Las ciudades de Calvino: un inventario imposible

Autora: Marcela Labraña1
Filiación: Universidad Diego Portales, Santiago, Chile
Email: mlciruela@yahoo.com

 

RESUMEN2
En este artículo analizo Las ciudades invisibles de Italo Calvino, un diálogo entre Marco Polo y el Gran Kan donde se suceden descripciones de ciudades que no existen. Tomando como apoyo sus conferencias “Exactitud” y “Visibilidad” (de Seis propuestas para el próximo milenio), pretendo reflexionar sobre el límite borroso entre la memoria y la imaginación.
Palabras clave: Italo Calvino, Las ciudades invisibles, memoria, ciudad.

ABSTRACT
In this article I analize Italo Calvino’s Invisible cities, a dialogue between Marco Polo and the Great Khanwith descriptions about unexistant cities. Based on his conferences “Exactitude” and “Visibility” (from Six Memos for the Next Millenium), I try to reflect on the blurred limit between memory and imagination.
Keywords: Italo Calvino, Invisible cities, memory, city.

 

En “Visibilidad”, una de las conferencias que aparecen en Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino escribe: “al idear un relato lo primero que acude a mi mente es una imagen que por alguna razón se me presenta cargada de significado” (95). Ahora bien, Calvino no sólo considera a la imagen raíz fértil de su narrativa sino que muchos textos en los que desarrolla un pensamiento crítico se basan también en lo visible. En este territorio reflexivo habitan imágenes tan potentes y, hoy por hoy, arraigadas en la interpretación que usualmente hacemos de sus relatos, como aquella basada en la contraposición del cristal y la llama que formula en “Exactitud”, otra de las conferencias del libro. Calvino extrae esta imagen del ámbito de la biología y luego la extiende al de las teorías sobre el lenguaje y la literatura. Se trata, como explica Saúl Yurkievich, de dos modos de aprehender o de concebir el universo: el geométrico y el magmático. El cristal, por sus caras, centros, ejes, vértices y aristas regulares representa lo acabado, lo estable y duradero, aquello que responde fielmente a un diseño. La llama, en tanto, simboliza la energía en movimiento, el torbellino, la cólera y la lujuria. Signo de multiplicidad y de diversificación, representa, en palabras de Yurkievich: “el magma de lo real en grueso, tal como se manifiesta en nuestra experiencia existencial” (339).

En “Exactitud”, Calvino recurre a otra imagen que también suele aparecer en sus relatos a la hora de intentar expresar la tensión entre racionalidad geométrica y maraña o magma estructural: la ciudad. El libro de ficción en el que mejor ha abordado esta polaridad es, a su juicio, Las ciudades invisibles (1972), debido a que precisamente concentra “en un único símbolo todas las reflexiones, mis experiencias, mis conjeturas, y porque construí una estructura con facetas en la que cada breve texto linda con los otros en una sucesión que no implica una consecuencia o una jerarquía, sino una red dentro de la cual se pueden seguir múltiples recorridos y extraer conclusiones plurales y ramificadas” (Seis propuestas… 80). Así, mi idea es trazar un mapa para errar, perderse o recuperarse en las imágenes urbanas que Calvino construye en este libro.

Primero me dedicaré a los bordes, a los círculos o cuadraturas exteriores del mapa. En estos lugares es posible seguir la huella del diálogo entre Marco Polo y el Gran Kan, la historia que enmarca las descripciones de ciudades invisibles que habitan el centro del texto. El Decamerón o Las mil y una noches, por ejemplo, se ajustan a una estructura similar, sin embargo, el libro de Calvino se distancia de ellos al otorgar a la descripción un lugar primordial, anulando casi por completo el devenir de la acción. No resulta extraño, entonces, que la lectura de los textos sobre ciudades dé la impresión de haber asistido al cuidado montaje del decorado de una obra que no llegará nunca a representarse. “Nadie sabe mejor que tú, sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la ciudad con las palabras que la describen. Y sin embargo, entre la una y las otras hay una relación” (Las ciudades invisibles 75). No sólo el Kan debe tomar en cuenta esta aclaración de Marco Polo, también el lector, que sin percatarse puede transformarse en coleccionista de descripciones, fotografías mentales o mapas de ciudades imaginarias. Hay que considerar que el libro de Calvino no pretende ser un compendio de lugares inexistentes, sino de lugares que las palabras vuelven visibles. “La mirada”, explica Marco Polo, “recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino retener los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes” (29). Esta construcción mediante la escritura responde a una noción del lenguaje que Calvino esboza en las siguientes frases en apariencia irreconciliables del mercader veneciano: “No hay lenguaje sin engaño” (62) y “La mentira no está en las palabras, está en las cosas” (76). Aquí, no queda nada claro si son los cosas o las palabras fuente de engaño. Nuevamente, el ensayo “Exactitud” permite vislumbrar un camino:

