Ficción y facticidad en Nocturno de Chile de Roberto Bolaño

 Autora: Maguette Dieng.

Fiction and Facticity in Roberto Bolaño’s Nocturno de Chile.

Dra. Maguette Dieng[1]

Filiación: Universidad Cheikh Anta DIOP, Dakar, Senegal.

Email: maguette3.dieng@ucad.edu.sn

 

Resumen.

Una simple revisión de las producciones de los escritores latinoamericanos muestra sobremanera el alto grado de referencialidad que existe entre la ficción y la facticidad. Los autores latinoamericanos, sea por conveniencia propia o por razones más profundas, no vacilan en utilizar recursos no ficcionales para construir sus obras. Las páginas siguientes  se centrarán en evidenciar cómo el chileno Roberto Bolaño se vale de datos históricos y biográficos reales para entretejer el tejido ficcional  de su novela, Nocturno de Chile.

Palabras-clave: Chile, ficción, facticidad, verosimilitud, intertextualidad.

Abstract.

A simple review of the productions of Latin American writers shows the high degree of referentiality between fiction and facticity. Latin American authors, whether for their own convenience or for deeper reasons, do not hesitate to use non-fictional resources to construct their works. The following pages will focus on how Chilean Roberto Bolaño uses historical and biographical data to interweave the fictional fabric of his novel, Nocturno de Chile.

Keywords: Chile, fiction, facticity, verisimilitude, Intertextuality.

 

INTRODUCCIÓN

 En el marco de América Latina, el que se entrecruce la ficción y la realidad en los andamiajes narrativos tiene sólidas justificaciones. Más allá de las preocupaciones de verosimilitud y de cualquier anhelo de compromiso[2], este hibridismo es ante todo atávico, imprescindible. En coincidencia con aquella predicción de Manuel Durán[3], las fronteras entre la ficción y la realidad en la narrativa latinoamericana ya desde la Colonia se han vuelto porosas. Narradores como Roberto Bolaño -de cuya novela, Nocturno de Chile, vamos a hablar en lo sucesivo- se apropian de la realidad extraliteraria fáctica, inscribiendo sus obras dentro de unas coordenadas sociopolíticas, económicas y culturales bien determinadas.  La estructura de este artículo viene fundamentada en tres puntos. En primer término, nos parece pertinente hacer un breve recorrido biobliográfico de este escritor chileno. En segundo término haremos la reseña de la novela Nocturno de Chile, cuyo narrador autodiegético sumerge al lector en el Chile de las últimas décadas del siglo XX. Y por último, evidenciaremos –por medio de un análisis hermenéutico que se nutrirá de la perspectiva teórico-conceptual y la epistemología- cómo Bolaño se vale de datos históricos, literarios y biográficos para entretejer su tejido ficcional.

  1. Roberto Bolaño: el recorrido biobliográfico

Roberto Bolaño Ávalos nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953. A sus quince años, su familia se exilió a México, país que albergó sus inicios en la labor periodística así como su militantismo en el seno del trotskismo. En 1973, decidió viajar a Chile para participar en el proceso revolucionario encabezado por el presidente Salvador Allende. Fue encarcelado y solo recobró la libertad gracias a dos policías que habían sido compañeros de colegio suyos:

[…] cuando me detuvieron en Chile me acusaron de «terrorista extranjero», porque mi acento era mexicano. Lo sentí como una medalla. Lástima que esa medalla no duró demasiado tiempo. El teniente de carabineros que me detuvo, en un control de carretera, era claramente un esquizofrénico y probablemente nadie le hacía caso. En algunas publicaciones alemanas he leído, con estupor, que estuve medio año preso. En realidad sólo fueron ocho días (García-Santillán).

Tras su regreso a México, estuvo brevemente en El Salvador en 1974 donde conoció al poeta Roque Dalton y se instaló finalmente en España en 1977. Los primeros años de su estancia en la península ibérica no fueron nada idílicos. Antes de que las musas literarias le abrieran las puertas de la fama, tuvo que desempeñar una multitud de oficios: lavaplatos, vendimiador, camarero, vigilante nocturno, descargador de barcos, basurero. Sin embargo, los galardones[4] con que la comunidad literaria –unos años después- distinguió a sus obras le consagraron todo el reconocimiento que le hubieran negado los mecenas[5].  Su pluma se rompió el 15 de julio de 2003,  fecha esta de su muerte prematura en Barcelona.

Entre su legado literario, se puede mencionar: Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (1984), novela; La pista de hielo (1993, 2003), novela; La literatura nazi en América (1996), novela; Estrella distante (1996), novela; Los detectives salvajes (1998), novela; Amuleto (1999), novela; Monsieur Pain (1999), novela; Tres (2000), poesía; Los perros románticos (2000a, 2006b), poesía; Putas asesinas (2001), cuentos; Amberes, (2002), novela; Una novela lumpen, (2002), novela El gaucho insufrible (2003), relatos; 2666 (2004), novela (obra póstuma); La universidad desconocida (2007), poesía (obra póstuma); El secreto del mal (2007), cuentos (edición póstuma); El Tercer Reich (2010), novela (edición póstuma); Los sinsabores del verdadero policía (2011), novela (edición póstuma). Hemos omitido en esta lista –adrede- Nocturno de Chile, la novela cuya reseña va a ser objeto del siguiente apartado.

