Crónicas urbanas de Roberto Merino: Configuración de un relato para la ciudad de Santiago

Autor: Felipe Joannon

Roberto Merino’s urban chronicles: Shaping a story for the city of Santiago

Autor: Felipe Joannon[i]

Filiación: Université Paris 8, París, Francia

Email: fgjoannon@gmail.com

 

Resumen

El artículo propone una lectura global de las crónicas urbanas de Roberto Merino recogidas en Santiago de memoria (1997), Horas perdidas en las calles de Santiago (2000) y Todo Santiago (2012). Se postula que la fragmentariedad con que Merino percibe la ciudad, debido a las demoliciones de sus hitos emblemáticos y a la indiferencia que ve el cronista en sus escritores, motivaron una escritura orientada a dotar a la capital de un determinado relato. El artículo identifica y analiza uno de los principales recursos narrativos constitutivos de este relato, el de la continuidad, recurso que deriva de una concepción pragmática de los mitos urbanos.

Palabras clave: Roberto Merino, Santiago, crónica, demolición, Joaquín Edwards Bello

 

Abstract

This article presents an overall reading of Roberto Merino’s urban chronicles contained in Santiago de memoria (1997), Horas perdidas en las calles de Santiago (2000) and Todo Santiago (2012). It argues that the discontinuity that Merino perceives in the city, due to the demolition of emblematic places and the indifference shown (according to Merino) by their writers, motivated a certain writing that aimed to give the capital city a specific narrative. This article identifies and analyses one of the main narrative resources (“continuity”), that emerges from a pragmatic conception of urban myths.

Key words: Roberto Merino, Santiago, chronicle, demolition, Joaquín Edwards Bello

 

 

Si a la manera de tantos otros intentáramos comprender una ciudad como se lee un texto literario[ii], la lectura de Santiago de Chile no sería precisamente la de una novela ordenada y continua. Por regla general la capital chilena no ha exhibido un desarrollo orgánico que dé cuenta de su pasado y permita comprender su situación actual. “Sufrimos invariablemente la desgracia de desear el cambio de todo cuanto nos rodea. Lo óptimo nos cansa y termina por fastidiarnos. Deseamos estrenos” (Mitópolis 50). Así se quejaba Joaquín Edwards Bello ante el inminente reemplazo de los monumentos de Baquedano y de la Plaza de Armas en la década de los sesenta, rememorando de paso la más lamentable demolición en la historia de la ciudad: la destrucción del puente colonial de Cal y Canto en 1888[iii].

A la creciente fragmentación social que experimentan las metrópolis en su incesante expansión, y al consecuente debilitamiento de los lazos comunitarios citadinos, se añade, en el caso de Santiago, un histórico y persistente espíritu de demolición. La indiferencia por el pasado ciudadano y la constante vocación por el cambio denunciada por Edwards Bello en sus crónicas en la primera mitad del sigo XX, mantendría su vigor durante toda la segunda. Así lo testimonian muchas de las crónicas urbanas que Roberto Merino publica en la década de los noventa. “Más que los terremotos, ha sido la manía local de las demoliciones la culpable de que haya que recurrir a la imaginación o a los libros para darse una idea de cómo vivieron nuestros antepasados” (Santiago de memoria 69)[iv]. En lugar de magníficos palacios, se alzaban hacia los noventa sitios eriazos y las imperecederas “playas de estacionamientos”, resultado de lo que Edwards Bello y Merino no dudan en calificar como el “deporte local” de la demolición (Crónicas Reunidas V 509, y Santiago de memoria 22).

¿Cuál es la raíz de este afán por la demolición en los santiaguinos? Es una pregunta medular que atraviesa toda la obra cronística de Merino[v]. Hacia el final de Santiago de Memoria, su primera compilación de crónicas urbanas, el autor parece de pronto recordar el esfuerzo que supone la elaboración de un relato con sentido para su ciudad. “El que quiera aproximarse a su pasado –y por tanto a muchas de sus conductas presentes- debe agotar los ojos en los archivos e invocar el ectoplasma de las fotografías” (229). Es, en efecto, en las bibliotecas y sus archivos donde terminan sus callejeos. La lectura de sus crónicas evidencia que una de sus principales fuentes es la experiencia de pasear por el lugar que describe. Sin embargo, la falta de continuidad temporal de buena parte de los hitos urbanos vuelve insuficiente la impresión directa y exige una buena documentación histórica y no poca imaginación. En el prólogo de la misma compilación escribe: “En cada crónica concurren recuerdos personales y ajenos, cuentos de familia, mitologías locales, impresiones directas –es decir, callejeos y también cierto trabajo de archivo en documentos de todo calibre” (12). Merino concluye Santiago de Memoria esbozando una respuesta a la vocación de cambio del santiaguino: “[carecemos de un] apego espiritual a un conjunto de señas de identidad, [de] una observación generalizada de las formas” (229).

