Formas del exilio y la extranjería en la era global en Estocolmo de Iosi Havilio

Forms of exile and strangeness in the global era in Iosi Havilio´s Estocolmo1

Autor: Marcos Seifert2
Filiación: Universidad de Buenos Aires – CONICET, Buenos Aires, Argentina
Email: marcseifert19@gmail.com

Resumen
La hipótesis que guía este trabajo supone que en el personaje René de la novela Estocolmo (2010) de Iosi Havilio convergen la figura del exiliado cuya situación de dislocación es forzada y su retorno imposible, con la del extranjero errante, un sujeto que deambula sin rumbo fijo en el contexto contemporáneo de migraciones y desplazamientos globales. En vistas a dar cuenta de esto, este trabajo analizará, en primer lugar, los modos de desvío del viaje de René respecto a formas del desplazamiento como el turismo y el regreso al país natal. En segundo lugar, se contrastará la situación de desarraigo de René con la del personaje de Boris. Y finalmente, se analizará, teniendo en cuenta los modos de inscripción de lo global en la novela, cómo la extranjería de René dialoga con las formas de dislocación ligados a los procesos de globalización y cómo su condición de extranjero se figura a partir de la acefalía y el trance en tanto perturbación corporal.

Palabras clave: exilio, extranjería, globalización, ficción de regreso, desplazamientos.

 

Abstract

The hypothesis that guides this work affirms that in the character René of the novel Estocolmo (2010) by Iosi Havilio converge the exiled figure whose dislocation status is forced and his return is impossible with the foreign wanderer, a subject who wanders aimlessly in the contemporary context of global migration and displacement. In order to realize this, this paper will analyze, first, the modes of detours of René´s travel regarding forms of displacements such as tourism and the return to the homeland. Second, the rootlessness of René will be contrasted with that of Boris. And finally, it will be analyzed taking into account the modes of inscription of the global in the novel how René´s foreingness dialogue with the modes of dislocation linked to the processes of globalization and how his foreigner condition can be figured from the acephaly and trance as a physical disturbance.

Keywords: exile, strangeness, globalization, narrative of return, displacements.

 

Estocolmo (2010), el título de la novela de Iosi Havilio no sólo evoca el destino de René, que vuelve a Chile treinta y tres años después de su partida a Suecia en 1973, sino también el síndrome que da nombre a la respuesta emocional de un secuestrado a su captor a raíz de la extrema vulnerabilidad provocada por el cautiverio. Más allá de la luz que arroja esta alusión respecto a la conflictiva relación amorosa entre el protagonista y su impulsivo amante balcánico, a quien salva de la extradición y protege de forma clandestina, nos interesa pensar el vínculo entre una patología ligada al encierro con una novela en la que predominan los desplazamientos de todo tipo. A pesar de que René está en constante movimiento en toda la novela, hay una sensación de inmovilidad y de inacción respecto a los acontecimientos que impregna su figura desde el inicio. Como si el deseo de desplazamiento y la movilidad real no pudieran interceptarse, el viaje resulta para René algo que no se encuentra ligado a la voluntad. Su viaje a Chile queda atravesado por diversos motivos y ninguno de ellos termina imponiéndose totalmente en su definición: misión como enviado de la Cruz Roja, huida del amante, regreso del exiliado a la patria, reencuentro con su historia e incluso viaje turístico. Ninguna de estas opciones se ve asumida como rasgo predominante. Esta misma indefinición parece corresponderse con una subjetividad vaciada que, en lugar de volcarse al tono de la nostalgia y el lamento por el desarraigo, evidencia un extravío que toma la forma de desajuste perceptivo y una perturbación corporal. La subjetividad se vacía y la corporalidad se pone en primer plano como experiencia de la propia extrañeza y ajenidad. El cuerpo de René exhibe la inadecuación a partir de sensaciones de malestar o manchas amorfas en la piel. En René convergen, entonces, la figura del exiliado cuya situación de dislocación es forzada y su retorno se vuelve imposible, con la del extranjero errante: un sujeto acéfalo y en trance que deambula sin rumbo fijo en un espacio contemporáneo atravesado por desplazamientos transnacionales de todo tipo.