  1. Nocturno de Chile: La confesión de un “lobito”[6]

Nocturno de Chile es el relato en primera persona de Sebastián Urrutia Lacroix, un cura opusdeísta, poeta y crítico literario bajo el seudónimo de H. Ibacache. El cura, en una larga noche de fiebre, recuerda los hitos más importantes de su vida y, de rebote, medio siglo de la vida política chilena. La inminencia de la muerte y el acoso del “joven envejecido” (Bolaño, Nocturno de Chile 11) le obligan a quitarse la peluca[7].  Su extenso monólogo arranca un poco antes de 1950 (12-22) y termina en el año 2000. A los lectores de la novela, Bolaño en una de sus entrevistas les dirigió estas palabras:

[…] a mis lectores, que son pocos pero fieles, les pediría perdón. Mis más sentidas y profundas excusas por haber vuelto a reincidir. Segundo, pediría que se rieran y, tercero, me gustaría que les satisficiera, no a todos, pero sí a algunos, la forma de mi novela, que aparentemente es muy sencilla pero realmente es hipercomplicada. La novela se divide en dos párrafos, uno que dura ciento cincuenta páginas y otro que dura una línea. Y, luego, está construida en una sucesión de cuadros en donde casi no hay punto de hilación o bien los puntos de unión entre un cuadro y otro son puramente experimentales. La novela es la narración del transcurso de una noche del cura Ibacache, que comienza con la fiebre alta y ésta se va remitiendo. Los primeros capítulos están narrados desde el delirio más extremo, desde los 40 grados de fiebre, pero los últimos están narrados desde los 37.5 y en él último párrafo, cuando empieza la tormenta de mierda, ya no hay fiebre. Eso lo dediqué a los lectores (Bolaño, Si viviera en Chile)

Nieto de inmigrantes europeos, el joven Lacroix entra en el seminario a los catorce años para responder a “la llamada de Dios” (Nocturno de Chile,13-14).  Se hace amigo y discípulo del majestuoso y respetado Farewell, crítico literario y homosexual, “[…] el estuario en donde se refugiaban, por períodos cortos o largos, todas las embarcaciones literarias de la patria, desde los frágiles yates hasta los grandes cargueros, desde los odoríficos barcos de pesca hasta los extravagantes acorazados” (22-23). Tiene sentido, por lo tanto, que le confíe su más entrañable deseo: “[…] yo le dije, con la ingenuidad de un pajarillo, que deseaba ser crítico literario, que deseaba seguir la senda abierta por él, que nada había en la tierra que colmara más mis deseos que leer y expresar en voz alta, con buena prosa, el resultado de mis lecturas […]” (14).

El rito de iniciación tendrá lugar en el fundo de Farewell, La-bas, donde se reúnen los pilares de la literatura chilena como Pablo Neruda -“el más excelso poeta”- (24). Para el crítico y su discípulo, la literatura es un asunto de “grandes hombres”, muy alejado de la vulgaridad y de la miseria de este mundo. Ello explica el sentimiento de rechazo, de asco que los campesinos provocan en el cura: “En realidad, todos eran feos. Las campesinas eran feas y sus palabras incoherentes. El campesino quieto era feo y su inmovilidad incoherente. Los campesinos que se alejaban eran feos y su singladura en zigzag incoherente” (33). Otro episodio muy ilustrativo de este “concepto noble del intelectual letrado” (López-Vicuña) es la “tertulia literaria” celebrada por Salvador Reyes y Ernst Jünger en la triste buhardilla de un poeta guatemalteco muriendo de hambre y en un París asolado por la guerra. Poniéndose al margen de las terribles circunstancias políticas de su país, el cura y crítico literario Lacroix  se  sumerge en la lectura de los clásicos. Asume la literatura como evasión,  ante una realidad que le es adversa o que no entiende:

Chile, Chile. ¿Cómo has podido cambiar tanto?, le decía a veces,  asomado a mi ventana abierta, mirando el reverbero de Santiago en la lejanía. ¿Qué te han hecho? ¿Se han vuelto locos los chilenos? […] La noche del triunfo de Allende salí y fui caminando hasta la casa de Farewell. Me abrió la puerta el mismo. […] Cuando volví a mi casa me puse a leer a los griegos. […] y hubo huelgas y un coronel de un regimiento blindado intentó dar un golpe y un camarógrafo murió  filmando su propia muerte y luego mataron al edecán naval de Allende y hubo disturbios, malas palabras, los chilenos blasfemaron, pintaron las paredes, y luego casi medio millón de personas desfiló en una gran marcha de apoyo a Allende, y después vino el golpe de Estado, el levantamiento, el pronunciamiento militar, y bombardearon La Moneda y cuando terminó el bombardeo el presidente se suicidó y acabó todo. Entonces yo me quedé quieto, con un dedo en la página que estaba leyendo, y pensé: qué paz. Me levanté y me asomé a la ventana: qué silencio (Bolaño, Nocturno de Chile 96-99).

