palabras clave: ensayo – identidad – reescritura – literatura del yo – otredad.

ABSTRACT
Enrique Vila – Matas’ writings have been commonly read from categories that refer to meta-literature. The aim of this article is to analyze the structure of Exploradores del abismo in order to understand a turning process in his writing project where, beyond meta-literature, he uses an strategy related to an act of disappearing exposing the subject of writing. By analyzing Exploradores del abismo, I´ve used certain categories related to the concept of essay as an hybrid, mobile and proteic genre, which operates as a strategic focus in the process of reconfiguration of Enrique Vila – Matas’ works.
Keywords: essay – identity – rewriting – self literature – otherness.

¿Quién no diría que las glosas aumentan las dudas y la ignorancia, puesto que no se ve ningún libro, sea humano, sea divino, en que el mundo se afane, cuya interpretación agote la dificultad?
MONTAIGNE. Ensayos. Cap. XIII: De la Experiencia.

Resulta aparentemente curioso que Exploradores del abismo (Anagrama, 2007) sea uno de los textos más desapercibidos dentro de la bibliografía de Enrique Vila – Matas. No es extraño encontrar una y otra vez reseñas y trabajos críticos sobre libros como El mal de Montano, Doctor Pasavento o Bartleby y Co., libros que, de algún modo, giran de manera categórica en torno a estrategias metaliterarias de modo explícito. Esta insistencia crítica de volver una y otra vez a estos libros donde se juega la propuesta nuclear del proyecto de Vila – Matas podría leerse como una causa y un efecto del giro legible en el cambio de estrategia escritural que se encuentra en Exploradores del abismo. Borges escribió en alguno de sus ensayos sobre Poe que este había inventado un lector: el lector de novelas detectivescas. Mas no un género o subgénero, sino una forma de leer, un sujeto que lee según determinadas maneras o fórmulas: un lector de novelas de detectives. Lo inventado por Poe, según Borges, es un sujeto. La crítica académica, casi siempre temerosa de arrojarse a los abismos antes de que estos se conviertan en moda teórica, parece haber encontrado en las bases del proyecto de Vila – Matas, en el programa estético tras Bartleby y Co., por ejemplo, la seguridad apocada que, a veces, la literatura provee a la generación de ideas. Pero así como en la historia de la fotografía, suele suceder que los constructores de monstruos sean devorados – junto al paso del tiempo – por las máquinas que inventaron.

Exploradores del abismo es, según el propio autor: un “libro de relatos que había estado escribiendo a lo largo del último año y en el que precisamente había regresado a mis orígenes de cuentista” (Exploradores 25). Lo primero que llama la atención en esta declaración del ensayo-prólogo-relato y cierre (pues se escribe como punto final al volumen de relatos, aunque es el primero) que puede ser “Café kubista” es la intención de reinventar un origen, en este caso, delimitado por el género. Un supuesto regreso al cuento. Pero el irónico juego del Vila – Matas de Exploradores del abismo oscila entre el sujeto y la institución literaria. Entre el observador y lo observado. Entre el ensayo y un género estable como el cuento. Y en esa mirada, el abismo entre lo visto y quien ve es siempre la contraparte de un deseo.

Ese deseo, en cierta medida e irónicamente, antes que el ejercicio de lo literario se vincula a una cuestión netamente experiencial:

Estoy seguro de que no habría podido escribir todos esos relatos si previamente, hace un año, no me hubiera transformado en alguien levemente distinto, no me hubiera convertido en otro. Justo es decir que el cambio se produjo con una sencillez abrumadora. Un colapso físico, acompañado de una rápida pérdida de peso, contribuyó a ello. De pronto, tuve la sensación de haber generado la obra literaria de otro y tener ahora tan sólo que gestionar su obra. Desde entonces, soy alguien que necesita de las leves discordancias con el antiguo inquilino de su cuerpo, discrepar con él ligera y sutilmente y, siempre que pueda, a modo de redundancia jocosa, hacerle perder peso en sus razonamientos. (Exploradores 13)

Y más que experiencial, la cuestión parece física, básica, tangible, vital. Pero siempre en función de una agudeza en el juego de las ideas, redundancia jocosa, pérdida de peso en los razonamientos del antiguo inquilino de ese ex cuerpo gordo. En síntesis, la escritura de Exploradores del abismo tiene mucho menos que ver con el regreso de Vila – Matas a un género que con el intento de rastrear un origen del ejercicio escritural: una invención del momento primigenio de la escritura: una primera invención de sí en el juego literario, una invención del yo.