Formas del desplazamiento: el recorrido turístico y el relato del regreso.

La afinidad entre el viaje de René y el desplazamiento turístico parece motivada por la compañía de dos jóvenes suecos, Elías y Saga, voluntarios, como él, de la Cruz Roja. Resulta significativo que ante un itinerario de visitas a atracciones turísticas René no asuma el lugar del guía nativo que orienta a sus compañeros extranjeros. El personaje ocupa, más bien, la posición distanciada de quien recorre un trayecto turístico, que como señala Marc Augé, se encuentra enmarcado en la previsibilidad de las imágenes previas y posteriores (64). En lugar de recurrir a recuerdos de su vida en Chile, René oscila entre las imágenes de internet y las que provienen de las fotos que sacan sus compañeros. Augé explica que las agencias turísticas, los folletos y recorridos virtuales son responsables de una saturación de imágenes que vuelven al viaje un movimiento de verificación: “para no decepcionar lo real deberá entonces parecerse a su imagen” (65). Se viaja, según Augé, entre dos series de imágenes: las que se ven antes de la partida y las que se verán a la vuelta (66). Si bien René regresa a su país, exhibe la posición apartada del turista extranjero que arma el itinerario de su viaje a partir de Google (Havilio 77). Pero, en el centro de esta lógica del turismo que piensa la geografía en función de su atractivo en forma de emplazamiento natural o monumento cultural (Augé 82), la novela instala el extrañamiento a partir de inscripciones misteriosas, pequeños sucesos al límite de la verosimilitud: un enrarecimiento de la realidad o una introducción de lo fantasmal que irrumpe y desbarata la previsibilidad del recorrido turístico. Un ejemplo de esto es el encuentro de René en una rambla de Cartagena con la frase “IN GHOST WE TRUST” (Havilio 91) tallada en una roca chata dentro del contorno de un corazón deforme.

Al mismo tiempo, nos encontramos, sin duda, ante una ficción de regreso. La narración de los avatares de la vida de René tiene su punto de origen, en cierta medida, en ese desplazamiento en 1973, cuando viaja a Suecia para participar de una asamblea extraordinaria de la Internacional de Juventudes Socialistas. Una vez allí, lo sorprenderá el golpe contra Salvador Allende. El tópico de la irrecuperabilidad del hogar se suma aquí al distanciamiento de sí que experimenta el personaje ante el recuerdo de su pasado de militancia. La vuelta evidencia que la experiencia de distancia máxima no es la permanencia en el exilio sino, más bien, la imposibilidad del regreso. En un paseo al mercado persa del barrio Franklin entre diarios de 1939, pósters, insignias masónicas, fotos del funeral de Kennedy y monedas con la efigie de Franco, René descubre un folleto con los puntos básicos de la Reforma Agraria y el programa de gobierno de la Unidad Popular de Allende. Ese folleto que es similar al que llevó a Suecia como “muestra de militancia” deviene pieza de un conjunto heteróclito de elementos de una historia objetualizada. El pasaje en que René rememora su pasado a partir del folleto contrasta con el otro en el que adquiere un kit de manicura eléctrico en el free shop del aeropuerto. De un lado, una mercancía globalizada sin historia y sin memoria; del otro, un objeto ante el que se establece un gesto de posesión similar al que Walter Benjamin asigna al coleccionista quien no privilegia un valor de cambio ni tampoco funcional. De la misma manera que la mirada del coleccionista “limita con el caos de los recuerdos” (Benjamin 115), René se detiene ante esas reliquias como ante indicios en el borde de una memoria desdibujada. Así como, según Benjamin, una marea de recuerdos invade al coleccionista cuando se ocupa de lo suyo, el folleto abre las compuertas de la memoria. La relación con el objeto trivial como disparador de los recuerdos se reitera luego ante un adorno al que se siente atraído sin saber por qué y que más adelante reubica como parte de su infancia. René recuerda “una pequeña caja de cartón forrada con un mapamundi primitivo” (Havilio 63) donde guardaba las pruebas de su vida antes del exilio. Esta memoria personal resguardada en los objetos que podía ser vehículo de la nostalgia se resquebraja cuando Boris en un rapto de furia arma una fogata con esa caja y otros objetos. Si para el exiliado el regreso puede darse como vuelta concreta, pero también como retorno imaginario a través de la memoria, tal episodio parece obturar esta última forma del regreso. Si, como señala Susan Ireland, en “Narratives of return”, la idea de regreso se liga a la de hogar como lugar al que volver tanto en sentido geográfico como emocional (23), la novela de Havilio pone en cuestión la posibilidad del regreso de René al suspenderlo en el intersticio entre los polos de ruptura y reconexión, pérdida y recuperación, desarraigo y rearraigo. El reencuentro con la historia familiar se encuentra también atravesado por una extrañeza que puede leer como una irrupción de lo siniestro freudiano. No se produce una identificación de lo familiar sin que tenga lugar, también, un enrarecimiento perturbador: por ejemplo, en lugar de alegrarse por la rememoración de un adorno de su infancia, René queda perturbado por la coincidencia con otro adorno que compra en una relojería de una familia china. El parecido entre el objeto que adquiere y el adorno familiar no funciona como confirmación de un recuerdo, sino que genera un imagen siniestra en la medida en que combina lo familiar y lo monstruoso: “En un pestañeo, se le mezclaron los dos adornos formando un engendro tramposo” (185). En el encuentro con la madre, no hay reconocimiento ni recuperación de la historia familiar, sino la narración delirante por parte de la madre de las visitas nocturnas de un “Jesús libidinoso”. Allí donde debería encontrar familiaridad, René se topa con aquello que lo descoloca y frente a lo cual no puede establecer ningún sentido sólido.