Y para devolverle

“[…] algo de la alegría y de la energía que había perdido y que a ojos vistas seguía perdiendo, como una herida que no quiere cicatrizar y que a la larga causa la muerte, al menos la muerte moral, de quien la padece” (96-99), los señores Odeim y Oido le ofrecen una beca para irse a investigar cómo se conservan las iglesias en Europa. La cartografía del letrado “extraviado” (para retomar la expresión de Bolaño) se cumple con las clases de marxismo que el cura da al general Pinochet y a sus amigos de la Junta. El fluir narrativo de Nocturno de Chile destaca la desmitificación del ideal humanista. El arte está siempre asociado al mal. Civilización y barbarie conviven juntos “a lo largo y ancho” de las 150 páginas de la novela aunque esta relación antitética viene mejor cristalizada por ciertos episodios destacados. En la biblioteca de Farewell, cerca de las estanterías llenas de enciclopedias y diccionarios vienen colgados “[…] por lo menos una docena de cabezas disecadas, entre ellas la de una pareja de pumas que el padre de Farewell había cazado personalmente” (19).

En casa de María Canales los intelectuales de vanguardia celebran veladas literarias mientras el marido de esta tortura a pobres conciudadanos. Una vez más, Crimen y Literatura conviven en la misma casa, sólo separados por unas paredes y escaleras:

[…] un amigo me contó que durante una fiesta en casa de María Canales uno de los invitados se había perdido […] Finalmente llegó a un pasillo más estrecho que todos los demás y abrió una última puerta. Vio una especie de cama metálica. Encendió la luz [… ] y vio al hombre atado a una cama metálica, los ojos vendados, y supo que el hombre estaba vivo porque lo oyó respirar, aunque su estado físico no era bueno, pues pese a la luz deficiente vio sus heridas, sus supuraciones, como eczemas, pero no eran eczemas, las partes maltratadas de su anatomía, las partes hinchadas, como si tuviera más de un hueso roto, pero respiraba, en modo alguno parecía alguien a punto de morir, y luego […] cerró delicadamente la puerta, sin hacer ruido, y empezó a buscar el camino de vuelta a la sala (138-140).

Interpelado sobre la fuerte nota pesimista de su obra, un pesimismo que parecía ser dirigido a toda la patria chilena misma, Bolaño responde lo siguiente:

No es hacia Chile. Es hacia estos personajes en concreto y hacia un momento concreto de mi vida. Seguramente me dejo llevar por la música de mi propia novela y en esa música no se podía salvar nadie. Pero, pensándolo bien, creo que sí se salvan algunos. Por ejemplo, el hijo de esa mujer (María Canales) que es un niño que está permanentemente asustado. Y también se salvan los campesinos del primer cuadro de la novela, unos campesinos extrañísimos, que parecen llegados de otro planeta. Ellos se salvan por su alteridad, porque escapan a cualquier intento de fijarlos, de historiarlos. El niño se salva por su inocencia. Hay un sacerdote que para mí se salva y es el que muere en Burgos. Ese cura es fantástico cuando dice “esto está muy mal, amiguitos”; “la cosa está muy malita”. Este cura tiene a su pobre halcón muriéndose de hambre. Los dos están muriéndose de hambre, él y su halcón Rodrigo, e incluso el halcón Rodrigo, que representa en algún momento el mal instalado en el corazón de la Iglesia, también me cae muy bien. Porque es el demonio, pero que arrastra toda su elegancia, su capacidad de seducción (Bolaño, Si viviera en Chile)

Esta convivencia entre civilización y barbarie señala la vigencia de lo que Ángel Rama llamaba La ciudad letrada, en el contexto de la América colonial:

En el centro de toda ciudad (colonial) según diversos grados que alcanzaban su plenitud en las capitales virreinales, hubo una ciudad letrada que componía el anillo protector del poder y el ejecutor de sus órdenes: una pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma, estaban estrechamente asociados a las funciones del poder (25).

Más allá del mundo de los letrados y de los sacerdotes, Nocturno de Chile pone en escena un modo de estar en el mundo, de habitarlo que solo se hace posible a través del silencio del reino del terror. Urrutia puede ser cualquiera de nosotros. El silencio nos sitúa en la “Zona gris” (Levi), una zona donde  la víctima se confunde con el victimario:

El descubrimiento inaudito que Levi realizó en Auschwitz refiere a una materia que resulta refractaria a cualquier intento de determinar la responsabilidad […]. La denomina “zona gris”. En ella se rompe “la larga cadena que une al verdugo y a la víctima”; donde el oprimido se hace opresor y el verdugo aparece, a su vez, como víctima. Una gris e incesante alquimia en la que el bien y el mal y, junto a ellos, todos los metales de la ética tradicional alcanzan su punto de fusión.