Lo inevitablemente literario

Exploradores del abismo cuenta con cinco textos estratégicamente desplegados a través de casi trescientas páginas, y 19 piezas en total. “Café Kubista”, “La gota gorda”, “Vacío de poder”, “Exterior de luz” y “La gloria solitaria”. Imposibles de leer desde la convención del género al cual apela Vila – Matas, se pueden decodificar cómodamente desde aquella híbrida y proteica forma que corresponde al ensayo, y cuyo origen se puede retrotraer hasta los Ensayos de Michel de Montaigne. Si el libro se abre con un ensayo que explica los motivos, casualidades y reconstrucciones identitarias que han llevado al autor a escribir y finalizar Exploradores del abismo, “La gota gorda” se escribe, no sin ironía, sobre otro de los motivos que provocaron un giro en la escritura de Vila – Matas. En este caso, se trata de una recriminación: “Me recriminaban también mis odiadores que hubiera mitificado tanto lo literario” (Exploradores 32). La mitificación de lo literario, de la que el propio autor se burla y no, opera como un móvil de escritura, desde el mismísimo sujeto que podría ser Vila – Matas. Dicho de otro modo, si para Montaigne el ensayo implica siempre una toma de posición, un punto de hablada, una palabra empeñada mediante una firma, Vila – Matas desdibuja los límites mediante un ejercicio literario que expondré un poco más adelante. En fin, que el aparente camino a seguir, y haciendo irónicos oídos a sus odiadores, Vila – Matas explicita los nada creíbles límites de la escritura en desarrollo:

La tensión más fuerte la provocaba el duro esfuerzo de contar historias de personal normales y tener a la vez que reprimir mi tendencia a divertirme con textos metaliterarios: el duro esfuerzo, en definitiva, de contar historias de la vida cotidiana con sangre y hígado, tal como me habían exigido mis odiadores, que me habían reprochado excesos metaliterarios y “ausencia absoluta de sangre, de vida, de realidad, de apego a la existencia normal de las personas normales (Exploradores 31).

Así, la mayoría de los relatos – aparentemente – tendrá una base de personajes comunes. La historia de un pedestre tipo que pasa sus días escuchando conversaciones ajenas, aunque siempre misteriosas por fragmentarias, en un autobús, llamada “La modestia” es un primer paso en falso en esta declarada intención de escribir sobre sujetos comunes y corrientes. Este relato, muy cercano a “Café kubista” en términos de dispositio del corpus de relatos, se puede leer en clave alegórica como un espejo probable ante la aparente pedantería literaturesca: un hombre que cierto día encuentra a una mujer en la que no puede dejar de pensar y desaparece con la misma velocidad que cualquier pasajero de autobús. El personaje, un modesto falso, se encuentra, días después, una estatua viviente que le recuerda a aquella mujer – ¿existe algo más pedestre que una estatua viviente? – y, al mismo tiempo, lo retrotrae a la imagen de “La modestia”, una pintura en donde se representa a una vagabunda del siglo XIX. Es, entonces, al depender de la aparición de aquella mujer para dar con algo que no se conoce pero se necesita, que el personaje comenzará a “perder fuelle” (Exploradores 30), finalizando el relato con una sentencia entristecedora:

Es como si al ancestral cazador que hay en mí le estuvieran comenzando a fallar la curiosidad y las necesarias atención, agilidad, paciencia. Como si ya sólo me quedara un exclusivo interés por volver a cruzarme con ella y poder decirle, no sé, poder decirle mis más modestas verdades: que envejezco, que ya no soy tan buen cazador de frases, que ya no me dicen mucho las medallas, ni el mundo, sólo ella (Exploradores 30).

Vila – Matas, de un modo literariamente inteligente, va construyendo, así, a un cazador de historias de autobús que va perdiendo su agudeza, su oído, y acaba obsesivamente centrado en la imagen de una amada fantasma, en la obsesión por lo suplementario, por lo que no está, por el elemento que escapa a sus capacidades y lo sobrepasa como cazador de historias. Aquel suplemento, es, siempre, la posibilidad, lo otro, el único lugar al que se puede caer tras saltar un abismo: aquel suplemento y posibilidad es la base material – y vacía al mismo tiempo – de la literatura.