Hay quien cree que la palabra es el medio para alcanzar la sustancia del mundo, la sustancia última, única absoluta; . . . Hay en cambio quien entiende el uso de la palabra como un incesante seguimiento de las cosas, una aproximación no a su sustancia sino a su infinita variedad, un rozar su multiforme, inagotable superficie. . . . Yo no sería tan drástico: pienso que andamos siempre a la caza de algo escondido o sólo potencial o hipotético, cuyas huellas, que asoman a la superficie del suelo, seguimos. . . . La palabra une la huella visible con la cosa invisible, con la cosa ausente, con la cosa deseada o temida, como un frágil puente improvisado tendido sobre el vacío. Para mí el uso justo del lenguaje es el que permite acercarse a las cosas (presentes o ausentes) con discreción y atención y cautela, con el respeto hacia aquello que las cosas (presentes o ausentes) comunican sin palabras. (Seis propuestas… 84-85)

Me parece que en el fondo la cosa invisible, ausente, deseada o temida a la que alude en “Exactitud” es precisamente la ciudad invisible, ausente, deseada o temida que Polo describe a Kublai Kan. Hablo de ciudad y no de ciudades porque tras la lectura de un número considerable de páginas, Eudoxia, Irene, Bersabea y las otras empiezan a fundirse en una gran ciudad invisible, a transformarse en sus calles, barrios o simplemente en sus nombres. Algo de esto último dice Marco Polo al evocar su paso por Maurilia: “a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí” (43). En “Visibilidad”, Calvino logra dejar todo aún más claro:

De cualquier modo, todas las ‘realidades’ y las ‘fantasías’ pueden cobrar forma sólo a través de la escritura, en la cual exterioridad e interioridad, mundo y yo, experiencia y fantasía aparecen compuestas de la misma materia verbal; las visiones polimorfas de los ojos y del alma se encuentran contenidas en líneas uniformes de caracteres minúsculos o mayúsculos, de puntos, de comas, de paréntesis; páginas de signos alineados, apretados, como granos de arena, representan el espectáculo abigarrado del mundo en una superficie siempre igual y siempre diferente, como las dunas que empuja el viento del desierto. (Seis propuestas… 104)

Sobre este lenguaje, esta materia verbal de la ausencia, la oreja que cuenta y la oreja que escucha sellan un pacto, improvisan un puente que busca, por cierto, extenderse también a nuestra orilla, la del lector potencial o hipotético. El narrador explicita este pacto al comentar lo siguiente: “No es que Kublai Kan crea todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades que ha visitado en sus embajadas, pero es cierto que el emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a ningún otro de sus mensajeros exploradores” (Las ciudades invisibles 21). Por su parte, el lector ausente o hipotético, intuye desde un principio que no debe creer en nada de lo que Calvino escribe. Pero, animal de palabras al fin y al cabo, hay dos cosas que suelen agrietar su distancia y obligarlo a cruzar el puente: la nostalgia y la duda.