El exiliado y el refugiado

La identificación con el personaje de Chateaubriand se sostiene no solo desde una coincidencia en el nombre, sino también desde uno de los epígrafes que abre la novela en el que se lee: “¡Ay! ¡Estoy solo, solo sobre la tierra!” perteneciente justamente a la obra René del célebre autor francés Francois René de Chateaubriand, el primer viajero escritor específicamente moderno realizó su viaje a América en 1791. De su estadía allí surge un conjunto de ficciones de las cuales extrae Atala en 1801 y René en 1802, y que no publica íntegramente hasta 1826, bajo el título Los natchez. Estas ficciones constituyen, señala Tzvetan Todorov, una epopeya del encuentro entre salvajes y civilizados, entre los natchez y los franceses. En estos textos el personaje de René, advierte Todorov, deviene un “extranjero en todas partes” (337). El René de Chateaubriand se instala de forma permanente en la extranjería y rechaza toda pertenencia social. Pero no fue su condena a la vida civilizada lo que ha hecho huir de Europa a este francés, agrega Todorov, sino la pasión inadmisible con su hermana Amelia.

En primer lugar, René de Estocolmo lleva, entonces, una marca intertextual de extranjería en su nombre. Y en segundo lugar si bien su desplazamiento no está relacionado con el deseo incestuoso, podemos leer también cómo su vida se encuentra atravesada por el tópico de la relación imposible, en este caso con Boris. Tal imposibilidad, proponemos, está producida por el cruce de modelos divergentes de figuras de exiliados. Si bien las subjetividades de ambos personajes señalan, como advirtió Sarlo, dos “texturas” diferentes de la narración: “lisa, contemplativa, opaca” en el caso de René y “fibrosa, colorida, y en trance” en el caso de Boris (162), la distinción a la que me refiero implica la relación entre la condición del exilio y lo jurídico. En tanto exiliado latinoamericano que queda varado fuera de su país cuando se entera del golpe de Estado y se inscribe en un curso de primeros auxilios en la Cruz Roja local (Havilio 35). René logra acomodarse como funcionario y se ve sumido en “la soledad, el confort y el aburrimiento” (36) hasta que aparece Boris en su vida. Violento, embaucador, dealer, Boris es detenido por sus estafas en Sarajevo y excarcelado a cambio de unirse al Ejército Serbio de Bosnia. A pocos kilómetros de la frontera se fuga con otro soldado enrolado a la fuerza. Consigue luego el permiso de entrada a Suecia donde lo alojan como asilado en una dependencia de la Cruz Roja de Estocolmo. Ante la inminente extradición provocada por algunos episodios violentos de Boris, René decide protegerlo y alojarlo en su casa de forma clandestina. El personaje de Boris, que transita en los bordes del marco jurídico tanto por su condición de asilado como de criminal nos remite a los planteos de Agamben sobre la figura del exiliado como “concepto límite que pone en crisis radical las categorías fundamentales de la Nación-Estado, desde el nexo nacimiento-nación hasta el de hombre-ciudadano” (46). Agamben se apoya en los planteos de Hannah Arendt que abordan la Declaración de los derechos del hombre de 1789 y hacen visible una paradoja: en el momento mismo de su declaración estos derechos tienen su fin. Lo que se asegura a través de esta declaración, argumenta Arendt, no es el derecho del ser humano, sino el del “ciudadano” del Estado-nación moderno (Arendt 290-302). Agamben señala que esta brecha entre los derechos del hombre y el ciudadano no ha hecho más que acrecentarse en las sociedades contemporáneas y el refugiado es, justamente, la figura que condensa esta crisis del derecho y del Estado-nación moderno.