Un amigo dice que leo a los demás hasta volverlos otros

Esta es la oración que abre “Exterior de luz”. Parte de la base del diálogo entre un amigo y otro, pieza fundamental del género ensayístico que halla su origen probable en la amistad entre Michel de Montaigne y Etienne de la Boetie, que será el móvil – explícito – sobre el que Montaigne construirá su sistema proteico de pensamiento: escribir para dar a conocer las ideas y conversaciones perdidas con su amigo muerto. Esta característica del ensayo es bastante llamativa. Vela la ambivalencia a la que refería Blanchot al hablar de la comunicación como un cerco que acerca. Es decir, nos sitúa en un territorio donde la comunicación opera como una posta ética en tanto, como sujeto, jamás se podrá alcanzar la comprensión plena de lo que otro manifiesta. Ese juego comunicacional, y en este caso literario, se rastrea en Exploradores del abismo mediante la dispositio de los relatos – un abanico de relatos intercedido constantemente por ensayos donde Vila – Matas entra y sale de escena – y que se puede leer como un espejeo constante entre aquel sujeto de cambio – el gordo que baja infinidad de kilos al borde de una enfermedad – y los textos donde se difumina y fuga una y otra vez. No es el tiempo ni el espacio para enumerar la infinidad de alegorías que destellan sistemática y repetitivamente a través del libro, pero basta decir que los dieciocho textos que siguen a la puesta en hablada que es “Café kubista” son espejos insoportablemente inteligentes y variados de aquel primer – y en el fondo último – texto del libro. Lo que se puede leer tras esta operación discursiva es la fuga de la literatura mediante un sujeto. El regreso de la literatura a un sujeto, para no ver ya desde la literatura, sino desde un sujeto literario híbrido e imposible de definir mediante ese binarismo mal entendido que se suele aplicar a los conceptos de literatura y vida. Vila – Matas ha seguido, de algún modo, la huella de Bolaño, y ha girado su mirada sobre sí para convertirse en literatura de la manera más literaria posible: hacer que de una voz se desplieguen géneros como la ciencia ficción (“Amé a Bo”) o un cuento ruso (“Fuera de aquí”). Todos esos modelos se pueden leer como espejos de un sujeto que, irónicamente – sabemos que a Vila – Matas le importan un carajo los críticos – dice construir la escritura de su libro pensando en sus odiadores.

La operación en la que mejor se registra este proceso, se encuentra en una línea de ideas trazada desde “La gota gorda”:

Me recriminaban también mis odiadores que hubiera mitificado tanto lo literario. No me permitían que dijera lo que, por ejemplo, le dejan decir perfectamente a Francisco Ayala, tal vez porque ha cumplido más de cien años, edad a la que a uno ya le disculpan todo: “Yo digo que la literatura es lo esencial, lo básico. Todo lo que no sea literatura no existe. Porque, ¿dónde está la realidad? Un árbol lo es porque uno lo está nombrando. Y al nombrarlo está suscitando la imagen inventada que teníamos. Pero si no lo nombras el árbol no existe”. (Exploradores 32)

Si el ensayo es toma de posición, e implica compartir ideas, adherir a unas, discrepar de otras, lo que supuestamente hace Vila – Matas en este primer segmento en que nombra a Ayala es marcar una aparente distancia, aunque desde un punto en común. Se supone que Vila – Matas desea militar en una escritura que se ocupe de cosas pedestres en desmedro de aquella mistificación de lo literario enrostrada por sus odiadores. El punto de fuga que escoge es Francisco Ayala: a quien se le permite decir lo que a él no: esto es: todo es literatura. Lo curioso es que Ayala representa en esta idea lo otro deseable, lo otro que es lo que ha sido el proyecto previo de Vila – Matas. Y al mismo tiempo, y tomando en cuenta el contexto de lo expresado, este fragmento opera como una puesta en distancia. Francisco Ayala no es solo lo otro deseado, sino también el elemento del que parece necesario distanciarse pues la validez de su propuesta y la aceptación de sus ideas literaturizantes encuentra su justificación en la edad, como sucede con aquellas instituciones que pierden fuerza e inestabilidad al ser sistematizadas como piezas museales.