A la falta de indicaciones espaciales concretas de la ciudad (debidas a la demolición y al abandono de importantes hitos urbanos), que nos permitirían comprender mejor el presente a partir de su historia, habría que añadir la escasa atención que, a juicio de Merino, han prestado los escritores santiaguinos a la capital. Exceptuando contados escritores, entre los que el propio cronista destaca a Edwards Bello y a Vicuña Mackenna, no habría existido un verdadero interés por elevar a la ciudad a un nivel protagónico en la literatura. En su prólogo a Santiago de Memoria reflexiona: “Es curioso que los escritores santiaguinos tradicionalmente no hayan querido darle a Santiago un lugar eficaz entre sus páginas. Animados por obsesiones más fuertes, no han tenido –al decir de Luis Oyarzún- ni sensibilidad visual ni una conciencia libre para aceptar el mundo” (11). Afirmación cuestionable, por cierto, ya en la época en que escribía Merino (1995-1997), y que luego escritores de su generación y algunos más jóvenes se han encargado de rebatir precisamente desde el género de la crónica (Waldman).

Sin embargo, para nuestra lectura, tanto o más que la exactitud del juicio de Merino sobre la ciudad, interesa saber cuál es su percepción de la misma. Retomando la equivalencia entre texto y ciudad con que dábamos inicio a este escrito, y que para el caso latinoamericano toma una forma muy particular (véase Rama 23), la lectura de las crónicas urbanas de Merino muestra una ciudad como si se tratara de un texto fragmentado, o como Wolfgang Iser diría, como un texto con numerosos vacíos y un alto grado de indeterminación. Recordemos que los escritos del teórico alemán, adscritos a la hermenéutica de la estética de la recepción, intentan elevar al lector a la categoría de coproductor de la obra. Como una reacción al análisis estructural de los textos, enfoque predominante en la crítica en la década de 1960, Iser destaca el carácter performativo de la lectura, otorgando igual importancia al polo artístico (que se ocupa de la producción del texto) y al polo estético (que atiende al proceso de recepción). Es así como, centrándose en el acto de la lectura, Iser señala la existencia de vacíos o espacios en blanco que invitan al lector a concretarlos en base a su experiencia particular.

Desde la perspectiva de la teoría de la recepción, la fragmentariedad de Santiago ya no emerge tan solo como una característica negativa, pues sus vacíos e indeterminaciones estimulan la imaginación y necesitan de un lector activo: “mediante la lectura develamos la parte no formulada del texto; y es precisamente esta indeterminación la que constituye la fuerza que nos impulsa a configurar un sentido, al mismo tiempo que nos confiere la suficiente libertad para que lo configuremos” (Iser, “El proceso de lectura” 45). Una lectura de las crónicas de Merino permite sostener que, tanto la ausencia de indicaciones concretas debidas a la demolición (vacíos), como la carencia de un relato literario citadino fácilmente reconocible (indeterminaciones), fueron el mejor aliciente para el desarrollo de diversas técnicas narrativas orientadas a dotar de sentido a la ciudad.

Las siguientes páginas están dedicadas al análisis de una de estas técnicas narrativas, que denominaremos continuidad. Se trata de un recurso que emana de la función mitificadora que atraviesa las crónicas urbanas de Merino, función que permite concebir sus escritos publicados de manera independiente en diversos medios de comunicación (una docena de revistas y periódicos chilenos) como parte de un relato coherente sobre la capital. El análisis se basa en sus tres compilaciones de crónicas urbanas: Santiago de memoria (1997), Horas perdidas en las calles de Santiago (2000) y Todo Santiago (2012), las que reúnen alrededor de doscientos escritos sobre la ciudad[vi].

 

 Mitificación

a Concepción, un espejo roto (…)

a Valparaíso, esa lágrima (…)

a Santiago de Chile con sus 5 millones la mitología que le falta.

(Gonzalo Rojas, Materia de Testamento, 40)

Son numerosos los elementos que permiten afirmar que la principal influencia literaria en las crónicas urbanas de Merino es el Joaquín Edwards Bello cronista. Además de las múltiples citas a su obra periodística, el propio Merino quiere dejar constancia de esta deuda: “Por último, hay dos autores cuyos libros me sorprendo consultando con demasiada frecuencia en este trámite: el Edwards Bello de las crónicas y Benjamín Vicuña Mackenna” (Santiago de memoria 12). Incluso existen crónicas de Merino que no son más que una actualización (feliz, por lo demás) de ciertos escritos de Edwards Bello. Es el caso de “Baños públicos. De chaurrinas a vespasianas” (Santiago de memoria 44-45) y de “Santiago ruidoso. La meca de la bulla” (46-47), cuyos antecedentes evidentes son las crónicas de Edwards Bello “Ruido e incultura” (Crónicas Reunidas, V, 461-463) y “Problemas básicos que permanecen insolubles” (Crónicas Reunidas, III, 461-463), respectivamente. Por último, no deja de ser un indicio elocuente la importante labor editorial que Merino ha desempeñado en la obra de su predecesor[vii].