El refugiado resulta una figura inquietante que exhibe la ficción de la soberanía en la que el nacimiento se hace inmediatamente nación (26). Agamben propone, entonces, una renovación de las categorías ya no alrededor del ius del ciudadano, sino en torno al refugium del individuo como modo de cuestionar la adscripción de la vida al ordenamiento jurídico y como forma de repensar el espacio europeo no a partir de sus contornos nacionales, sino como espacio extraterritorial que perfore y deforme la topología de los Estados. Es en este espacio, agrega Agamben, donde el ciudadano puede reconocer al refugiado que él mismo es (Agamben, Medios 30). La presencia espectral inquietante que representa Boris para René, si bien tiene que ver con la amenaza física de un serbio impulsivo y violento, puede pensarse también sostenida en el contraste con una figura que establece atracción y rechazo, identificación y desacuerdo en su modo de resolver su identidad ante la fisura de la trinidad Estado-nación-territorio. La novela narra el cruce entre un exiliado latinoamericano y un refugiado europeo como colisión de temporalidades y de trayectos, como un encuentro entre una subjetividad suspendida y arrastrada por las circunstancias que no encuentra asideros identitarios, y otra que encuentra su potencia y su intensidad al margen de lo jurídico.

Flujos globales

La inscripción de lo global en la novela puede ser pensada de dos modos: por un lado, estaría dada por los diferentes tipos de relatos sobre migraciones y viajes a escala global por parte de subjetividades fuera de los marcos del derecho de los estados nacionales; por el otro, el flujo de información de sucesos en distintas partes del mundo que llega a René a partir de las pantallas y de los diarios. Ambas inflexiones parecen poner en primer plano la metáfora de flujo global, que como señala Mary Louis Pratt, encubre la distinción entre los movimientos, neutraliza la cuestión de la direccionalidad de los desplazamientos y anula la idea de intervención humana (38). La metáfora del flujo, agrega Pratt, es parte del “lenguaje oficial” de la globalización: naturaliza y encubre las razones políticas y económicas de la movilidad transnacional. La idea de “flujo” invisibiliza los acuerdos, las instituciones y las decisiones políticas que crean las imposibilidades o posibilidades de movimiento y conexión a escala global.

La novela de Havilio desmantela la naturalización de la idea de flujo a partir de desplazamientos marcados por la clandestinidad y la exclusión: tráfico de personas, de droga, falsificación de certificados de asilo político, etc. Uno de ellos es la historia de Johnny Sepúlveda (Havilio 109) que encuentra en la circulación de la música latinoamericana por Europa la oportunidad para trasladar cocaína oculta en los instrumentos musicales. De esta manera convergen la ideología multiculturalista3 que promueve el consumo de color local en distintas capitales europeas con el tráfico de drogas: “El negocio crecía a pasos de gigante, Europa consumía cocaína y música folclórica con igual fruición”. (112)