Lo anterior se refrenda en el relato siguiente, “Niño”, la historia de un padre – una voz demasiado cercana a Dios, a Zeus – que no escatima honestidad en sus palabras: esa voz, es la de un padre que desea ver morir de una vez a su hijo, en una relación etaria que desde un principio se hace, por qué no decirlo, bastante compleja: “Si mi hijo sale vivo de la intervención quirúrgica a la que será sometido, celebraremos en familia y con una piadosa fiesta su sesenta aniversario” (Exploradores 35). Niño es el hijo que ha parasitado económicamente durante sesenta años de su padre, el foco del relato. Caso aparte entre sus hermanos, ha pasado desde las preguntas incómodas hechas durante la infancia a un padre incómodo con ellas hasta los viajes alucinógenos a los pies de un volcán chileno – boliviano, desde la fotografía hasta el intento de irse con la troupé de Maurice Forest – Mayer, el funambulista. Se podría decir que Niño es el inútil de la familia. El relato se desarrolla en torno a una intervención quirúrgica en la que Niño, según palabras de su padre, al fin se podrá acercar, de una vez, al verdadero abismo.

Hasta acá, el relato dice poco en términos literaturescos. Un padre, un hijo moribundo que ha jugado con abismos falsos y usufructuando del bolsillo paterno. Eso hasta que reparamos en el verdadero nombre de Niño: Francisco. Eco del Francisco Ayala nombrado en “La gota gorda”. Las crudas opiniones del padre se traslapan en un juego de espejos sobre aquel otro nombrado en el ensayo donde el punto de hablada era el mismo Vila – Matas:

Falso explorador del abismo, Niño ignora que tanto el tráfico mercantil de angustia vital no sentida como las emociones simuladas infligidas a personas queridas acaban pagándose muy caro. […] Tiene Niño una idea tan vaga de la extrañeza, que esa misma vaguedad constituye para él la definición de extrañeza. Le aborrezco. Solo es un miserable profesional de la extrañeza. (Exploradores 63)

La ambigüedad ha cubierto todo. ¿Sobre quién está escribiendo Vila – Matas? ¿Sobre Niño o la escritura de Francisco Ayala? ¿Es importante el sujeto? ¿El género? ¿La literatura es un elemento autónomo de la extrañeza, maleable, manipulable? ¿El sujeto que ejecuta estos juegos puede maniobrar sin convertirse él mismo en literatura? La estabilización literaria que, se supone, permite sistematizar este libro en el mercado editorial de los cuentos o relatos, se ha esfumado completamente. Es así como se agudiza lo que Vila – Matas ha planteado desde un principio: la difuminación de los límites en lo que se comprende por literatura. Y según la presente propuesta, la primacía del ensayo como categoría móvil y proteica del decir.

El giro de la tradición

La figura de Ayala le permitirá a Vila – Matas volver a descentrar los postulados nubosos y etéreos que se pudieran imaginar sobre la construcción de este libro. El último momento en el que se rastrea la aparición de Ayala corresponde a “Vacío de poder”. Un ensayo en el que Vila – Matas considera oportuno volver a otro relato: precisamente un relato de Francisco Ayala: “El hechizado”. El gesto de repliegue irónico resulta abrumador una vez más. El juego literario de hacer pasar al lector a una estructura prefigurada con amabilidad para clavarle un puñal por la espalda y dejarlo en ridículo: una ridiculez hecha de quiebre de expectativas. Ese sujeto lector que experimenta aquella sensación de vacío y ridiculez tiene dos opciones que, en realidad son tres: abandonar la lectura, reírse de sí mismo o caer en la gravedad. Desde este punto de vista, el mismo Vila – Matas escribe en “Café kubista” que sus “exploradores son optimistas y sus historias, por lo general, son las de personas corrientes que, al verse bordeando el precipicio fatal, adoptan la posición de expedicionario y sondean en el plausible horizonte, indagando qué puede haber fuera de aquí, o en el más allá de nuestros límites” (Exploradores 13). Desde este punto de vista, ¿quién es el explorador del relato anterior?, ¿Niño o su padre? ¿Quién es el grave: los odiadores o Ayala? ¿Quién es el que se embrolla en situaciones desgastadas, los personajes de a pie o el juego de la literatura como institución móvil?