Se trata de una zona de irresponsabilidad y de “impotencia judicandi”… que no está situada más allá del bien y del mal, sino que está, por así decirlo, más acá de ellos (Agamben 20-25).

Los hundidos y los salvados salieron de las propias vivencias de Primo Levi quien fue deportado por los nazis e internado de febrero de 1944 hasta la liberación del campo en enero de 1945. Afirmaba que el horror de Auschwitz había desplegado ante él un muestrario vario y extraño, un cebo que había contribuido a mantener viva una parte de él y que le había proporcionado materiales para pensar y componer libros. El ensayo, género polémico, dialogante, le proporcionó las herramientas para contar Auschwitz, para cumplir con esta voz  que siempre le musitaba: “No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará?” (Levi 30). El profesor Tomás Albadalejo Mayordomo, postulando la existencia de un mundo objetivo y de otros alternativos, ya destacó los distintos vínculos que se podían establecer entre ellos. Su tipología de los modelos de mundo (serie de reglas que regían la estructura de los conjuntos referenciales) abarcaba -tanto como explicaba- el proceso de construcción de los distintos géneros de texto. Estableció básicamente tres tipos de mundo: el verdadero, el ficcional verosímil y el ficcional inverosímil. El modelo I, constituido por reglas o instrucciones del mundo real, coincidía con cuanto se pudiese comprobar empíricamente. Pertenecían a este mundo, los textos históricos, geográficos, periodísticos, informativos. El modelo II constaba de instrucciones que -por las leyes de verosimilitud- no eran sino semejantes a la realidad efectiva. Sus productos pertenecían, desde luego, a la res fictae (la ficción); pero se apegaban a la facticidad (la res factae o realidad). El modelo III era el de la fantasía, el de lo inverosímil (Albadalejo 58-59). Entre los géneros del discurso, la narrativa es el que -a nuestro parecer- mejor combina los tres modelos de mundo de Albadalejo Mayordomo. Es muy corriente, en efecto, que una novela, un cuento o micro relato integren cartas auténticas, discursos políticos, hechos reales, culturales y/o acontecimientos históricos; tal como viene plasmado en Nocturno de Chile, según las confidencias del autor:

En Nocturno de Chile, lo que me interesaba era la falta de culpa de un sacerdote católico. La frescura admirable de alguien que por formación intelectual tenía que sentir el peso de la culpa. Yo creo que la culpa, el sentido de la culpa, es de las pocas cosas buenas de la religión católica. Siempre me ha parecido una entelequia seudodionisiaca la del hombre libre de culpa. En este sentido, por supuesto, estoy totalmente contra Nietzsche. Vivir sin culpa es como vivir fuera del tiempo, en un presente perpetuo, en una cárcel de soma o como se llamara esa droga que tomaban en un mundo feliz, de Huxley. Vivir sin culpa es abolir la memoria, perpetuar la cobardía. Si yo, que fui una víctima de Pinochet, me siento culpable de sus crímenes, ¿cómo alguien que fue su cómplice, por acción o por omisión, puede no sentirse culpable? (Aussenac)

Aquel cometido suyo dio a las páginas de Nocturno de Chile un alto grado de referencialidad que hizo tensas sus relaciones con algunos de sus conciudadanos chilenos:

En ocasiones, la referencialidad se usa como un guante de desafío, en otras ocasiones más que un guante de desafío es un acto casi suicida. Si yo viviera en Chile, probablemente nadie me perdonaría esta novela. Porque hay más de tres o cuatro personas que se sentirían aludidas, que tienen poder y que no me lo perdonarían jamás (Bolaño, Si viviera en Chile).

Esta intrusión de lo real en la ficción va actuando a lo largo de la novela, arrastrando al lector en un desconcertante tango por cuyos movimientos se confunden y se interrelacionan res fictae y Res factae. Las líneas siguientes se dedicarán a deslindar los elementos no ficcionales utilizados por Bolaño para entretejer su ficción tan polémica.

  1. Nocturno de Chile y la facticidad

El anclaje de Nocturno de Chile en el modelo I de Tomás Albadalejo Mayordomo, el mundo de los hechos reales, se manifiesta primero por sus coordenadas sociopolíticas. Urrutia Lacroix nos hace recorrer medio siglo de la historia política de Chile: de la época latifundista al año 2000.  El cura,  sitúa su visita al fundio de Farewell “a finales de la década del cincuenta” (Bolaño, Nocturno de Chile 22). Ello coincidiría con el gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez, electo presidente en 1958, con la supervivencia de una estructura agraria fundada en el predominio del latifundio. Según Rollando Mellafe, el latifundio como “unidad económica y social  al mismo tiempo que foco de poder rural” estuvo  profundamente enraizado en la historia de Chile, ya que hasta ya bien entrado el siglo XVIII:

[…] el país era, con la excepción de unas pocas ciudades, un yermo extendido desde el desierto del norte a la frontera. Cada curato estaba formado por 5 o 6 grandes haciendas y   se podía cabalgar 20 ó 30 leguas, más de un día de jornada, sin encontrar más que una aldehuela de 8 o 12 casas, que eran los habitantes de una hacienda. De vez en cuando, al pie de la Cordillera algún trapiche con 10 indios trabajando, alguna casa señorial, con bodegas y corrales; en la costa cada grandes trechos, pequeñas comunidades de pescadores con 6 u 8 familias (Mellafe 95).