La cuestión de si lo global constituye o no un espacio antropológico de subjetivación por fuera de los aparatos nacionales de interpelación (Hannerz) se ve desplazada por la impronta dominante de agitación social y catástrofe. La sensación de interconexión global se sostiene en la idea del desastre y el caos: un atentado en Manila contra turistas alemanes, revueltas populares en Haití, una huelga en el aeropuerto de Madrid, manifestaciones estudiantiles que parecen reproducirse por contagio. Lo que aproxima y conecta las realidades distantes es un estado de ebullición, de catástrofe, de fin de la historia. De ahí el subtítulo de la novela “la conclusión del sistema de las cosas”, una cita bíblica incluida en la novela en un folleto de una radio cristiana. La catástrofe se vuelve intersección entre lo global y lo íntimo, entre la realidad desbordante y la memoria personal, entre la multilocalización o ubicuidad técnicamente producida y una vida interior fragmentada. De las versiones de la ausencia del padre René opta por la historia de la catástrofe (124): en lugar de pensar en un abandono, René prefiere la historia de una ola gigante que lleva a su padre al fondo del mar. Sobre la base del hecho concreto de un terremoto con epicentro en Valdivia en mayo de 1960 se instala el ejercicio de imaginación. La tragedia natural en el origen pretende obturar el relato del abandono.
La lejanía inmediata que emana de las pantallas de los televisores, de los contactos por internet, y de las noticias de lugares distantes que se leen en los diarios aporta otro tipo de deslocalización en la novela. La globalización en tanto fenómeno espacial, señala Waldenfels consiste en hacer del emplazamiento espacial-corporal algo indiferente: “El aquí se contrae en un apéndice de la máquina o en una central de mando. Aquí es ahí donde se encuentra el botón que pulso” (29). Esta ubicuidad producida a partir de la técnica es central, entonces, a la hora de pensar las cuestiones de localización y globalización. Esta sensación de que “nadie está por completo en su sitio” (36), señalada por Waldenfels, se verifica en René en tanto su constante exposición a un más allá global que disloca su aquí y ahora no se resuelve en ningún tipo de espacio intermedio de síntesis. Frente a un modelo de globalización que concuerda con las antiguas concepciones cosmológicas del globo como “un espacio interior sin un afuera” o con las ideas cosmopolitas de “un lugar común sin extrañeza” (36), René aparece atravesado por una experiencia de extrañamiento que desestabiliza las diferencias entre lo propio y lo ajeno.

Tensionado entre el recuerdo huidizo de su familia y su tierra y la proximidad tecnológica de una lejanía ajena lo que corresponde a René es la atopía, la desubicación constante. Resulta significativo en este sentido el pasaje final en el que el personaje se ve a sí mismo flotando al lado del avión. Esa visión de sí narrada como una superación del miedo a volar puede leerse como una aceptación final de ese lugar de levedad y suspensión.

Acefalía y trance

La catástrofe también está en el centro de otra figura que compone la evasiva memoria familiar para René: una imagen de un santo sin cabeza que evoca la leyenda de la figura de San José Obrero, decapitada por una viga que cayó en una iglesia durante un terremoto. La figura acefálica resulta clave para comprender el lugar de René en su regreso a Chile: sus pérdidas de conciencia, su vaciamiento subjetivo, su andar desconectado de las intenciones4. Ante el desastre y el fin de la historia que parecen anunciar los acontecimientos caóticos alrededor del mundo, el acéfalo remite al concepto de negatividad sin empleo (inoperante) que George Bataille contrapone a la negatividad dialéctica (teleológica, con un final). Frente a la acción como negatividad, René como personaje acefálico en sentido batailleano plantea la negatividad del que ya no tiene “nada que hacer” (Agamben 2006 18). Ese dejarse llevar por los acontecimientos, esa distancia extrañada ante lo propio, esa caída en trances que vacían toda posibilidad de reconstrucción del sentido del pasado y la nostalgia pueden pensarse vinculados a la noción de Bataille de una negatividad sin empleo.

