Filiaciones rotas. Tiempos y lenguas de la maternidad en Matilde Sánchez y Marta Dillon.

Autor: Cecilia Sanchez

Filiaciones rotas. Tiempos y lenguas de la maternidad en Matilde Sánchez y Marta Dillon

Autor: Cecilia Sanchez [*]

Filiación: Universidad de Buenos Aires – CONICET, Buenos Aires, Argentina.

Email: cecisi89@gmail.com

Resumen: Desde la materialidad de una lengua que se carga de los afectos que atraviesan los cuerpos, El Dock (1993) de Matilde Sánchez y Aparecida (2015) de Marta Dillon construyen una singular memoria sobre el pasado de la militancia revolucionaria y el terrorismo de Estado en Argentina para postular políticas alternativas de la maternidad y de la vida común ajenas a los dispositivos de disciplinamiento, captura y desaparición de los cuerpos. Instaladas en un presente anacrónico poblado de desechos y restos, las narraciones exploran nuevas potencias de cuerpos que no se pliegan dócilmente a los roles de la víctima, el testigo o el militante disciplinado y obediente.

Palabras clave: Temporalidad – Maternidad – Política – Cuerpo – Literatura argentina.

Abstract: From the materiality of a language imbued with the affects that traverse bodies, El Dock (1993) by Matilde Sánchez and Aparecida (2015) by Marta Dillon construct a singular memory of the past of revolutionary militancy and state terrorism in Argentina in order to posit alternative politics of motherhood and of common life beyond the apparatuses of disciplining, capture and disappearance of bodies. Inscribed in an anachronical present inhabited by residues and remains, the narrations explore new potentials of bodies that do not submit themselves tamely to the roles of the victim, the witness or the obedient and disciplined militant.

Keywords: Temporality – Motherhood – Politics – Body – Argentine literature.

 

En el ensayo La llegada a la escritura, Hélène Cixous sugiere que la lengua materna desde la que escribe emerge del contacto con el cuerpo y sus desbordes, a la vez que vibra al ritmo de las fuerzas que recorren la carne, sin dejarse someter al sistema de la gramática o al orden de la sintaxis. Este lenguaje, ajeno también a toda relación de propiedad o de dominio, se habla desde la falta de lugar legítimo, de tierra, patria o historia propias, y la escritura, como ejercicio del don, se alza contra la resignación y la indiferencia “para no dejarle el lugar al muerto, para hacer retroceder al olvido, para no dejarse sorprender jamás por el abismo” (11). De este tipo de lazos, filiaciones y desajustes están hechas El Dock (1993), de Matilde Sánchez, y Aparecida (2015), de Marta Dillon, narraciones que reflexionan sobre el pasado de la militancia revolucionaria y el terrorismo de Estado en Argentina para reinventar los vínculos entre la maternidad, la memoria y la política desde la materialidad de una lengua que se carga de los afectos que atraviesan los cuerpos.

La novela de Matilde Sánchez, instalada en un presente enrarecido, explora las repercusiones que tiene el ataque a un destacamento militar perpetrado por un grupo de rebeldes sobre las vidas de la narradora, su pareja Kim y Leo, el niño del que terminan haciéndose cargo, hijo de Poli, una amiga de la infancia de la narradora muerta en el combate. Por su parte, entre la novela y el testimonio, entre la poesía y la crónica, Aparecida toma como punto de partida el hallazgo y la identificación de los restos óseos de la madre de Dillon, secuestrada y desaparecida durante la última dictadura militar, para narrar los modos en que este acontecimiento transforma los vínculos de la narradora-autora con su familia y sus hijos, y la vuelca hacia un ejercicio de memoria y escritura. A partir del desmontaje de la temporalidad revolucionaria, pensada y vivida bajo el signo de la inminencia del cambio social, ambas narraciones interrogan los tiempos heterogéneos que se superponen en un presente que exige reinventar los modos de vida colectivos. Lejos de los mandatos heroicos y sacrificiales que imponían sobre sus militantes las organizaciones de lucha armada de los años sesenta y setenta,[1] las narraciones de Sánchez y Dillon construyen una singular memoria sobre el pasado de la experiencia revolucionaria y la represión para postular políticas alternativas de la maternidad y de la vida común ajenas a los dispositivos de disciplinamiento, captura y desaparición de los cuerpos.