 La primera ley de reforma agraria No 15.020 sólo fue promulgada en 1962, a fin de redistribuir tierras estatales al campesinado (Radovic). El lector de Nocturno de Chile es informado de tal situación por el crítico Farewell, que establece una relación casi disyuntiva entre latifundio y cultura cuando el cura le informa de su deseo de hacerse crítico literario:

En este país de bárbaros, dijo, ese camino no es de rosas. En este país de dueños de fundo, dijo, la literatura es una rareza y carece de mérito el saber leer. Y como yo, por timidez, nada le respondiera, me preguntó acercando su rostro al mío si algo me había molestado u ofendido. ¿No serán usted o su padre dueños de fundo? No, dije. Pues yo sí, dijo Farewell, tengo un fundo cerca de Chillán, con una pequeña viña que no da malos vinos (Bolaño, Nocturno de Chile 14-15).

Las primeras expropiaciones legales tuvieron lugar durante la presidencia democratacristiana de Eduardo Frei Montalva, entre 1964-1970 (Radovic). El nombre de este presidente no viene mencionado en la novela, pero sí lo es el de su sucesor Salvador Allende, y repetidas veces[8]. Aunque vengan entrecruzados con hechos genuinamente ficcionales, los episodios que marcaron la vida política chilena de aquel entonces –incluso otros relacionados al mundo literario chileno de aquel entonces- quedan registrados fielmente en el fluir narrativo del protagonista:

Después vinieron las elecciones y ganó Allende. […] y luego mataron a un general del ejército favorable a Allende y Chile restableció relaciones diplomáticas con Cuba y el censo nacional registró un total de 8.884.768 chilenos y por la televisión empezaron a transmitir la telenovela El derecho de nacer, […] y el gobierno nacionalizó el cobre y luego el salitre y el hierro y Pablo Neruda recibió el Premio Nobel y Díaz Casanueva el Premio Nacional de Literatura y Fidel Castro visitó el país y muchos creyeron que se iba a quedar a vivir acá para siempre y mataron al ex ministro de la Democracia Cristiana Pérez Zujovic y Lafourcade publicó Palomita blanca […] y se organizó la primera marcha de las cacerolas en contra de Allende […] y hubo huelgas y un coronel de un regimiento blindado intentó dar un golpe y un camarógrafo murió filmando su propia muerte y luego mataron al edecán naval de Allende y hubo disturbios, malas palabras, los chilenos blasfemaron, pintaron las paredes, y luego casi medio millón de personas desfiló en una gran marcha de apoyo a Allende, y después vino el golpe de Estado, el levantamiento, el pronunciamiento militar, y bombardearon La Moneda y cuando terminó el bombardeo el presidente se suicidó y acabó todo. (Bolaño, Nocturno de Chile 96-99)

Las incursiones en la res factae no se limitan solo a estos cuadros muy veristas de la vida política chilena. Bolaño se permite una mayor licencia: a este mundo de los hechos reales le debe también la mayoría de sus personajes. Pablo Neruda, el general Pinochet, el general Mendoza y los otros miembros de la Junta actúan al lado de personajes puramente ficticios (emblemáticos) como Oido y Odiem. Según Ricardo Cuadras, “esta táctica narrativa pone al lector en la sintonía adecuada: Nocturno de Chile habla de una realidad verificable, el Chile del medio siglo e inicios del XXI, pero la voz-personaje pertenece al orden de la ficción, es decir al orden de las imposturas creativas del novelista”. Al lado de estos personajes pseudo-reales, ya que ellos tampoco escapan de la ficción, el lector de Nocturno de Chile se encuentra también con otros que llevan “nombres postizos”. El melancólico protagonista (Decante-Araya) de la novela, el cura Lacroix, no es sino el trasunto literario, el doble del sacerdote chileno José Miguel Ibáñez Langlois. Al igual que su doble, Ibáñez Langlois es también miembro de Opus Dei y tuvo que viajar a Europa en negocio de la Iglesia. Según Espinosa, el referente de Urrutia Lacroix forma parte de los más relevantes críticos chilenos de todo el siglo XX:

Pedro Nolasco Cruz, abogado de profesión, es el crítico ultraconservador más importante de la segunda mitad del XIX. Publica en la Revista de Artes y Letras entre 1884 y 1891 y en los diarios El Independiente, El Porvenir, La Unión y El Diario Ilustrado. En su libro Estudios sobre la literatura chilena señala: “Los artículos recopilados por primera vez en estos volúmenes tienen doble objeto: estudiar a nuestros principales escritores en su aspecto literario y rebatirlos cuando atacan a la Iglesia Católica”.  El discurso de Nolasco representa el orden intelectual chileno excluyente y focalizado en la mantención del status quo literario. Su ideario crítico se basa en la identificación de las tareas de la crítica literaria con las de la ‘policía’. El continuador de Nolasco Cruz es el sacerdote francés Emilio Vaisse, cuyo seudónimo Omer Emeth, en hebreo es ‘el que dice la verdad’. Su trayectoria en el diario El Mercurio comienza en 1906 y culmina en 1935. El crítico que sucede a Vaisse, es Hernán Díaz Arrieta cuyo seudónimo es Alone quien ejerce la crítica durante más de 50 años en el diario La Nación (entre 1921 y 1939) y El Mercurio (entre 1939 y 1984). Finalmente cabe mencionar a José Miguel Ibáñez Langlois, cuyo seudónimo es Ignacio Valente, sacerdote del Opus Dei, que sucede a Alone en las páginas semanales del diario El Mercurio, entre 1966 y 1994, y le toca asumir el rol de crítico único durante la dictadura militar. Valente fue acusado de “crítico único” tanto por escritores como por los propios críticos. Cabe señalar, además, que Valente dictó clases de marxismo a los miembros de la Junta Militar presidida por Augusto Pinochet Ugarte (web)

Asimismo, el personaje de Farewell está inspirado en Hernán Díaz Arrieta, el mismo crítico literario a quien sucede en la facticidad Ibáñez Langlois. La línea divisora entre res fictae y res factae se vuelve casi imperceptible con la figura de María Canales que celebraba veladas literarias mientras su marido Jimmy Thompson, agente de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional- la policía secreta de Pinochet), torturaba a los “subversivos” en sus sótanos (Bolaño, Nocturno de Chile 141). Los hechos narrados en este episodio de la novela no proceden de una mera intención grotesca. La clave nos viene del mismo Bolaño, que en una entrevista afirma lo siguiente:

Esa historia es cierta y además del dominio común, aunque hasta hace relativamente poco nadie hablara públicamente de ello en Chile. Hubo una escritora que celebraba reuniones literarias en su casona de Santiago, mientras su marido, un norteamericano, el tipo que puso la bomba en el coche de Letelier en Estados Unidos y uno de los que asesinaron a Prats en Buenos Aires, torturaba a sus prisioneros en los sótanos de esa misma casa. Por supuesto, los que asistían a las veladas literarias desconocían aquello que sucedía en los sótanos (García).

Aquella escritora no es más que la chilena Mariana Callejas[9]. Su marido Michael Townley, igual que ella, era agente de la DINA. El sótano de su casa se convirtió en un verdadero “Auschwitz” para los izquierdistas y opositores.  Asesinó, entre otros a Orlando Letelier que fue ministro durante la presidencia de Allende. Townley fue encarcelado en los Estados Unidos, pero salió poco después gracias a la protección del programa de testigos. El reportero Cristóbal Peña une su voz a la de Bolaño para contarnos aquellos momentos turbios de la doble vida de Mariana Callejas:

Un mito y un halo de terror han rodeado la casa en que Mariana Callejas vivió desde 1975 hasta los 90 en Lo Curro. Primero con Michael Townley, quien preparaba desde ese secreto cuartel de la DINA acciones terroristas que estremecerían al país mientras Callejas desplegaba sus talleres literarios y en sus patios se ensayaban gases letales y se hacían fiestas con disputas memorables. Como la que protagonizó Nicanor Parra para un “18”. Hablan los protagonistas más cercanos a Callejas en esos años, “mis chiquillos”, como los llamaba: los escritores Gonzalo Contreras, Carlos Franz y Carlos Iturra. […] Pasaban muchas cosas en esa casa. Como el asesinato del diplomático español Carmelo Soria, quien fue torturado ahí y muerto con gas sarín, como fue probado en tribunales. Pero de una forma u otra la dueña de casa se las arreglaba para mantener ante sus invitados un marco de normalidad. Y no sólo eso. Esa apariencia también operará internamente en ella:

-Lograba separar en mi mente mi vida privada de lo oscuro de los pisos bajos (Peña, Mariana Callejas II).