Además de los ya señalados, uno de los aspectos en que mejor se reconoce esta filiación literaria de Merino es en su obsesión por la vida cotidiana del pasado chileno, motivo bastante recurrente en las crónicas de Edwards Bello (Morales 2009). Existe un interés compartido por acercar sus respectivos pasados nacionales, privilegiando los detalles de la vida diaria por sobre una historia que podríamos llamar oficial. Aunque algunas figuras políticas relevantes de la historia de Chile ostentan una presencia importante en sus crónicas, en la mayoría de los casos ambos cronistas intentan semblanzas que se apoyan menos en los grandes acontecimientos históricos a los que suele asociarse a dichas figuras, que en aspectos de su personalidad o en actividades aparentemente anodinas. La pregunta subyacente en ambos escritores parece ser: ¿cuál es el sentimiento comunitario que guiaba a la sociedad chilena (o santiaguina) en el pasado? Responderla permitiría entender mejor los lazos comunitarios que caracterizaban a esta sociedad[viii]. Así, Edwards Bello dedica dos crónicas al carácter bromista del Presidente Barros Luco y al menos tres a la mala suerte de Pedro Montt[ix], buscando enlazar sus cualidades con el carácter chileno. Merino, por su parte, recuerda en una de sus crónicas la afición de algunos gobernantes por los volantines (Ambrosio O’Higgins y Manuel Montt) y en otra relata un altercado en el que participó Bernardo O’Higgins a causa de un gringo que encendió un cigarrillo en un teatro santiaguino, dejando constancia de que la popular entretención septembrina y la insistente prohibición de fumar en lugares públicos se remonta al menos en dos siglos[x].

Sin embargo, a pesar del interés que ambos comparten por indagar en el pasado nacional y de su afán por describir detalles de la vida cotidiana, sus crónicas pueden exhibir una notable divergencia a la luz de lo que denominamos “función mitificadora”. Una breve comparación entre una crónica de Edwards Bello y una de Merino permitirá sentar las bases para una mayor comprensión de este concepto.

Llama la atención que una de las principales compilaciones de crónicas de Edwards Bello lleve por título Mitópolis[xi]. Este libro reúne escritos que tienen por objeto eliminar ciertas creencias arraigadas en la sociedad chilena que no tenían sustento racional. De la mano de la disciplina histórica, Edwards Bello se propondrá acabar con lo que ha denominado el vicio criollo de la mitomanía: “Yo quiero ser recordado como un destructor de mitos, como una persona que se pasó la vida bombardeando con muchos megatones la mediocridad, la chatura, la esterilidad de sus compatriotas” (15). Nótese el uso de un lenguaje ligado a la demolición (“destructor”, “bombardeando”, “megatones”), uno de sus temas más recurrentes en sus columnas periodísticas.

La crónica “La belleza de la Quintrala” (Mitópolis 69) ilustra el procedimiento que Edwards Bello emplea para lograr su objetivo. En ella intentará demostrar el carácter infundado de la creencia que prevalecía respecto a la belleza de Catalina de los Ríos, personaje intensamente mitificado desde la época colonial. Para ello acude a una estrategia bastante recurrente en muchas de sus crónicas: el uso de la disciplina de la historia como fundamento y de la lógica como método para desterrar el mito. Así, en esta crónica Edwards Bello cita a Gaspar Villarroel, obispo de Santiago contemporáneo de la Quintrala, para darnos una idea de la importancia que en esa época se asignaba a la belleza, y discute la veracidad del retrato publicado por El Mercurio a partir de detalles de la vida cotidiana de la misma. Concluye: “Pequeña y tal vez gruesa. ¿Por qué razones? El apeadero en la puerta y el piso de plata para encaramarse en el caballo. La sangre india trae piernas cortas y rollizas. ¡Perdóname, oh Quintrala de los dibujantes y de los poetas, (…)” (Mitópolis 74).

Veamos ahora cuál es la intención de Merino cuando intenta una semblanza de Francisco Balmaceda, apodado “El Santo”, en la crónica “Los conocidos de siempre”:

Entre sus milagros hay uno memorable: unos soldados desenganchados del ejército de Freire lo engañaron para que asistiera a un falso enfermo en una casucha de la Chimba. Pretendían matarlo y robarle. Cruzando el puente de Cal y Canto, el anciano les pidió a los felones que se hincaran a rezar, porque su amigo había muerto. Lo hicieron de mala gana y luego siguieron, incrédulos, la marcha. Al llegar a la casa comprobaron que el secuaz efectivamente estaba fiambre hacía rato. La impresión fue tanta que los ladrones se metieron a curas. (Santiago de memoria 28-29)

Aunque la historia de ‘El Santo’ fuera en algunos aspectos verídica, lo cierto es que demostrarlo no es el objetivo de Merino. Antes que precisar la figura del personaje a partir de información histórica, Merino decididamente rescata el aura misteriosa que lo rodea, animando un mito que ya muy pocos conocen, a pesar del título de la crónica. Pues en ella su propósito es el contrario del pretendido por Edwards Bello en su crónica sobre la Quintrala: alimentar el mito.