El Dock y Aparecida se inscriben, sin duda, en la serie de narraciones que retoman “figuras de la filiación y la genealogía para referir la violencia traumática del pasado” (Amado y Domínguez 16), pero lo hacen a fin de indagar, desde un presente anacrónico poblado de desechos y restos, nuevas potencias de cuerpos que no se pliegan dócilmente al rol de la víctima, el testigo o el militante disciplinado y obediente. En este sentido, más allá de los discursos y prácticas que aspiran a gobernar sobre la capacidad reproductora de las mujeres, la maternidad se configura en estas narraciones como una relación contingente y variable entre cuerpos que es a la vez política por estar atravesada por técnicas de poder, y estética por remitir a la potencia de los cuerpos de afectar y ser afectados. A partir de los desbordes e intensidades de la carne, de su opacidad y sus pliegues, el murmullo de una lengua que emerge entre cuerpos vuelve posible la producción de nuevos relatos sobre las filiaciones y la vida compartida.

Intermitencias

Ya desde el comienzo, El Dock se instala en un tiempo impreciso que no coincide plenamente con el fijado por la cronología: se trata de un presente difuso desde el cual la historia que comenzó con el ataque al destacamento es vivida en ocasiones por la narradora como parte de un pasado remoto y ajeno, y a veces se impone con la inmediatez de lo recién acontecido. La narración transita las intensidades heterogéneas de una memoria barroca e intermitente que introduce en el presente las reverberaciones del pasado: “el recuerdo es tan vivo que todo parece volver a ocurrir ahora, en este preciso instante” (Sánchez 44).[2] La contemporaneidad anacrónica que fabrica la novela se afirma en el incesante deslizamiento que marca una distancia y una relación de inactualidad con el propio tiempo. El pasado se imbrica indisociablemente con el presente dilatado de la rememoración y la narración, que se expande al ritmo de las sucesivas incursiones de la memoria:

“Le conté lentamente algunas cosas que habían ocurrido, es decir, la historia de la historia de la historia, según lo definió Kim, retrocediendo un poco más a cada explicación, con la certeza de estar ligando por la fuerza distintos acontecimientos para conseguir una apariencia de orden histórico que, en los hechos, no resultaba menos confusa” (18).

El pasaje también subraya el carácter artificial de cualquier ordenamiento temporal y su dependencia de una organización narrativa. Así, mientras que la prensa, en su cobertura del ataque al destacamento, se esfuerza por “convertir el caos de desplazamientos en una coreografía” (21), la novela, en cambio, aprovecha los mecanismos de la ficción para alejarse de cualquier pretensión de transparencia e interrogar las dimensiones de una temporalidad compleja que no se deja reducir a la linealidad de la cronología ni a la sucesividad de la trama narrativa. Los procedimientos del recuerdo figuran como ajenos a la voluntad y a la conciencia, y dependen de la contingencia del azar que, en ocasiones, rescata algunos episodios e imágenes de la bruma del olvido: “hay una especie de amnesia que envuelve [los hechos], un olvido del orden que a veces libera unos pocos detalles y los proyecta frente a mí” (39). En El Dock se vuelve evidente que todo ejercicio de memoria requiere de una fuerza de invención capaz de reconfigurar lo recordado, e incluso los saberes de la historia y la ciencia cobran un valor hipotético: “Finalmente toda la Historia es una conjetura, como lo es también el futuro congelamiento del sol, al cabo del tiempo” (198).