Respecto a la primera grieta, la nostalgia, creo que pocas veces un libro ha merodeado tan bien un tema, un sentimiento que hoy día parece relegado a los confines de la poesía menor y el diario de vida. Encontramos en este texto relatos de viajes, descripciones, mapas que la redimen con una objetividad impostada que, como lo demuestra el siguiente fragmento, esconde a gritos el tono y la profundidad de imágenes asociadas inevitablemente al modo de decir del poema: “el pasado del viajero”, cuenta Marco Polo, “cambia según el itinerario cumplido, no digamos ya el pasado próximo al que cada día que pasa añade un día, sino el pasado más remoto. Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más, te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos. . . . Los futuros no realizados son sólo ramas del pasado: ramas secas. . . . El otro lado del espejo en negativo. El viajero reconoce lo poco que es suyo al descubrir lo mucho que no ha tenido y no tendrá” (42). Por otra parte, el Gran Kan, como he explicado, alter ego del lector, reprocha a Polo la inflexión melancólica de sus relatos: “¡Entonces el tuyo es realmente un viaje en la memoria!”, le dice, “¡Has ido tan lejos para librarte de tu carga de nostalgia!” o “¡Vuelves de tus expediciones con la bodega llena de lamentaciones!” (111), desnudando de paso otro rasgo distintivo del proceso comunicativo, del pacto que el libro establece con los lectores: Marco Polo también busca abrir nuestra propia bodega de lamentaciones, provocar y encauzar nuestro viaje en la memoria.

Algo he dicho ya sobre la segunda fisura seductora, sobre el nombre, la palabra agrietada y su relación con las cosas, pero me parece que Aglaura, ciudad que es dos ciudades bien vale una visita. Marco Polo distingue la Aglaura que se dice de la que se ve, planteando además una duda relevante: cuál de las dos es la verdadera cuál, la más importante. El mismo propone una repuesta que nuevamente remite a la concepción de lenguaje de Calvino que vimos planteada ensayísticamente en “Visibilidad”:

la ciudad de que se habla tiene mucho de lo que se necesita para existir, mientras que la ciudad que existe en su lugar existe menos. . . . Por eso los habitantes creen vivir siempre en la Aglaura que crece sólo con el nombre de Aglaura y no ven la Aglaura que crece en tierra. Y yo mismo, que quisiera tener separadas en la memoria las dos ciudades, no puedo hablarte de una, porque el recuerdo de la otra, por falta de palabras para fijarlo, se ha perdido. (Seis propuestas… 82)

En este juego de visibilidad e invisibilidad, de literatura y realidad, sorprende la mención de Venecia, una ciudad histórica, real. El emperador le pregunta al mercader por qué en sus narraciones no pronuncia nunca el nombre de Venecia, su ciudad natal. Marco Polo le responde: “Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia. . . . Para distinguir las cualidades de las otras he de partir de una primera ciudad que permanece implícita. Para mí es Venecia”. El lugar de origen, se presenta aquí como materia prima de la memoria, como ciudad escondida, palabra silenciada pero latente. Luego el Kan le dice que entonces debería comenzar cada uno de sus relatos por el lugar de partida, es decir, describiendo Venecia tal como es, “toda entera, sin omitir nada de lo que recuerdas de ella”. Polo termina esta conversación explicando que esto es imposible, que “las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran. Quizás tengo miedo de perder Venecia de una vez por todas si hablo de ella. O quizás, hablando de otras ciudades, la he ido perdiendo poco a poco” (Las ciudades invisibles 100). Así, cada evocación implícita o explícita de Venecia “toda entera”, “toda real”, como esta conversación entre el Kan y Polo termina por borrarla y dar paso a un lugar como Aglaura, que es dos lugares, que es dos ciudades: la que dice y la que se ve.