No se trata de visiones opuestas sobre la ciudad y sus habitantes. Ambos cronistas comparten un diagnóstico similar sobre la sociedad santiaguina, a saber, la carencia de una vida comunitaria rica a nivel urbano. Es en la respuesta que cada uno propone para reforzar los lazos citadinos que podemos distinguir sus diferencias. “Poseemos una enorme capacidad para demoler los hechos verídicos y cubrir el lugar con una pátina de leyenda, de magia, de ultratumba. El mito es un fruto de infancia de los pueblos” (15) responde Edwards Bello en la entrevista a modo de prólogo en Mitópolis. Para el escritor de El roto, la madurez que necesitaba Chile pasaba por la adquisición de una óptica racional, por afrontar de manera directa la realidad, evitando los rodeos. Aunque su prolífica obra registra variados estilos de escritura, aquellas crónicas reunidas bajo el tema de la mitomanía dan cuenta de un tono impaciente, a ratos aleccionador, transido de la urgencia por desbaratar creencias infundadas.

Merino, por su parte, se muestra más preocupado por la indiferencia con que el ciudadano se mueve por su ciudad. Es a la desidia que atribuye la falta de relato de la capital. Consecuentemente, su prosa se orienta a despertar la curiosidad de sus habitantes, deslizando frecuentemente frases como la siguiente: “Con las capuchinas no se puede hablar sino a través del canónico torno, pues les está vedado el contacto directo con este lado del mundo. Dicen que a veces las monjas más viejas preguntan si todavía hay tranvías” (Horas perdidas 46, énfasis añadido). La falta de hitos emblemáticos que podrían tender puentes con el pasado citadino explica en parte la precariedad de la vida social a nivel urbano en Santiago. Es por ello que Merino intenta hilvanar un relato a partir de los escasos restos urbanos: el nombre absurdo de una calle, un puente demolido, una tradición que apenas sobrevive. Su modo de narrar recuerda el trabajo del artesano, bajo la concepción que Benjamin le asigna en su ensayo El narrador: “La narración, tal como brota lentamente en el círculo del artesanado -el campesino, el marítimo y, posteriormente también el urbano, es, de por sí, la forma similarmente artesanal de la comunicación” (8)[xii].

Estas aproximaciones disímiles hacia los mitos de la sociedad chilena pueden entenderse a la luz de la eterna polémica sobre la relación entre mythos y logos. La postura de Edwards Bello es similar a la que defendían los etnólogos de la escuela evolucionista hacia fines del siglo XIX. En términos generales, los mitos serían, según esta escuela, creencias que nacen como una respuesta ante un análisis confuso e irracional de la realidad. De acuerdo a Pierre Smith, la escuela evolucionista reconoce en los mitos el esfuerzo de una sociedad por comprender los fenómenos que enfrenta, pero señala que se trata de un conocimiento arcaico, embrionario, y por lo tanto, susceptible de ser desplazado por el análisis científico racional (93). Se trata de una postura que tiene su génesis en el rechazo de historiadores y filósofos griegos a partir del siglo VI a. C. (desde Jenófanes a Platón), hacia los mitos escandalosos en los que sus dioses se veían envueltos, relatos que les fueron pareciendo incompatibles a medida que desarrollaron un nuevo pensamiento filosófico[xiii].

La manera en que Merino aborda los mitos urbanos en sus crónicas se acerca, en cambio, a las escuelas que a partir del siglo XX intentan rescatar el sentido práctico-social del saber mitológico. Luego de los estudios que Malinowsky llevara a cabo sobre las comunidades primitivas que habitaban las islas Trobriand (entre 1915 y 1918), la etnología comienza a concebir la mitología como la principal fuente de cohesión social, soporte de las instituciones comunitarias. Es decir, empieza a operar en el estudio de los mitos un desplazamiento del campo de acción del saber mitológico: ya no se estudia en competencia con el saber filosófico o científico, sino que se lo devuelve al plano práctico social.

En su lectura de Le deux sources de la morale et de la religion, de Bergson,  Clémence Ramnoux destaca también el carácter pragmático del mito, el que suele constituirse como una respuesta vital a menudo más eficaz que la “clarividencia intelectual”. Para explicar la versión bergsoniana del nacimiento del mito propone el siguiente ejemplo: “Si un primitivo sale a cazar, sabe que puede fallar su tiro; pero la función fabuladora le representa una potencia que guía sus flechas, de la que puede ganarse el favor si practica los ritos apropiados. Así, parte a la caza con una fe en el éxito capaz de neutralizar la angustia paralizadora del fracaso” (415, traducción propia). Una consciencia excesivamente lúcida, para Bergson, puede tener un efecto “vitalmente destructor”, de ahí que sea necesario dejar espacio a la función fabuladora que tiene un efecto compensatorio vital en las comunidades.