Las fuerzas no verbales de la memoria irrumpen en el lenguaje para tensionarlo con el planteo de un desafío a la escritura. El nombre de Poli está cargado, para la narradora, de “una intensidad que [le] resultaba conocida, un punto o nota de calor más alto que el recuerdo de hechos ocurridos”, pero “decir un punto más alto no significa precisar el fenómeno sino que es apenas un intento de describir algo que no sucede con palabras” (30). El afecto en tanto intensidad que atraviesa los cuerpos y constituye el umbral de su composición o disgregación (Beasley-Murray 128) se inscribe en la lengua para poner a prueba sus límites y, a la vez, para volver visible su proximidad con los desórdenes y excesos de la carne. En el mismo sentido, el ataque al destacamento es un acontecimiento que se adelanta al lenguaje y produce una disrupción en el orden de la temporalidad, ya que el locutor televisivo no puede más que “balbucear incoherencias sobre lo que había ocurrido” (Sánchez 13).

El día del ataque la narradora y Kim observan a través de la televisión los últimos momentos de una joven guerrillera que agoniza frente a las cámaras. A partir de entonces, los mecanismos de la memoria conducen a la narradora hacia el descubrimiento de que esa mujer era Poli, una antigua amiga de su infancia. En la invención de una vida compartida con Leo, el hijo de Poli, y de un modo de ser madre, la narradora va recomponiendo de a retazos la biografía de su amiga y le imagina un pasado que sirve de territorio común con el niño. Ambos se preguntan y especulan sobre las razones que podrían haber llevado a Poli a formar parte del ataque, y desde allí emprenden una singular reflexión sobre la temporalidad de la experiencia revolucionaria que desarregla las narraciones épicas de la militancia para interrogar la politicidad de lo cotidiano.

Impaciente ante la muerte, deseosa de conocer y sellar por fin su destino, Poli llevaba una vida sostenida con firmeza en una expectativa hacia el futuro, al punto de que “quizá todas sus hazañas fallidas, incluso la última, la más espectacular y aventurada, perseguían el mismo fin: anticipar la dirección final de su vida” (180). Era también “una persona trágica” (100) que asumía la profundidad confesional como modalidad privilegiada de contacto con el mundo. Como sostiene Paola Cortés Rocca en su lectura de la novela, Poli encarna “la sensibilidad exacerbada de la época” (100). Esta emoción a flor de piel impregna a su vez la política del lenguaje de la militancia, saturado de un sentimentalismo solemne y anticuado que combina “resentimiento y humanismo” (Sánchez 131). En cambio, la narradora, que avanza “en los años sin euforia, sin una excitación particular acerca del futuro” (35), parece anclada en un presente vago y sin horizontes que ha dejado atrás toda confianza con respecto al porvenir.[3] Antes que clausurarse en la anticipación de un futuro prefijado, la novela se inscribe en un presente heterocrónico que parece al borde del derrumbe, pero que también ilumina la posibilidad de delinear modos alternativos de vivir en común y de volverse madre.

Como si la convivencia con Leo prolongase y a la vez desacomodara o invirtiera el paradigma de una vida entregada a la revolución, el vocabulario bélico de la militancia es relocalizado en nuevos contextos que producen un efecto de extrañamiento sobre las asociaciones habituales entre ciertos términos: “el chico había tenido la brillante idea de copiar la llave de la puerta antes de nuestro operativo, como le gustaba llamarlo” (134; las cursivas son del original). De las conversaciones entre la narradora y Leo emerge un lenguaje cómplice e irreverente que trastoca los sentidos heredados para tomar distancia de la épica de la militancia y construir la maternidad como relación entre palabras, cuerpos y afectos que, a partir de la ausencia de Poli, ya no puede comprenderse bajo el signo del sacrificio.