La pluma de Bolaño, aunque se mueva en el mundo de la ficción, reproduce con una exactitud casi testimonial aquellos episodios oscuros de la vida cultural, literaria chilena:

No había muchos lugares donde se pudieran reunir los escritores y los artistas a beber y hablar hasta que quisieran. Ésa es la verdad. Así pasó. Había una mujer. Se llamaba María Canales. Era escritora […] estaba casada con un norteamericano llamado James Thompson, que era representante o ejecutivo de una empresa de su país que hacía poco había instalado una filial en Chile y otra en Argentina, y al que María Canales llamaba Jimmy. […] A veces participaba en las veladas artísticas de María Canales y entonces generalmente se limitaba a escuchar con paciencia infinita a los invitados menos brillantes de la noche.[…] Y luego llegó la democracia, el momento en que todos los chilenos debíamos reconciliarnos entre nosotros, y entonces se supo que Jimmy Thompson había sido uno de los principales agentes de la DINA y que usaba su casa como centro de interrogatorios. Los subversivos pasaban por los sótanos de Jimmy, en donde éste los interrogaba, les extraía toda la información posible, y luego los remitía a otros centros de detención. En su casa, por regla general, no se mataba a nadie. Sólo se interrogaba, aunque algunos murieron. También se supo que Jimmy había viajado a Washington y había matado a un antiguo ministro de Allende y de paso a una norteamericana. Y que había preparado atentados en Argentina contra exiliados chilenos e incluso algún atentado en Europa, tierra civilizada que Jimmy había sobrevolado con la timidez propia de los nacidos en América. Eso se supo. María Canales, por supuesto lo sabía desde mucho antes. […] Más tarde a Jimmy lo metieron preso en Estados Unidos. Habló. Su declaración inculpó a varios generales de Chile. Lo sacaron de la cárcel y lo pusieron en un programa de protección especial de testigos (Nocturno de Chile 124 -142).

Además de estas referencias muy vinculadas al mundo político chileno, Nocturno de Chile encierra otras genuinamente literarias: nombres de autores, citas directas de obras literarias o simples alusiones. De los clásicos griegos, pasando por el mundo de los trovadores (Sordello) y los relatos de las vidas papales (Pio II, de su verdadero nombre: Eneas Silvio Piccolomini), a las obras de los fénix de la literatura latinoamericana y chilena, Bolaño nos invita a un recorrido con paradores muy destacados. Al respecto, es bastante ilustrativa la larga nómina de escritores que  brota del  melancólico monologo del protagonista, el cura – crítico literario:

Me apoyo en un codo, estiro el cuello y recuerdo. Enrique Lihn, el más brillante de su generación, Giacone, Uribe Arce, Jorge Teillier, Efraín Barquero, Delia Domínguez, Carlos de Rokha, la juventud dorada. Todos o casi todos bajo el influjo de Neruda salvo unos pocos que cayeron bajo el influjo o más bien el magisterio de Nicanor Parra. Y recuerdo también a Rosamel del Valle. Lo conocí, claro. Hice críticas de todos ellos: de Rosamel, de Díaz Casanueva, de Braulio Arenas y de sus compañeros de La Mandragora, de Teillier y de los jóvenes poetas que venían del sur lluvioso, de los narradores del cincuenta, de Donoso, de Edwards, de Lafourcade. Todas buenas personas, todos espléndidos escritores. De Gonzalo Rojas, de Anguita. Hice críticas de Manuel Rojas y hablé de Juan Emar y de María Luisa Bombal y de Marta Brunet. Y firmé estudios y exégesis sobre la obra de Blest Gana y Augusto D’Halmar y Salvador Reyes. (Nocturno de Chile 36)

 CONCLUSIÓN

Más allá de su adherencia muy fuerte a la facticidad, Nocturno de Chile se destaca por otra singularidad: se construye transformando y absorbiendo otros textos (Kristeva 190). En efecto, la confesión del cura Lacroix remite a otros discursos (textos) que conforman con el texto íntimo del narrador cierta polifonía textual que se manifiesta en diferentes grados. La ficción se nutre de referentes factuales que apelan a una actitud activa del lector quien tiene que ir juntando las distintas piezas del diálogo[10]. Por cierto, Bolaño “no invita a todos los lectores a un mismo festín. Los selecciona, y prefiere a los lectores intertextualmente enterados…” (Eco 231). La obra hunde profundamente sus raíces en la idiosincrasia chilena e incorpora sensibilidades literarias muy diversas, una propuesta que solo destaca el fuerte compromiso del escritor cuyo cometido se vuelve casi testimonial.

BIBLIOGRAFÍA

Agamben, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III, (1999). Trad. Antonio Gimeno Cuspinera. Valencia: Editorial Pre-Textos, 2002. Impreso.

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Fecha de recepción: 28/03/2017

Fecha de aceptación: 15/06/2017


[1] Profesora de literatura española, Jefa del Departamento de Lenguas Románicas de la Facultad de Ciencias y Tecnologías de la Educación y la Formación (FASTEF).