Edwards Bello no ve el aspecto benéfico y neutralizador que un conjunto de mitos puede tener en la comunidad, si ellos no se ajustan a los datos históricos. El mito no es más que “una respuesta equivocada” (15). Desde la visión bergsoniana que rescata Ramnoux sobre los mitos, Edwards Bello forma parte de quienes encarnan esa “clarividencia intelectual” que tiene un efecto “vitalmente destructor”. El cronista parece tener claro el riesgo destructivo del camino que escoge, al referir en el escrito que da comienzo a las crónicas de Mitópolis que cuando refutaba en público alguna creencia infundada, la gente lo rehuía como si fuera la muerte. Ante tal respuesta Edwards Bello sentenciaba: “Benditas ilusiones de los pueblos niños. Y al fin, ¿qué es la verdad escueta, sino la muerte?” (17).

Merino, en cambio, no suele ver en estos relatos una amenaza a la verdad histórica, sino una posible fuente de cohesión social, una manera de despertar la curiosidad del ciudadano santiaguino por el lugar en el que vive y por el resto de la comunidad. Está más preocupado del sentido práctico y eficaz de los relatos que de su estricta sumisión a los hechos. En sus crónicas pareciera suscribir la convicción de Pierre Smith, según la cual “una cultura o, en sociedades más complejas una sub-cultura, no puede ser definida de mejor manera que por la colectividad de personas que comparten los mismo mitos” (102, traducción propia). Merino teme que los santiaguinos olviden sus mitos, es decir, su cultura, pues si esto sucediere, la ciudad vería desaparecer el sentido comunitario.

 

 Continuidad

Esta función mitificadora que caracteriza las crónicas urbanas de Merino, que nace a partir de una concepción pragmática de los mitos como una respuesta a la fragmentariedad de Santiago, toma su forma concreta en el recurso narrativo de la continuidad temporal.

En la crónica “Cigarrillos. Fumando espero”, que mencionamos en la sección anterior[xiv], hay una fórmula que se repite con insistencia en sus escritos: “No se crea que nuestros días han estrenado las prohibiciones contra el tabaco”. Merino observa que el ciudadano contemporáneo adjudica al presente un grado explicativo superlativo sobre los sucesos que enfrenta, desconociendo la importancia que en ellos ha tenido la variable histórica. Para desafiar esta visión sincrónica, el cronista recurrirá a numerosos ejemplos en los que actividades o costumbres que se supone representan a la comunidad actual (como la voluntad del gobierno de impedir fumar en lugares públicos), en realidad son manifestaciones de tradiciones de larga data (como lo prueban las anécdotas que cita en esa crónica).

Esta supremacía del presente sobre la tradición en la sociedad contemporánea había sido sintetizada décadas antes por Foucault, al dar inicio a su célebre conferencia sobre Los espacios otros con la siguiente frase: “Nadie ignora que la gran obsesión del siglo XIX, su idea fija, fue la historia (…). Nuestra época sería más bien la época del espacio. Estamos en la época de lo simultáneo” (46). El estatus privilegiado de lo nuevo por sobre lo antiguo, la confianza depositada en un progreso en todas las materias (a imagen de los avances científicos y luego tecnológicos), no sólo facilitaría cierta actitud de indiferencia hacia el pasado, sino que podría deteriorar la comprensión del presente en el que estaba inmerso el ciudadano metropolitano, pues le costaría reconocer en él la porción de humanidad que lo emparentaba con quienes lo precedieron.

Es por esto que a pesar de que pudiera parecer lógico estudiar la valoración del pasado en las crónicas de Merino a la luz de la ingente producción de ensayos críticos que abordan el tema de la recuperación de la memoria tras las dictaduras latinoamericanas (especialmente si tenemos en cuenta que la mayor parte de sus crónicas se publica a pocos años de que Pinochet dejara el poder), una interpretación cabal de su obra exige incorporar la amenaza que representa en plena democracia esta hegemonía de la simultaneidad constatada por Foucault.

Tal como lo consigna también Todorov para el caso europeo, luego de asistir a un período en que la memoria estuvo amenazada por la escasez de información debido a los mecanismos que los regímenes totalitarios desplegaban para borrar las huellas de sus crímenes (mecanismos que las dictaduras latinoamericanas sabrían emular), la valoración del pasado se vería actualmente en peligro por el problema contrario: la sobreabundancia de información a que está expuesto el ciudadano contemporáneo. En Les abus de la mémoire, publicado en 1995, Todorov escribe:

Arrojados a un consumo cada vez más rápido de información, nos inclinaríamos a prescindir de ésta de manera no menos acelerada; separados de nuestras tradiciones, embrutecidos por las exigencias de una sociedad del ocio y desprovistos de curiosidad espiritual así como de familiaridad con las grandes obras del pasado, estaríamos condenados a festejar alegremente el olvido y a contentarnos con los vanos placeres del instante. En tal caso, la memoria estaría amenazada, ya no por la supresión de información, sino por su sobreabundancia” (13, traducción de Miguel Salazar en Los abusos de la memoria 17)

Como consecuencia de esta hegemonía de lo sincrónico, las sociedades disponen de información inmediata sobre prácticamente cualquier fenómeno, pero carecen de una escala de valores adecuada para ejercer la selección.