El estado de suspensión y de dislocación extrema que mencionábamos con anterioridad queda evidenciado en las experiencias de trance que afectan al personaje en las cuales queda con “la mente suspendida en no se sabe dónde” (209). El momento del trance condensa particularmente esta posición inestable que encarna René como extranjero en la medida en que se define como una mezcla de “epifanía y desilusión, de amparo y orfandad” (104). La inducción de un trance es uno de los rasgos que Reinaldo Laddaga adscribe a ciertas obras de la literatura latinoamericana contemporánea que no se dedican a producir representaciones sino a “construir dispositivos de exhibición de fragmentos de mundo” (14). No se trata de “construcciones densas de lenguaje”, señala Laddaga, sino de la producción de “espectáculos de realidad”. Salvando las diferencias entre la propuesta de Havilio y las características del corpus de Laddaga resulta significativo recuperar la noción de trance que postula este crítico:

. . . el trance del que se trata no es la condición de aquel que asiste a una manifestación transmundana que suplementa a la suma de la apariciones, sino la condición de aquel que, en un momento de extinción, depone la voluntad y el poder de constituir esa suma en mundo (15).

Los lapsos de trance que sufre René no constituyen un momento de verdad trascendental, ni una salida hacia un sentido superior que anule o disuelva las contradicciones de su subjetividad quebrada, sino, más bien, “un momento de extinción” que tiene que ver con el vaciado y la desconexión absoluta de su subjetividad con todo tipo de lugar y pertenencia. Si bien René experimenta tanto la deslocalización entre el espacio del exilio y el de su país como la multilocalización globalizada por los medios de comunicación, es finalmente la experiencia del trance el índice de su desajuste absoluto, de la radicalidad de su posición atópica.

El cuerpo extranjero

Una experiencia de lo acéfalo, recuerda Raúl Antelo, no es sólo una “suspensión del imperio de racionalidad”, sino también una vuelta a la “contextura de un cuerpo” (9). A lo largo de sus desplazamientos, el cuerpo pasa a primer plano a partir del malestar corporal que aqueja a René de modo tal que pareciera constituir somatización de su extrañamiento subjetivo. Las perturbaciones corporales que sufre el personaje van desde unas manchas amorfas que surgen en su rostro súbitamente hasta una picazón en todo el cuerpo. Pero lo más significativo de esa ajenidad hecha carne, es la relación de exterioridad que se menciona desde el comienzo de la novela con un dedo “medio deforme” que le resulta monstruoso y que lo acompañada en forma de una propiedad impropia:

Antes le pasaba seguido de soñar con ese dedo, como si no le perteneciera, en tamaño gigante, un ente autónomo, animado, un monstruo bueno dejándose observar. Porque los otros nueve dedos son sólo dedos, más o menos útiles, más o menos prescindibles. Dedos. Pero éste, por ser distinto, defectuoso, tiene pasado, remite inevitablemente a sí mismo, al corte, al accidente. Por eso mordiéndolo, muerde más allá, se muerde entero (13).

La relación con su dedo señala no solo la exterioridad no pensable que constituye una parte de su cuerpo, sino que, al mismo tiempo, esta alteridad representa una exposición y apertura que remiten, como señala Jean Luc Nancy, al mismo ser. Si el cuerpo es “el ser-expuesto del ser”, René se identifica paradójicamente en ese lugar exterior y autónomo, pero que “remite inevitablemente a sí mismo” (13). Extrañeza e identidad convergen en ese dedo que lleva la marca de un accidente, un pasado innegable a fuerza de volverse parte del cuerpo. El vínculo entre errancia y cicatriz es advertido por Richard Sennett en su ensayo “El extranjero”. Sennet afirma que mientras la cicatriz en el tobillo de Edipo sirve en primer lugar como una evidencia de un origen que se convierte en destino, la segunda herida que se infringe al arrancarse los ojos marca su historia posterior como errante (96). En Edipo en Colono, agrega Sennet, Edipo se vuelve una figura ennoblecida por el desarraigo y marcada por estas dos heridas. El cuerpo de René se vuelve el espacio primordial de la inscripción de las marcas (heridas) del desplazamiento de una subjetividad arrastrada por las circunstancias. Tanto la perturbación corporal como también el goce sexual con Boris señalan su inadecuación identitaria. La inestabilidad y la falta de identificación plena de René se hacen cuerpo en las experiencias de rechazo o exceso: como señala Jean Luc Nancy en El intruso, tanto el “yo sufro” como el “yo gozo” (40), dramatizan esta falta de correspondencia.