Convertirse en madre, como va descubriendo de a poco la narradora, implica aprender a habitar espacios compartidos, así como abrirse a la temporalidad discontinua pautada por el deseo infantil. La vida con Leo introduce un desajuste de ritmos que vuelve opaca la temporalidad de lo biológico y señala hacia velocidades y lentitudes que escapan a la sucesividad del tiempo evolutivo. Siempre fuera de lugar, demasiado caprichoso para ser un adulto, pero de una gravedad inusual para un niño, Leo crece a destiempo, avanzando y retrocediendo: “lo veía crecer y madurar la idea de la muerte de su madre mientras involucionaba en otros aspectos, regresando a las canciones de cuna” (106). Su edad, incluso, permanece como una incógnita y se sustrae al cálculo, ya que la narradora, abrumada por la profunda familiaridad del niño con el conocimiento en torno a los fenómenos celestes, está convencida de que “sencillamente no era posible que Leo tuviera apenas diez años” (96). La temporalidad infantil es modulada por las intensidades de un deseo que funciona por asociaciones de contigüidad y convierte la vida “en una serie de marchas y contramarchas, de hacer y deshacer […], escapes y detenciones” (149-50). Se trata de un régimen temporal que, como sugiere Roberto Esposito, no tiene “la forma estable de la presencia, sino la del acontecimiento”, ni está hecho “de personas y cosas, sino de velocidad, afectos, tránsitos” (Tercera persona 214). En la continua sorpresa ante las destrezas y falencias del niño, en la afirmación de la diferencia[4] y en la discordancia de ritmos y deseos, se revela la maternidad como proceso de aprendizaje ético, estético y político que, lejos de cualquier fatalismo impuesto, produce subjetividades y modos de vida.

Reinventar lo común

Tras la derrota de los movimientos revolucionarios y el fin de las dictaduras en América Latina, El Dock se pregunta por las posibilidades de la vida común a partir de una focalización en las prácticas de cuidado de los cuerpos, en sus desplazamientos y en la contingencia de los encuentros entre ellos. A lo largo de la novela, la falta de lugar propio es, paradójicamente, el territorio de una estética y una política de lo común. Atravesada por una permanente “condición de extranjería” (Amante y Oubiña 9), la vida compartida adopta el ritmo ingrávido de la errancia: dejarse llevar por el tránsito y la velocidad de la ciudad; hablar “sin un destinatario particular, a quien quisiera recoger sus comentarios” (Sánchez 81); abandonarse al “vaivén adormecedor del tiempo” (159). Más allá de la pertenencia y de la ley, que codifica el cuerpo infantil como mercancía, la narradora, Kim y Leo inventan para sí mismos “una familia en flotación” (231) que, lejos de fundarse en una necesidad de orden biológico, se asume como “una ficción de compañía” (266) arbitraria y contingente erigida a partir de un gesto de retirada frente a los modos normativos de la vida social: “he desconectado [el teléfono] porque no quiero atender a quien seguramente todavía se interesa por mi salud” (39). Rechazando la retórica de la propiedad, la existencia compartida propicia la circulación de un deber (Esposito, Communitas 30). Así, la pregunta por la edad de Leo queda instalada entre él y la narradora, “no en cada uno sino entre los dos, como una deuda” (Sánchez 87; las cursivas son del original). Entre el azar de los encuentros y la falta de rumbo de una vida impropia, se delinea una estética de lo común que sustrae a los cuerpos de su inscripción en el orden normativo de lo social.