Y sin selección no hay memoria. Como bien recuerda Spiller (2009) este es el tema central del célebre relato de Borges Funes el memorioso. Una buena memoria no es aquella capaz de almacenar una mayor cantidad de datos (como la de Funes), sino la que además es capaz de establecer una jerarquía del pasado en función de un saber vivir. “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos” (131)[xv]. Retomando la perspectiva de Todorov, es posible establecer una analogía entre la amenaza que padece la sociedad contemporánea asediada por la sobreabundancia de información y la enfermedad que condena a Funes a morir inmóvil en su lecho. En ambos casos es la ausencia del olvido lo que explica la atrofia de la memoria, pues es el ingrediente que opera la selección de la información que nos permite afrontar la vida.

Las reformas socioeconómicas llevadas a cabo durante la dictadura de Pinochet (1973-1989), y continuadas en buena parte por los gobiernos democráticos que la sucedieron, estuvieron guiadas por los principios sincrónicos de una disciplina económica con pretensiones científicas. Siguiendo los preceptos de la escuela de Chicago, liderada en ese momento por Milton Friedman, se dio respuesta a las necesidades sociales desde una perspectiva de mercado que desconocía el desarrollo histórico del país. Esta degradación del valor histórico en la sociedad chilena, que, como hemos visto al constatar un espíritu de demolición, forma parte de su personalidad inestable, se agudiza con el desplazamiento de lo público por lo privado a partir de las políticas económicas implementadas en ese período. En resumen, tal como lo postulaba Todorov para las sociedades europeas, el pasado perdía en Chile su estatuto ejemplificador.

El cronista narrador de Merino, que ha hurgado en la vida cotidiana chilena a lo largo de la historia, recela de esta omnipotencia del presente. Está convencido de que los problemas que enfrenta la sociedad chilena siguen siendo los mismos hace décadas, y por lo tanto se dedicará a contradecir al lector a partir de la constatación de actividades banales que se repiten. En la crónica sobre los volantines, antes de mencionar a Ambrosio O’Higgins y a Manuel Montt se lee: “Si hoy día el volantín es motivo de regocijo popular setembrino, en el pasado llegó a ser casi la exclusiva actividad recreativa a que podían entregarse los santiaguinos para diluir los efectos de lo que se ha llamado ‘siesta colonial’, sobre todo después de haberse abolido –por sanguinarias- las corridas de toros” (“Volantines y volantineros. Hilos curados”, Horas perdidas 126).

Y luego continúa con crónicas en las que no sobresalen figuras históricas reconocibles, como en Edwards Bello, sino situaciones o costumbres que no dejan de repetirse. En “1949. Un perdido verano” comienza con la siguiente afirmación: “Las conversaciones de los taxistas deben haber sido lo mismo hace medio siglo que ahora” y concluye: “El día a día, en todo su espectro, era tan febril y problemático como el actual” (Horas perdidas 69); la crónica “Santiago hace sesenta años. El drama del estirón” aborda el problema del crecimiento urbano acudiendo al pasado: “Sería un notorio error ver en el Santiago de sesenta años atrás tan sólo un repertorio de añejeces. De hecho, los temas críticos de la actualidad urbana ya se insinuaban por esos días.” (67); y en “La palabra a la calle. Cosas escritas en los muros” nos recuerda los antepasados de los actuales grafiteros: “En el siglo pasado, en cambio, sin teorizaciones, algunos ciudadanos usaban las murallas de la ciudad para consignar sus versos satíricos.” (109). El cronista paseante parece empecinado en demostrar el carácter ilusorio de la fe que actualmente deposita la comunidad metropolitana en el tiempo presente, y la invita a asomarse a los dilemas que enfrentaron sus predecesores.

Ahora bien, vale la pena preguntarse por qué privilegiar la evocación de una cotidianidad más bien anónima por sobre la humanización de figuras históricas, como propone Edwards Bello (la Quintrala, los Presidentes Balmaceda y Barros Luco, etc.). Ambas alternativas para rescatar el pasado van en la misma dirección, y buscan, a través de la desacralización de una historia oficial, una mayor complicidad con el lector. La vía seguida por Merino es una continuación de la senda trazada por Edwards Bello, un intento por volver aún más próximo el pasado del ciudadano contemporáneo, sugiriéndole situaciones casi sensoriales que lo emparenten de manera afectiva con sus predecesores. Fiel a su tiempo, Merino presta mayor atención a la memoria testimonial, a la impresión subjetiva que Edwards Bello, en cuyas crónicas la disciplina histórica y la razón objetiva suelen guardar una posición privilegiada, aun cuando se adopte una perspectiva de mayor familiaridad con el objeto narrado.