Me gustaría finalizar esta recorrido por las ciudades invisibles de Calvino con la descripción de Venecia que aparece en Bomarzo (1962) del escritor argentino Manuel Mujica Lainez. Aquí el protagonista, el conde Pier Francesco Orsini, teje un relato que se aproxima bastante a las construcciones textuales de Calvino que penden precarias de hilos de nostalgia y de duda. Además, me parece, que el contraste entre Bomarzo y Venecia, dos ciudades literarias, dos ciudades invisibles, recuerda la dicotomía entre el cristal y la llama, que como expliqué al comienzo, constituye una imagen central de la poética del escritor italiano. Escuchemos entonces las palabras del conde:

Perdóneme el lector la falta de gusto, la petulancia anacrónica, la insolencia típica de los viajeros frente a los que no han salido nunca de su barrio –y en este caso de su tiempo–, pero le aseguro que quien no ha visto a Venecia en el siglo XVI no puede jactarse de haberla visto. Comparada con aquella, con aquella vasta composición cuidada e impetuosa de Tintoretto o de Tiziano, la actual es como una tarjeta postal, o un cromo, o una de esas acuarelas que los pintarrajeadores venden en la plaza San Marcos a los extranjeros inocentes. Supongo que otro también diría –incomodándome a mí– quien la hubiera conocido en el siglo XV, en el siglo XVIII y quizás en el siglo XIX. Yo sólo hablo de lo que tuve la suerte de conocer. . . . Apenas la entreví la mañana de nuestro arribo. Iba muy enfermo, en una embarcación que alquilamos cuando nos rendimos ante la evidencia de que no sería capaz de seguir a caballo, pero el primer contacto fue deslumbrador. Después de Bomarzo, hecho de piedras ásperas, de ceniza y de herrumbre, apretado, hosco, Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente, como si no fuera una realidad sino un pensamiento extraño y bello; como si la realidad fuera Bomarzo, aferrado a la tierra y a sus secretas entrañas, mientras que aquel increíble paisaje era una proyección cristalizada sobre lagunas, algo así como una ilusión suspendida y trémula que en seguida, como el espejismo de los sueños, podía derrumbarse silenciosamente y desaparecer. No es que yo considerara a Bomarzo menos poético –líbreme Dios–, pero en Bomarzo la poesía era algo que brotaba de adentro, que se gestaba en el corazón de la roca y se nutría del trabajo secular de las esencias escondidas, en tanto que en Venecia lo poético resultaba exteriormente, luminosamente, del amor del agua y del aire, y, en consecuencia, poseía una calidad fantasmal que se burlaba de los sentidos y exigía, para captarla, una comunicación en la que se fundían el transporte estético y la vibración mágica. . . . Luego comprendí que, sobre mí en todo caso, la fuerza misteriosa de Bomarzo, menos manifestada en la superficie, más recónditamente vital, obraba con un poderío mucho más hondo que aquel cortesano seducir . . . pero, como tantos, como todos, sucumbí al llegar ante el encanto de la ciudad incomparable, traicioné el recuerdo a mi auténtica verdad – cada uno tiene su propio Bomarzo– y pensé que no había que no podía haber en el mundo nada tan hermoso como Venecia, ni tan rico, ni tan exaltador, ni tan obviamente creado para procurar esa difícil felicidad que procuramos con ansia, agotando seres y lugares, los desesperadamente sensibles. (327-28)

 

Bibliografía:

Calvino, Italo. Las ciudades invisibles. Edición al cuidado de César Palma. Traducción de Aurora Bernárdez. Madrid: Ediciones Siruela, 2003.
—. Seis propuestas para el próximo milenio. Nota preliminar de Esther Calvino. Edición al cuidado de César Palma. Traducciones de Aurora Bernárdez y César Palma. Madrid: Ediciones Siruela, 1998.
Mujica Lainez, Manuel. Bomarzo. Preliminar de Marcos-Ricardo Barnatán. Barcelona: Seix Barral, 1986.
Yurkievich: “Borges/Calvino: el cristal y la llama”. Suma crítica. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997.

 

  1. Marcela Labraña es Licenciada y Magíster en Literatura de la Universidad Católica de Chile y candidata a Doctora en Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra. Es profesora de literatura en la Universidad Diego Portales y la Universidad Finis Terrae. Su principal área de investigación es la literatura comparada. 
  2. Este texto fue leído el 24 de octubre de 2005 durante la Jornada en recuerdo de Italo Calvino organizada por los Institutos de Historia y de Letras de la Universidad Católica de Chile.