En un contexto marcado por la diversidad desplazamientos e historias a escala global, la posición de extranjería que encarna René quien regresa a Chile luego de 33 años se traduce en una introversión contradictoria en la que el exilio se vive como extrañamiento de la memoria y del sentido de pertenencia, pero, también, como experiencia corporal y percepción enrarecida de lo real. Como hemos expuesto, en él se solapan la figura del exiliado cuya situación de desarraigo es forzada y su retorno imposible, y la del extranjero que deambula sin rumbo fijo. Entre la incapacidad de reconocerse en su país de origen o en su historia familiar y el contacto con una tecnología de multilocalización, René asume un estado de dislocación constante. A través de la experiencia del trance y el extrañamiento en la percepción de su corporalidad, la novela exhibe una extranjería que se inscribe en el propio cuerpo. La inadecuación del personaje, que condensa tanto alteridad como exposición, resulta, también, una respuesta crítica a un modelo de globalización que, considerada en su dimensión de fuerza de homogenización y estandarización de los paisajes y las identidades, plantea el mundo como un lugar común sin afuera y sin extrañeza (Waldenfels 36).

Obras citadas
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—. “Política del exilio”. Archipiélago: cuadernos de crítica de la cultura 26 (1996): 41-52. Impreso

—. Lo abierto. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2006. Impreso
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Pratt, Mary Louis. “¿Por qué la Virgen de Zapopan fue a Los Ángeles? Algunas reflexiones sobre la movilidad y la globalidad”. Sujetos en tránsito:(in)migración, exilio y diáspora en la cultura latinoamericana. Ed. Fernández-Bravo, Garramuño y Sosnowski. Buenos Aires: Alianza, 2003. Impreso.

Sarlo, Beatriz. Ficciones argentinas. 33 ensayos. Buenos Aires: Mardulce, 2012. Impreso.

Sennett, R. El extranjero: Dos ensayos sobre el exilio. Barcelona: Anagrama, 2014. Impreso.

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Waldenfels, B. “Habitar corporalmente en el espacio”. Daimon. Revista de Filosofía 32 (Mayo 2004): 21-37. Impreso.

Fecha de recepción: 20/12/14
Fecha de aceptación: 02/07/15

 

1 Este artículo se enmarca en el proceso de investigación para la realización de la Tesis doctoral como becario CONICET. Tal investigación doctoral gira en torno a los modos del desplazamiento y la extranjería en las ficciones narrativas argentinas contemporáneas

2 Marcos Seifert es Licenciado y Profesor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como becario doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET- Argentina) con sede de trabajo en el Instituto de Literatura Argentina “Ricardo Rojas”. Como doctorando se encuentra trabajando en su tesis sobre extranjerías territoriales y desplazamientos en el exterior en las ficciones narrativas argentinas de entre siglos (1994-2014). Imparte clases de literatura en la Universidad de San Andrés (Argentina).

3 Nicolás Bourriaud en su libro Radicante (2009) advierte cómo el multiculturalismo, que en un principio se planteó como instaurador de una diversidad cultural, termina por reinstalar anclajes culturales o fijaciones étnicas. Resulta ser “el reflejo invertido de la estandarización de los imaginarios y las formas” (12). El multiculturalismo, según Bourriaud, se presenta como “una ideología de la dominación de la lengua universal occidental sobre culturas que sólo se valorizan en la medida en que se las reconoce típicas, y por lo tanto portadoras de una “diferencia” asimilable por dicho lenguaje internacional”. (193)

4 San José Obrero no es la única figura del cristianismo marcada por la acefalía. Narra la leyenda que Dionisio, santo de la Iglesia Católica, martirizado hacia el año 240, anduvo durante seis kilómetros con su cabeza bajo el brazo, atravesando Montmartre, por el camino que, más tarde, sería conocido como calle de los Mártires. Al término de su trayecto, entregó su cabeza a una mujer y después se desplomó. En ese punto exacto se edificó una basílica en su honor. La ciudad se llama actualmente Saint-Denis (Dolbeau 632)