Al contrario de la historia, que tiene vocación universal y nace a partir de sucesos particulares, el recuerdo, la unidad básica de la memoria, es algo esencialmente personal y está íntimamente ligado a los sentidos. La evocación de un mismo lugar, relación o acontecimiento, aloja sensaciones diferentes en cada uno, aun cuando el contexto que rodea lo evocado sea similar para todos. Los recuerdos cargan siempre con algún grado de materialidad, incidiendo continuamente en nuestra dimensión afectiva, pues son insistentes por naturaleza. Tal como afirma Beatriz Sarlo al comienzo de su libro Tiempo pasado: “Proponerse no recordar es como proponerse no percibir un olor, porque el recuerdo, como el olor, asalta, incluso cuando no es convocado. Llegado de no se sabe dónde, el recuerdo no permite que se lo desplace; por el contrario, obliga a una persecución, ya que nunca está completo” (9-10). El carácter incompleto del recuerdo da cuenta de la naturaleza dinámica de la memoria, orientada en el proceso de selección y jerarquización de los sucesos a dar una respuesta vital al individuo y a la comunidad.

Si la base del recuerdo es la experiencia personal, ¿se puede pensar en él desde una perspectiva compartida, y ya no puramente individual? Aunque el producto del recuerdo sea una sensación personal (placer, miedo, ira), y por tanto intransferible en su totalidad, su comunicación entraña una catarsis que extrema la relación entre quien lo comparte y quien lo recibe. Un recuerdo placentero (el lugar en que solían pasar sus vacaciones escolares), tenderá a fortalecer la relación; un recuerdo trágico (la temprana muerte de un hermano), en cambio, involucrará probablemente respuestas disímiles: de acercamiento, en tanto se vuelve más fácil soportar el dolor cuando se comparte, o de alejamiento, en la medida que el otro aviva un sentimiento desagradable. Sea cual fuere la respuesta, la comunicación de recuerdos vuelve más definitivos los lazos afectivos en todos los niveles comunitarios: desde los más concretos y primitivos (como la familia inmediata), hasta los más abstractos (el nacional).

Puesto que sentimos la necesidad de comunicar nuestras experiencias pasadas y reaccionamos ante las respuestas de nuestros interlocutores, es lógico pensar que la memoria individual se construye en medio de una comunidad. En la medida en que es posible constatar elementos comunes entre las memorias individuales de las personas, se vuelve factible hablar de una memoria colectiva. Siguiendo explícitamente a Halbachs, Spiller llega a afirmar con razón que “La memoria humana no se construye solamente en, sino que es una relación social. La memoria individual forma parte de un grupo social. En la interacción de ambas se construye una memoria colectiva y cultural” (132).

En un nivel comunitario como el ciudadano, que comprende en su mayoría a personas que no conocemos pero con las que interactuamos aleatoriamente todos los días, la comunicación de recuerdos y sensaciones es un elemento esencial en el fortalecimiento de sus lazos. Puesto que el trato afectivo personalizado es muy débil en una metrópolis, la cohesión social en este nivel descansa en buena parte en las diversas plataformas que relatan sucesos y lugares comunes.

Es por eso que para Merino la débil presencia de Santiago en la literatura es un problema central, pues ella, en su carácter mimético de la realidad, permite desde un plano virtual vivir experiencias como si fueran las propias. En la medida que la literatura vuelve visible los espacios públicos (tanto los espacios físicos, como todos aquellas instancias en que confluyen los ciudadanos, particularmente los medios de comunicación locales) es capaz de crear lugares simbólicos de encuentro que intensifiquen los lazos comunitarios.

Al profundizar en el funcionamiento de las relaciones comunitarias de sociedades más complejas (como las de una ciudad), y basar su núcleo en ciertos relatos que obedecen a una memoria colectiva, nos hemos acercado bastante a la concepción contemporánea de mito. Si volvemos a la cita de Smith que anotamos más arriba (“desde un cierto punto de vista, una cultura o, en sociedades más complejas una sub-cultura, no puede ser definida de mejor manera que por la colectividad de personas que comparten los mismo mitos”, 103) comprendemos que Merino ha procedido de manera inversa. El cronista constata el hecho de que Santiago es una ciudad geográficamente delimitada que alberga una población de millones de habitantes, y luego se pregunta: ¿tiene ella una cultura que le es propia? ¿Ha permanecido esta cultura a lo largo del tiempo? En su intento por rescatar comportamientos sociales que se repiten y en la elaboración de un relato que apela a la memoria común, Merino está respondiendo afirmativamente.


 Bibliografía

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Hozven, Roberto. “La ciudad de Santiago en el sentir de Joaquín Edwards Bello y de Jorge Edwards”. Revista Chilena de Literatura, Nº 69 (Nov. 2006): 5-23. Impreso.

Imas, Fernando et al. La ruta de los palacios y de las grandes casas de Santiago. Santiago: Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, 2015. Impreso.

Iser, Wolfgang. “La estructura apelativa de los textos”. Estética de la recepción. trad. R. Sánchez. Madrid: Visor, 1981. 133-148. Impreso.