[2] Salvador Garmendia, uno de los compromisarios del Techo de la Ballena   -aquel movimiento surgido en los años 60 en Venezuela cuyos integrantes (Adriano González León, Dámaso Ogaz, Edmundo Aray, Luís García Morales, Carlos Contramaestre, entre otros) realzaron su máxima solidaridad con los guerrilleros -define el compromiso como: “La responsabilidad del intelectual ante la hora, la respuesta activa y militante de escritores y artistas frente a las desigualdades sociales, la toma de posición beligerante en el cuadro de la lucha de clases, el rechazo a la individualidad elitista y la aceptación de una posición pública consecuente con los movimientos de masa” (27)

[3] En términos de Manuel Durán: “Si América nació entre confusiones, errores y malentendidos, si su descubrimiento es el extraño fruto del cruce de leyendas fantásticas y errores geográficos, si las hadas madrinas que presiden su nacimiento son la imaginación, la fantasía, la leyenda y la literatura, esto no puede dejar de tener consecuencias para el ulterior desarrollo de las letras, y en particular de la narrativa […] Para ser fiel a sus orígenes, la narrativa hispanoamericana de nuestro tiempo tenderá -en forma deliberada y consciente- hacia una mezcla similar, mezcla de ‘poesía y verdad’, como decía Goethe” (289-291).

[4] Mencionaremos entre otros: el Premio Herralde en 1998, el Premio del Consejo de Chile en 1999 y el Premio Rómulo Gallegos (1999), el premio Salambó  (2004),  el premio Altazor (2005), el Premio Herralde (1998), el Premio del Consejo de Chile (1999) y el Premio Rómulo Gallegos (1999).

[5] En su artículo Intento de agotar a los mecenas, Bolaño declaraba lo siguiente: “Nunca tuve un mecenas. Nunca nadie me conectó con nadie para hacerme beneficiario de una beca. Nunca ningún gobierno ni ninguna institución me ofreció dinero, ni ningún caballero elegante se sacó la chequera delante mío, ni ninguna señora trémula (de pasión por la literatura) me invitó a tomar el té y se comprometió a pagarme una comida diaria.”

[6] Este subtítulo mío es una alusión muy directa a la respuesta que el mismo Bolaño dio a Melanie Jösch, una periodista barcelonesa que le preguntaba sobre la caracterización de los personajes de Nocturno de Chile. Aquí están sus palabras: “Después de asumir los ropajes de tantas ovejas, me dan ganas de ponerme la piel de un lobo. Ahora yo no creo que sean lobos realmente, ni el narrador ni gran parte de los personajes que aparecen en la novela, sino más bien náufragos. Hay unos cuantos lobos. El señor Oido y el señor Odeim son lobos al ciento por ciento y la Junta Militar chilena para qué te voy a decir. Pero los otros personajes son más bien seres extraviados, en el sentido que todos estamos extraviados. Incluso cuando hablamos de lobos yo añadiría lobitos. Ni siquiera lobos. Porque el matiz está tal vez en que el terror lo sienten muchos más los lobitos” (Bolaño, Si viviera en Chile).

[7]El epígrafe que abre la novela, “Quítese la peluca”, viene del cuento “The Purple Wig”, del escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874 – 1936).  Según Ignacio López-Vicuña, “En el relato- de Chesterton-, la peluca rojiza es utilizada por un impostor que se hace pasar por un duque. La peluca cubre las orejas supuestamente deformadas que indicarían el linaje aristocrático del duque. Cuando el padre Brown fuerza al impostor a quitarse la peluca, lo que se descubre es que debajo de la peluca no hay nada especial, nada que distinga al que la lleva de ningún otro hombre. Por lo tanto, quitarse la peluca significaría renunciar a las pretensiones de distinción, de pertenecer a un grupo selecto, de conservar algún aura, que los literatos -independientemente de su orientación política- todavía conservan”.

[8]Este ganó las elecciones en 1970. Y fue en vano que un comando liderado por Roberto Viaux Marambio atentase contra la vida del Comandante en Jefe del Ejército René Schneider para desestabilizar el orden constitucional. Su acto condenado por toda la comunidad internacional fue denunciado días después con la misma energía por el famoso periodista chileno Luis Hernández Parker: “El siniestro plan de los terroristas fascistas era secuestrar al general René Schneider para evitar la realización del Congreso Pleno. Los autores materiales y mercenarios se ofuscaron y una de las tres balas le perforó el hígado. El ilustre militar entregó su postrera contribución democrática luchándole a la muerte durante 72 horas. El Congreso Pleno se efectúo; así Salvador Allende entrará a la Moneda el 3 de noviembre por la puerta ancha  de nuestra vida republicana. Cuenta con el respaldo de la mayoría de los trabajadores de la UP y de la DC; con el respeto de la oposición, con el apoyo moral de la Iglesia Católica, expresado en el inesperado y singular mensaje del Papa Paulo VI” (Hernández)

[9] Nació el 11 de abril de 1932 en Chile. En 2010, después de ochos meses de prisión, fue condenada por la Corte Suprema a “5 años sin cárcel por su rol en el crimen del general Carlos Prats y su esposa, ejecutado en 1974, en Buenos Aires” (Peña, Mariana Callejas I)

[10]El diálogo que se instaura entre los diferentes textos quita al autor su omnipotencia como único creador de la obra, ya no transmite su subjetividad al lector. Este ve su actividad posibilitada por la presencia de los demás textos convocados (Barthes).