En la búsqueda de hacer ingresar en el lenguaje aquel cuerpo a cuerpo con la madre al que refiere Luce Irigaray (11), la novela narra el vínculo entre Poli y Leo como una relación afectiva entre cuerpos hecha de contacto y roces: muchas veces “dormitaban abrazados en un regreso a la vida embrionaria” (Sánchez 67) cuando Poli intentaba humedecer el ambiente para aliviar la respiración trabajosa de su hijo. Para la narradora, aprender a ser madre significa también comenzar a hablar una lengua sensible que registra percepciones, contagios y flujos de energía: “yo podía percibir el perfume dulzón de su aliento y sentir contra mi piel el roce del vello de sus mejillas, suave como nada que yo hubiera conocido antes, en delicadas descargas de estática” (111). La maternidad se configura como un paciente y laborioso proceso de construcción de una relación entre cuerpos y voces que debe ser alimentada por medio de la circulación de afectos, intensidades y palabras. Leo y la narradora se enfrentan, al comienzo, a varias dificultades cada vez que intentan sostener una conversación: “El diálogo no fluía entre nosotros como una corriente […]. No había entre nosotros ondas en el aire, o bien esas ondas no transportaban más que aire, la ausencia de carga y energía” (91). A partir de la lectura de una noticia sobre el hallazgo de un galeón hundido, y a medida que la convivencia y el paso del tiempo va generando entre ellos una mayor complicidad, las palabras empiezan a fluir con más facilidad para dar lugar a un diálogo por medio del cual recomponen, entre los dos, el pasado de Poli. En el abrazo con el que se cierra la novela, la narradora descubre que, finalmente, entre ella y Leo fluía esa energía tan anticipada y deseada: “Había electricidad entre nosotros como entre dos viejos amigos que han esperado largo tiempo ese primer contacto” (301). La vida fuera de la ley que ellos inventan para sí ya no exige una disposición abnegada al sacrificio como la que condujo a Poli hacia la muerte, sino la reinvención continua de aquella intimidad, tan clandestina como política, de la existencia compartida.

Sobrevida

Una de las preocupaciones centrales que atraviesan Aparecida remite a la reconstrucción de una genealogía familiar signada tanto por el dolor de la pérdida y la desaparición como por la alegría desbordante del encuentro entre cuerpos. El ejercicio de la memoria que emprende Dillon tras la identificación de los restos de su madre imbrica varios niveles temporales en relación con un largo y discontinuo proceso de duelo. Una primera dimensión que la narración despliega es el tiempo dilatado de la espera y la postergación, correspondiente a los largos años durante los cuales la madre de Dillon, Marta Taboada, permanece desaparecida. La infancia de la narradora transcurre bajo el imperio del silencio y “el tono recogido, casi de media lengua” (Dillon 17) que se empleaba para hablar de su madre. Cuando tenía alrededor de diez años, Dillon le preguntaba reiteradamente a su padre cuándo ella y sus hermanos iban a poder ver a su mamá, y el padre solo atinaba a contestarle que sería en quince días. El desconcierto que esta respuesta produce no puede ser puesto en palabras por la niña: “Viva o muerta no eran palabras que yo pudiera decir, no me entraban en la imaginación. O sí, por eso no tenían forma. Además, si estaba muerta, ¿por qué no estábamos todos llorando a los gritos […]?” (39). Este tiempo elástico de la postergación se llena de interrogantes abiertos en la sucesión de “túneles de silencio que construye la desaparición” (42).

Más adelante, cuando la narradora crece y comienza a militar en H.I.J.O.S., esta temporalidad en suspenso es puesta en movimiento por la “regularidad arbitraria del impulso de buscar a un desaparecido” (16) y la paciente recolección de indicios, rastros, archivos y testimonios que sirvieran al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) para identificar los restos de Marta Taboada en caso de que fueran hallados. Este tiempo propulsado por un intenso deseo de saber ayuda a poner en palabras la experiencia de la pérdida y constituye un lento aprendizaje de convivencia con “la presencia constante de la ausencia sin nombre” (86) de la madre. Cada historia o detalle recuperado y puesto por escrito para el EAAF es un modo de hacer hablar a los desaparecidos y de erigirse en “médiums que […] convocan a su mesa a los familiares para que escuchen, para que completen con sus relatos las historias deshilvanadas” (41). El ejercicio de la memoria es, de este modo, una tarea colectiva, familiar, discursiva.