____________. “El proceso de lectura: un enfoque fenomenológico”. Para leer al lector ed. M. Alcides y M. Blanco. Santiago: Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, 1988. 33-51. Impreso.

Merino, Roberto. Santiago de Memoria. Santiago: Planeta, 1997. Impreso.

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Morales, Leonidas. “Joaquín Edwards Bello: crónica y crítica de la vida cotidiana chilena”. Revista Chilena de Literatura, Nº 74 (Abril 2009): 57-78. Impreso.

[i] Felipe Joannon (1985) es estudiante doctoral de literatura de la Universidad París VIII. Realizó estudios de Economía en la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde obtuvo el título en 2009. En 2017 obtuvo el grado de Master en la Universidad París III (Sorbonne-Nouvelle) con una investigación sobre las crónicas urbanas del escritor Roberto Merino. Desde septiembre de 2017 trabaja su tesis doctoral sobre la obra narrativa y los soportes no fictivos de Adolfo Couve, bajo la dirección del profesor Julio Premat.

[ii] Pienso principalmente en La ciudad letrada de Ángel Rama y en esa poderosa imagen que ilustra Michel de Certeau en el comienzo del capítulo “Andares de la ciudad” en La invención de lo cotidiano.

[iii] Son tantas las crónicas en que Edwards Bello se lamenta de la demolición del puente de Cal y Canto, que terminó fijándola como un símbolo del carácter inestable santiaguino. La crónica más completa y detallada es “Balmaceda y el puente” (en Crónicas reunidas, IV, 479-483).

[iv] En septiembre de 2015, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes publicó un magnífico libro titulado La ruta de los palacios y de las grandes casas de Santiago. Lamentablemente llama la atención la frecuencia con que bajo la categoría “Uso actual” aparece la palabra “demolido”.

[v] En Santiago de memoria véanse las crónicas: “Santiago Demolido. El ninguneo de la memoria” (22-23); “Calle Santa Rosa. El camino de las matadas” (67-68); “Casa de los Diez. El fantasma de la demolición” (69-70); “San Isidro. De la Pelota al Colemono” (74-75); “Conventillos. Empacados en el tiempo” (128-129), “Ensayo de despedida. Una ciudad abierta a los cuatro vientos” (227-230). En Horas perdidas en las calles de Santiago véase “Edificio de Américo Vespucio y Presidente Errázuriz. Bajo pena de muerte” (57-58).

[vi] Las crónicas reunidas en Santiago de memoria fueron publicadas entre 1995 y 1997 en la revista Hoy bajo la columna semanal “ciudad”. Aquellas contenidas en Horas perdidas… aparecieron entre 1988 y 2000 en revistas y periódicos tan diversos como los temas que trata (desde la revista de fútbol Don Balón hasta la revista de música Rock top, y también en Hoy y Revista del Domingo, de El Mercurio). Finalmente, Todo Santiago comprende en su mayoría escritos ya publicadas en las dos compilaciones precedentes, a las que se suman nuevas crónicas publicadas entre 2000 y 2012, principalmente en El Mercurio y Las Últimas Noticias.

[vii] Desde 2008 es Merino quien lidera la edición de todas sus crónicas, que actualmente van por el quinto volumen (Crónicas reunidas, Editorial Diego Portales).

[viii] Esta es precisamente la pregunta que se hace Hozven (2006) respecto de Edwards Bello y de Jorge Edwards: “¿qué sentimiento de conciudadanía animaría la comunidad de Santiago de Chile, hacia 1920, primero, y hoy en día, segundo, según los memorialistas y novelistas Joaquín Edwards Bello (1887-1968) y su sobrino Jorge Edwards (nacido en 1932), respectivamente?”. El artículo propone una respuesta bastante interesante en torno al sentimiento caníbal predominante en la sociedad chilena de Edwards Bello. Estudios posteriores podrían intentar una respuesta desde las crónicas de Merino.

[ix] Véanse las crónicas “Chistes de don Ramón Barros Luco” y “Mitos de Barros Luco” en Mitópolis, 134-140, y “Ataques a don Pedro Montt”, “Mala suerte presidencial” y “El 18 del centenario”, en Crónicas del centenario, ed. Alfonso Calderón.

[x] Las crónicas a las que se alude son: “Volantines y volantineros. Hilos curados” en HP 126 y “Cigarrillos. Fumando espero” en HP 128.

[xi] Originalmente el libro fue publicado bajo el título El subterráneo de los jesuitas, título sugerido por la editorial Zig-Zag. Sin embargo, como lo precisa Alfonso Calderón al inicio de la edición de 1973, el título que originalmente Joaquín Edwards Bello había concebido era el de Mitópolis (7).

[xii] Michel de Certeau tiene una frase igualmente acertada al respecto: “Los relatos de los lugares son trabajos artesanales. Están hechos con vestigios de mundo” (120).

[xiii] Para la génesis de la oposición entre mythos y logos véase Detienne.

[xiv] Véase la nota x.

[xv] Cito el fragmento que comenta Spiller.