Vila – Matas nos sobrepasa una vez más al realizar otro proceso de ambigüedad – en este caso literaria – sin resolver el espejo anterior, y con total deliberación. El proceso final de esta “operación Ayala” es descentrar el canon literario. Es decir, Vila – Matas ha paseado a Ayala, en primer lugar, por una situación personal – un contrapunto de sus propios límites en “La gota gorda” – que lo afecta como sujeto de la escritura. Luego lo ha convertido en un hijo envejecido que a ojos de su padre burgués merece morir por falso explorador de abismos y, finalmente, lo ha utilizado para realizar un giro de canon en términos hispano – latinomericanos. El modo en que finaliza esta operación se comprende al reparar en quién es el sujeto que ha glosado antes que Vila – Matas a Francisco Ayala:

Y viene hoy perfectamente al caso aquel viaje fascinante que emprende el personaje central de El hechizado, el relato de Francisco Ayala que Borges consideraba uno de los cuentos más memorables de la literatura hispánica. La estructura de Ayala está pensada para conducirnos por un intrincado laberinto burocrático y corrupto hasta el mismísimo vacío de poder de la época. La historia, situada en tiempos de Carlos II el Hechizado, narra cómo un modesto súbdito inicia desde la periferia andina un viaje con la ilusión íntima y última de acercarse a la capital del imperio y al centro mismo de poder y, a ser posible, ver al rey de España. (Exploradores 207)

Es la figura de Borges la que permite realizar la operación de legitimidad de Ayala, ni Vila – Matas ni el canon europeo. Lo irónico de esta alegoría refiere a la figura del sujeto andino que logra romper estructuras previas para llegar al centro del poder y encontrar que, en su propio centro, no hay más que un vacío representado en la figura de un rey “sentado en su trono, un triste hechizado imbécil, un tiparraco con un encaje de Malinas humedecido por las babas infatigables que fluyen de sus labios y con unos ropajes que, debido a la incontinencia que le aqueja, despiden un fuerte, insoportable hedor a orines” (Exploradores 207). Borges glosando a Ayala podría ser el espejo del andino que llega hasta el centro del poder imperial para descubrir que el eje de su sustento es el vacío. O como diría Derrida que dice De Man de Hegel, sobre las alegorías, el sustento de lo que jamás logra articularse de manera concreta: “la piedra angular defectiva del sistema completo” (Memorias 81). Qué mejor figura que Borges para marcar la indelimitación entre el binarismo torpe de la división literatura y vida. Qué mejor figura que Borges para mixturar la oralidad y la literatura de élite y aterrizarla a formatos ultralegibles. Borges podría ser el andino que se asoma a la institución europea para escudriñar dentro de ella y fabricar miniaturas que la expongan en su fragilidad, y en la fragilidad del mundo que cree vivir fuera de la literatura. Ayala ha servido una vez más para ensayar una escritura que Vila- Matas ya comprende dentro y fuera de los libros, dentro y fuera de la vida, aunque mezcladas e indelimitables. En esta imagen de lectores que leen, Borges encarna perfectamente el “sueño y viaje del súbdito andino, sin duda con la imborrable revelación de que todo estado es una pura apariencia y ficción que responde a una estructura falsa, armada en torno a un centro abismalmente ausente” (Exploradores 208). Tal vez el giro de la tradición no consiste en poner a Borges en ningún centro, sino romper con los modelos de lo que se conoce por novela europea y suponen la totalidad, siempre inútil, de los universalismos.

La emergencia del ensayo como medio identitario

Hasta aquí, parecemos enfrentarnos a un texto imbricado donde se entremezclan, tal como diría Montaigne, citado en el análisis de Weinberg, en su caracterización del ensayo:

El punto de vista personal, el carácter exploratorio y no exhaustivo del ensayo, [ …]una clase de texto originalísima, con plena conciencia de su carácter descentrado, abierto, proliferante, ligado al afán experimental e indagatorio, capaz de permitir a la vez un deslinde del orden jerárquico de los conocimientos […] y lo acercó a la glosa, al diario íntimo, al género exploratorio, al libro de viajes, a la filosofía moral y a la meditación sobre las costumbres (Situación del ensayo 20).