Lo intolerable del tiempo de la espera, tal como reza el epígrafe de Cixous con que se abre el libro, es que “la muerte no tenga lugar” (9), que no sea posible vivirla y aprehenderla con los ojos, con el tacto, con el cuerpo. La aparición e identificación de los restos del cuerpo de la madre de Dillon es vivida como una disrupción que produce un quiebre, una discontinuidad en un orden del tiempo que había estado regido por la continua postergación. Algo se rompe o se disloca con este acontecimiento que expulsa al tiempo fuera de sí, como si la noticia tuviese “la capacidad de comprimir el tiempo, como si se pudieran aplastar más de treinta años entre dos palmas, como a un mosquito” (47). La aparición tuerce el rumbo de las vidas de todo el entorno de Marta Taboada: la relación distanciada entre los hermanos se recompone al ritmo de los abrazos y la embriaguez, y el duelo hasta entonces diferido se vuelve posible porque la muerte toma cuerpo y se entrelaza con la vida, porque “esos pocos huesos abrían un lugar entre nosotros, los vivos” (58).

Si bien la aparición no ofrece de manera automática o inmediata una respuesta a todas las preguntas acumuladas a lo largo de los años, ayuda a vivir con ellas y permite dar sepultura a los restos en un ritual pagano y jovial que Dillon organiza junto a su mujer y sus compañeras de militancia, y que luego se convierte en un acto político que cuenta con la participación de más de trescientas personas. Durante el velorio resuenan las risas y las conversaciones animadas alrededor de una urna intervenida con fotografías, santos populares, guerrilleros, piedras, azulejos, poemas y consignas. En línea con la lectura que propone Gabriel Giorgi (196-236) de algunas instalaciones de Teresa Margolles y del documental Nostalgia de la luz de Patricio Guzmán,[5] la aparición y sepultura de los restos de Marta Taboada permite restituir, celebrar y rendir homenaje a la singularidad de una vida que el biopoder quiso eliminar recurriendo a una política de la administración y el borramiento del cadáver que había vuelto imposible, hasta entonces, tanto su conservación como evidencia jurídica e histórica como su inscripción en los lenguajes y memorias de la vida colectiva.

Desde un presente habitado por sedimentos y restos, la narración se focaliza en las inconsistencias, pliegues y lagunas que implica el ejercicio de la memoria y la reconstrucción de un pasado traumático, en la medida en que esta práctica exige enfrentarse a aquel “sistema de amnesia” (Dillon 18) que todos tenemos. Ya desde la dedicatoria “a quienes vengan llegando a inscribirse en esta genealogía” (7), la narración se sitúa en una red de filiaciones y diálogos abierta al futuro, a sucesivas reescrituras y reformulaciones de la experiencia de las que otros podrán hacerse cargo. Los recuerdos que cada uno de los hijos de Marta Taboada guarda de ella a menudo no coinciden o incluso se contraponen entre sí: la narradora se sorprende de que sus hermanos no recuerden episodios que ella conserva en la memoria con particular nitidez, mientras que su hermano Andrés afirma no recordar para nada a su madre.

Se trata de una memoria que imbrica indisolublemente lo familiar con lo político, lo personal con lo colectivo,[6] y que se inscribe en las luchas políticas del presente, puesto que la aparición también actualiza la muerte de la madre y vuelve posible iniciar un proceso de duelo, tan íntimo como social, que hasta entonces no había tenido plenamente lugar. En la supervivencia de los restos de huesos, prendas y materiales que son mostrados a Dillon por el EAAF late “un pasado vivo y presente” (125) que se resiste a quedar en el olvido. La vida de Marta Taboada se narra y reconstruye tanto en los relatos familiares como en las solicitadas publicadas por H.I.J.O.S. en los diarios y en las conversaciones con la familia expandida de la militancia. Si El Dock se sostenía sobre cierta toma de distancia con respecto a la experiencia revolucionaria, Dillon comprende que no puede reprocharle a su madre el deseo de llevar una vida intensa, ya que “una no deja de ser quien es porque tiene hijos” (29). La maternidad, lejos de cualquier imperativo social naturalizado, es concebida como una elección que no debe conducir a sacrificar otras dimensiones de la vida como la militancia política.

La lengua de los huesos

Así como las vidas insignificantes de aquellos hombres infames de los siglos XVII y XVIII eran iluminadas y registradas “gracias a la colisión con el poder” (Foucault 127), Dillon obtiene una prueba de la existencia de su madre y ratifica “que no había ido a ningún otro lado más que a las orillas de la muerte” (Dillon 17) cuando encuentra el nombre de ella en la transcripción de los testimonios de la causa que juzgó a los comandantes de la dictadura a comienzos de los años ochenta. Sin embargo, Aparecida dista de enunciarse desde una posición de poder, sino que, más allá de las regulaciones institucionales,[7] apunta a volver visible la politicidad de lo cotidiano y los vínculos entre la filiación y el Estado desde la materia opaca de una lengua encarnada.

La narración se interesa especialmente por anclar la memoria en el cuerpo y en la materialidad de sus restos. Así, buscar a un desaparecido no es tanto buscar a una persona como rastrear “un material residual” (19), el sedimento de una vida. El recuerdo más vívido que Albertina, la mujer de Dillon, guarda de sus padres también desaparecidos es “el de su propio cuerpo tensándose para alcanzarlos” (28), mientras que la memoria de Marta Taboada se vuelve sensible, palpable en la imagen de sus plataformas y su pelo rubio, en el olor de su pecho y su temperatura, en sus caderas zigzagueantes, en el “destello marfil” de sus huesos (33). Como la precisión de los datos y las cifras siempre resulta, en el fondo, insuficiente, antes que aspirar a la reconstrucción de fechas, ubicaciones u horarios exactos, la narración apunta a evocar la intensidad de una relación afectiva entre cuerpos y la huella singular de una vida. Desde una lengua de la carne que descubre que las palabras no alcanzan se relata aquello que sabe el cuerpo y los recuerdos que en él se alojan: “Su cuerpo sabe cómo encajaba con el de ella cuando lo cargaba sobre la cadera […], sabe de cuando dormían abrazados” (89).

Para Cixous (La risa), la escritura femenina, más allá de la lógica de la comunicación y de la economía de los signos, se vuelca hacia la superabundancia de la palabra oral e inscribe la lengua en el cuerpo y la carne. Como en El Dock, en Aparecida la maternidad también cobra la forma de un cuerpo a cuerpo entre la madre y los hijos hecho de roces y contigüidades. Al observar una vieja foto en la playa,[8] la narradora se pregunta, así, qué edad habrá tenido ella cuando su torso tenía la medida exacta del antebrazo de su madre. Por otro lado, la aparición conduce a Dillon a reflexionar también sobre su propia experiencia de la maternidad, plena de frustraciones, desencuentros, contactos y alegrías. En la medida en que “las verdaderas urgencias siempre son las que reclama el cuerpo” (Dillon 15), ser madre es atender a esas necesidades, entrelazarse con el cuerpo de los hijos y entregarse a la experiencia sensible de una “poesía material” (49): sentir la respiración del hijo sobre el pecho y su aliento en las mañanas, entrar en contacto con “las lagañas, los mocos, la sal de sus ojos” (49). Si, como sugiere Tamara Kamenszain, “en el contacto con la madre es donde se desarma la frase” (211), la maternidad como cuerpo a cuerpo “no se habla, se inscribe” (Dillon 49).