Desde el punto de vista del origen del género – si existe y es uno solo – llama la atención que se precipitara desde ese período de crisis y ruptura que representa el Renacimiento. Si ensayar un mundo desde la crisis que supone el modelo económico y político tras su largo proceso de fracasos constantes en relación a la ética, supone el sitio de un pensamiento, el asedio de un sujeto mediante una “prosa de ideas que a partir de un detonante inicial, […] teje una red que coordina ’visiones y asociaciones’ culturales y artísticas a través de las cuales ve el mundo y lo representa bajo la especia del arte” (Situación del ensayo 25), más allá de sus limitaciones en torno a la discusión estéril de los estancos genéricos, Exploradores del abismo puede comprenderse como la búsqueda de una forma para nombrar referentes insertos en una sociedad imbuida en una crisis ética y, por ende, moral. Exploradores del abismo puede ser en la voz reflexiva de Vila – Matas la búsqueda de una forma en el decir: ensayo: toma de la realidad equiparable entre lo poético y lo poetizado.

El sujeto: base móvil de indelimitaciones, base móvil de la literatura

No parece curioso, entonces, que el último ensayo del texto tenga como puesta en hablada al mismo Vila – Matas. Y de algún modo, sea una declaración de principios en torno a lo que el arte es o puede ser. “La gloria solitaria” se abre con una experiencia de infancia: Vila – Matas ve a Miles Davis en el Palau de la Música Catalana, quien mientras toca da la espalda al público de manera deliberada. A partir de esta anécdota se pasea por una serie de artistas que han decidido esconderse y dar cuenta de su arte a nadie más que a sí mismos. Para ello usa el concepto de Genius sobre el que merodea Giorgio Agamben: “Porque el poeta celebra su triunfo en el no reconocimiento, como el niño que se descubre temblando genius loci desde su escondite” (Exploradores 279). Ese genius pertenece a la vida del artista en la medida en que no le pertenece al artista. Resulta curioso que tras el prolongado escondrijo que ha confeccionado Vila – Matas en este libro regrese a un formato conocido: Bartleby y Co. En un escritor tan lúcido y tan amante de los juegos literarios, ¿qué puede significar esto? Tal vez la aleación del sujeto y una literatura que parece haber configurado o pulido de manera casi autoral, un poco como el lector que, según Borges, había inventado Edgar Allan Poe. No parece haber identidad fija en ninguno de los planos humanos, menos en la literatura, siempre artificio de lo primero. En el fondo, Vila – Matas no ha dejado de hacer literatura por un solo segundo en Exploradores del abismo, simplemente ha descentrado al canon, situando la base de los materiales dentro de sí, dentro de su escritura, es decir, se ha convertido él mismo en ensayo, en literatura, en abismo del resto de los escritos que rodean su obra. Siempre irónicamente, tal como el texto final de este extraño libro, una cita de Peter Handke en donde se habla de apuntar siempre la pluma hacia donde no existe nada. Quien apunta es siempre un sujeto, un sujeto indelimitable, desbordante de vacío.

BIBLIOGRAFÍA

Agamben, Giorgio. Profanaciones. Adriana Hidalgo Editora. 2005. Impreso.
Borges, Jorge Luis. “Borges oral”, en Obras completas IV. Barcelona. Emecé. 1996. Impreso.
Derrida, Jacques. Memorias para Paul De Man. Barcelona. Gedisa. 1989. Impreso.
Vila – Matas, Enrique. Bartleby y Co.. Barcelona: Anagrama, 2000. Impreso.
_________. Exploradores del abismo. Barcelona: Anagrama, 2007. Impreso.
Weinberg, Liliana. Situación del ensayo. México D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México, 2006. Impreso.

Fecha de recepción: 09/03/2014
Fecha de aceptación: 29/05/2014

Escritor. Fundador de revista Contrafuerte. Estudió Literatura en la Universidad de Chile. Ganó el Premio Municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral 2008 con Los juegos mudados (Ediciones a Contraluz). Ha sido profesor de Literatura en la UADY, México. En 2010 dirigió el encuentro de escritores “Regeneración, Narradores y Ediciones Chilenas Invadiendo el D.F.”. Actualmente es columnista de revista Carcaj (LOM) y editor de narrativa en Alquimia. El 2011 ganó el premio Mejores Obras Literarias Inéditas del Consejo del Libro por la novela Croma. Vive en México D.F., donde cursa estudios de posgrado en UNAM.