En la búsqueda de reconfigurar las relaciones entre la maternidad, la memoria y el cuerpo, la narración se esfuerza por recordar a Marta Taboada y a sus compañeros y amigos no meramente como víctimas o fantasmas, sino como cuerpos animados e inmersos en “el barro de la vida” (48), “capaces de sufrir, de resistir y de morir; no sólo de desaparecer” (19). Algunas anécdotas recogidas sobre Marta Taboada le permiten a Dillon imaginar a su madre como “vital, coqueta, creativa” (25), generosa y audaz, “lanzada hacia adelante por la propulsión de un corazón ancho como el mar” (179). Se trata de evitar reducir a los y las desaparecidas a su condición de víctimas del terrorismo de Estado para recuperar la vitalidad y la potencia de esos cuerpos; para imaginarles otros destinos posibles, y para inventar, desde allí, nuevos modos de vida, figuras de la filiación y vías de resistencia en el presente.

 

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[*] Cecilia Sánchez Idiart es licenciada y profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, y estudiante de la Maestría en Literaturas Española y Latinoamericana y del Doctorado en Literatura en la misma universidad. Es
becaria doctoral del CONICET con un proyecto titulado “Reinventar lo común. Configuraciones de la vida, la política y los afectos en la literatura latinoamericana contemporánea”.

[1] El problema de la moral sacrificial propia de la militancia armada ha sido examinado por estudios de la sociología y la historia (Calveiro; Carnovale; Vezzetti), que señalan la disposición a morir como rasgo clave de la producción de subjetividades revolucionarias. Ana Longoni, por su parte, ha trabajado las repercusiones del mito del heroísmo, el sacrificio y la abnegación sobre el imaginario del traidor en los relatos literarios de sobrevivientes de la experiencia concentracionaria. Por último, Susana Rosano traza algunos entrecruzamientos productivos entre la teoría de la biopolítica y los mandatos de heroicidad, sacrificio y coraje de la militancia setentista, en relación con la subordinación del bíos a la política.

[2] En uno de los capítulos de Mundos en común, Florencia Garramuño propone una distinción entre ficciones que apuntan a la restitución y rememoración de un pasado y producciones estéticas que escenifican, en cambio, “una lógica de la supervivencia” (67) del pasado en el presente. Los procedimientos de la memoria que se articulan a lo largo de El Dock aproximan la novela a esta segunda categoría.

[3] Mónica Bueno describe en estos términos el presente vaciado de épica que pone en escena la novela: “Poli es la heroína moderna que busca los absolutos por los caminos más intrincados, que lucha con sus demonios interiores, que persiste en la utopía totalizadora. La narradora es la contracara: no hay persecuciones pasionales, ni grandes ideales, sólo el transcurso de un tiempo que se nombra como un presente perpetuo o casi, ya que no hay memoria ni posibles proyectos” (70).

[4] En su análisis de El Dock, Nora Domínguez sostiene que la novela configura la maternidad como aprendizaje al margen de la ley que constituye a la madre y al hijo en cuanto tales e instala entre ellos una diferencia no jerarquizada.

[5] En Aparecida se hace referencia a este documental en relación con la incrustación del pasado en el presente: “El documentalista Patricio Guzmán ve el pasado en el presente en [las estrellas] y habla al mismo tiempo, en Nostalgia de la Luz, con astrónomos y con las mujeres familiares de desaparecidos chilenos, que buscan en la misma pampa inerte los restos de sus seres queridos” (Dillon 125).

[6] Andrea Cobas Carral se refiere, en su lectura de Aparecida, al anudamiento entre lo personal y lo político que se configura en la narración a través de las tramas de la solidaridad militante.

[7] En relación con este punto, Adrienne Rich sostiene que la maternidad como institución alude a los mecanismos de control masculino sobre la capacidad reproductora de las mujeres, que han “degradado y marginado las potencialidades femeninas” (48). Desde la rica densidad de la maternidad como experiencia insumisa ante el gobierno que sobre ella ejercen estos dispositivos de poder se trama la narración de Dillon.

[8] Para un análisis de los usos de la fotografía como soporte de la memoria en Aparecida, ver Maristany.